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Opinión | El teleadicto

Rodrigo Cortés y Desirée de Fez

Rodrigo Cortés.

Rodrigo Cortés. / F. Calabuig

Acudieron a homenajear a Chicho Ibáñez Serrador en el plató de Historia de nuestro cine el cineasta y escritor Rodrigo Cortés y la crítica Desirée de Fez. Y una vez más nos hubiese gustado estar allí. Pero no sólo en la grabación del plató, sino más tarde, siguiendo de cerca las agendas que desarrollan estos dos jabatos de la cultura española, Rodrigo en Madrid y Desirée en Barcelona. Por eso a falta de ubicuidad, la posición más privilegiada es la de quienes habitan en sendos centros de poder.

Todo lo que dijeron sobre ¿Quién puede matar a un niño? estuvo muy bien, aunque supo a poco. El filme que ahora cumple 50 años desde su estreno pasará pronto de ser un clásico de culto, que lo es, a una de las películas clásicas del cine español, porque también lo es. Casualmente, uno de los cortometrajes de la temporada, Montecarlo 67, centrado en la figura de Chicho, encarnado por Carlos Santos, está llamado a ser uno de los trabajos más premiados de la temporada. Apúntenlo para los Goya.

Pero continuando con Rodrigo y Desirée no dejo de plantearme cuánto me estoy perdiendo por no estar en Madrid y en Barcelona, los centros del poder audiovisual. Ambas ciudades ejercen un potentísimo «efecto llamada» y succionan todo el talento que podría germinar en la periferia. Los centros de producción imbatibles están en Madrid y Barcelona, y tarde o temprano quien quiera ser alguien en el mundo del audiovisual deberá ir a parar allí. Rodrigo Cortés no habría podido ser quien es en Salamanca, de la misma manera que su tocayo Basilio Partín Patino no habría sido ni la mitad de lo que fue de no haber montado su piso en Madrid. El resto es demagogia.

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