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Juan A. Marín

Esperando a Godot en el Martínez Valero

Así vive la afición del Elche CF el partido de la permanencia

Así vive la afición del Elche CF el partido de la permanencia / LOF

Hay veranos que huelen a césped recién cortado. Otros huelen a pintura nueva, a camisetas recién presentadas, a ilusión envuelta en fotografías de futbolistas sosteniendo un escudo que todavía no saben pronunciar. Y luego está el verano del Elche. Ese tiene un olor distinto. Huele a persiana medio bajada, a despacho con el aire acondicionado demasiado fuerte, a teléfono que no termina de sonar y a esa vieja costumbre de mirar el calendario como quien contempla un reloj de arena convencido de que, por mucho que pase el tiempo, siempre habrá uno más dispuesto a esperar.

Porque en Elche, esperar se ha convertido casi en una religión.

No es nueva esta situación en los despachos del Martínez Valero. La directiva del Elche, encabezada por Christian Bragarnik, acostumbra a apurar hasta el final los mercados de fichajes, especialmente el de verano. La estrategia, justo es reconocerlo, ha terminado funcionando más veces de las que muchos estaban dispuestos a admitir. Sería mezquino negarlo. Ahí están los ascensos, las permanencias y algunos aciertos que nadie vio venir.

Pero el fútbol tiene la memoria de un niño y la impaciencia de un soldado antes de la batalla.

Han pasado más de cincuenta días desde aquella tarde luminosa de Montilivi en la que el Elche se quedo en primera división. Cincuenta días. Tiempo suficiente para que otros clubes hayan vestido de verde sus esperanzas, presentado caras nuevas y empezado a dibujar el equipo con el que pretenden sobrevivir al invierno de Primera.

Mientras tanto, en el Elche, el paisaje apenas cambia.

No llegan futbolistas.

Sí se marchan.

Y, para mantener viva la tradición, suelen hacerlo los mejores.

No hay sorpresa en ello. Hace tiempo que el aficionado ilicitano aprendió que cuando un jugador empieza a enamorar a la grada conviene no cogerle demasiado cariño. El fútbol moderno convierte los escudos en escaparates y las buenas temporadas en etiquetas con precio. Aquí uno destaca, otro viene con más dinero y se lo lleva. Es el mercado. Nada personal. Apenas negocios.

Lo preocupante nunca ha sido vender.

Lo verdaderamente inquietante empieza después.

Porque sustituir talento es un arte reservado a muy pocos. Y jugar cada verano a la ruleta rusa confiando en que la bala vuelva a quedar en una recámara vacía termina convirtiéndose en una costumbre peligrosa.

Sin embargo, el propietario del club parece vivir el mercado con una serenidad que ya quisieran algunos monjes tibetanos. Uno casi puede imaginarlo cómodamente instalado en algún rincón del planeta, viendo por televisión la final del Mundial entre Argentina y España, con un café en una mano y el teléfono boca abajo sobre la mesa. Ya habrá tiempo, pensará. Siempre lo hay. El mercado es largo. Los nerviosos pagan más. Los pacientes compran mejor.

Y quizá tenga razón.

Quizá.

Porque esa ha sido siempre su manera de jugar esta partida.

Esperar.

Observar.

Dejar que otros disparen primero.

Recoger después lo que quede flotando en el agua.

No deja de ser una estrategia legítima. Incluso inteligente. Pero tiene un pequeño inconveniente: la paciencia es un lujo que nunca posee quien siente el escudo como algo más que una inversión.

El aficionado no vive de balances.

Vive de ilusiones.

Y las ilusiones necesitan alimento.

No grandes promesas. Ni discursos grandilocuentes. Basta una incorporación, una renovación importante, una rueda de prensa, un gesto que permita pensar que alguien trabaja mientras el resto del mundo duerme.

El silencio, cuando dura demasiado, termina pareciendo abandono.

Y quizá sea injusto.

Pero el fútbol nunca ha sido un tribunal de justicia. Es un estado de ánimo.

Cada mañana, miles de aficionados consultan el móvil esperando encontrar ese nombre que todavía no conocen y que dentro de unos meses defenderán como si hubiera nacido junto al Palmeral. Esa es la magia del fútbol. La capacidad infinita para volver a creer, incluso cuando la experiencia aconseja exactamente lo contrario.

Porque experiencia, en Elche, sobra.

Sabemos cómo empieza esta película.

También sabemos cómo suele terminar.

Agosto avanza. Llegan futbolistas desconocidos. Algunos parecen apuestas imposibles. Otros generan dudas. Después empieza la Liga y, contra todo pronóstico, varios acaban convirtiéndose en jugadores importantes. Ha ocurrido tantas veces que ya forma parte del ADN del club.

Pero también conviene recordar la otra cara de la moneda.

Primera División no concede periodos de adaptación.

No espera a que el mercado cierre.

No regala jornadas mientras un entrenador intenta aprenderse los nombres de media plantilla.

La categoría castiga los errores con una crueldad matemática.

Y esos puntos que se escapan en septiembre suelen echarse de menos cuando mayo vuelve a llamar a la puerta.

Por eso inquieta esta calma.

No porque necesariamente anuncie un desastre.

Sino porque obliga, una vez más, a confiar ciegamente.

Y confiar está bien.

Pero vivir permanentemente de la fe termina desgastando incluso a los creyentes.

El Elche parece condenado a caminar siempre por esa delgada línea que separa la genialidad de la improvisación. Nunca hay término medio. O aparece un descubrimiento inesperado que convierte las críticas en aplausos o la apuesta sale cruz y entonces comienza el desfile habitual de explicaciones, lesiones, urgencias y cuentas imposibles.

Entretanto, el verano sigue pasando.

Los rivales trabajan.

Las plantillas se completan.

Los entrenadores ensayan mecanismos.

Y en el Martínez Valero continúa esa calma tan conocida que algunos llaman estrategia y otros, simplemente, costumbre.

Quizá dentro de un mes todos tengamos que tragarnos estas palabras porque el Elche haya vuelto a encontrar oro donde nadie veía más que arena. Sería una magnífica noticia. Nadie desea más equivocarse que quien escribe desde la preocupación.

Pero mientras ese momento llega, resulta imposible escapar a una sensación que acompaña al club desde hace demasiados años: la de vivir siempre al borde del último minuto, confiando en que el reloj vuelva a detenerse justo antes del desastre.

Y eso, aunque a veces salga bien, no deja de ser una manera muy peligrosa de entender el fútbol.

Porque los milagros existen.

Lo que ocurre es que no suelen aceptar reservas para todos los veranos.

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