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Carmen Tomàs

Carmen Tomàs

Redactora web y gestora de portada en INFORMACIÓN

Alicante

El odio no atiende a razones: por un Orgullo que tome la palabra

Una escena de 'La Odisea', que se estrena hoy.

Una escena de 'La Odisea', que se estrena hoy. / EPC

Con el reciente estreno de La Odisea de Nolan, me vino a la mente cómo sería que el mismo director realizara una serie de películas sobre distintos mitos clásicos. Algunos de ellos podrían adaptarse contextualmente a lo contemporáneo, o así me imagino al mito relacionado con la hija de Príamo y Hécuba, Casandra, que era además princesa de Troya.

Casandra recibió de Apolo el don de la profecía, un poder aún mayor que su título nobiliario, pero al rechazar a Apolo sufriría el peor castigo inimaginable -una de tantas lecciones que tanto se repiten en los mitos griegos contra las figuras femeninas, y que hoy siguen replicándose-: Casandra seguiría viendo el futuro con absoluta claridad, pero nadie creería sus palabras.

Los griegos, que conocían el poder de las palabras, le dieron un mito propio a estas. El Lógos (λόγος) no alude al hablar o pronunciar sin más, sino dar forma lógica a la razón mediante el lenguaje.

La tragedia de Casandra no consiste solo en conocer la verdad, sino en que su palabra sea despojada de legitimidad cuando viene dada desde la propia razón y la experiencia -era, no en vano, profeta-. Hoy en día, Internet puede acercarnos a esa idea de Lógos a través de la investigación de temas de interés o puede abocarnos a scrolls infinitos alrededor de los mismos mensajes de odio, que empapan casi subliminalmente con palabras pronunciadas, pero no razonadas, llenas de discursos de donde la falacia – hago alusión a la lógica y silogismos que muchos dimos en bachiller gracias a extraordinarios profesores de filosofía - campa a sus anchas.

Los discursos de odio, ya sea en comentarios en redes sociales o en columnas virales y populares, reels y podcast, se pronuncian hoy con menos vergüenza que hace unos años. La tragedia de Casandra no solo consistió en conocer o no la verdad, sino en que su palabra fue despojada de toda legitimidad: así se sienten muchas personas LGTBI que nombran la discriminación que han sufrido o que vuelven a sufrir y, como respuesta, son acusadas o bien de exagerar o de victimizarse.

Estos discursos de odio, la falacia y el terraplanismo argumental se plantan frente a los testimonios vitales sobre los derechos humanos, simples y llanos, con la seguridad de que son “otra opinión más”. Pero, ¿desde cuándo desear menos derechos a nadie es una opinión, y desde cuándo este deseo, que no opinión, se considera un argumento legítimo?

De cara a esta celebración del Orgullo -y manifestación, pero también se celebra estar en pie y ser visible-, no solo asaltan viejos miedos al leer mensajes en redes o escuchar comentarios de soslayo, también la pregunta de hasta qué punto puede extenderse esta moda de ser un homófobo -o un xenófobo- y alardear de ello en esta plaza mayor del pueblo que son las redes.

Para la lucha y la dignidad de todas las personas solo queda hacer uso del Lógos en toda su plenitud: decir “amor” en lugar de “amistad”; “tu novio”, en lugar de “amigo” y “familia” cuando nos referimos al hogar propio, el que muchos no quieren que exista por creencias basadas en la fe y la construcción social, no en la razón. No se puede debatir con el odio: no podemos rebajarnos a ese lugar. Lo que sí se puede es hablar sin descanso desde esta razón sobre cualquier cosa: mitos griegos, por ejemplo.

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