Opinión | Mundial 2026

Redactor de Deportes
Ganan los buenos

Sara Fernández
Once hombres vestidos de rojo jugando al fútbol en Nueva York. Millones de ojos, repartidos por todo el planeta, con una fuerte concentración en España, esperan un gol que no llega. Hasta que la impaciencia la rompe un gol de Ferran Torres en el minuto 106 de partido, ya en la prórroga. La Roja gana. Y coloca su segunda estrella, al lado de la primera, 16 años después de que Iniesta cosiera la primera con aquel tanto emotivo con dedicatoria especial.
Es otra crónica escrita con algún renglón torcido, con los borrones que provoca el sufrimiento... pero con final feliz. Porque ganaron los buenos. Dicen que la historia la escriben los vencedores. Y en esta ocasión nadie debería poner un solo reparo a que sea así. En el deporte universal por antonomasia quedó claro el rol a desempeñar de futbolistas españoles y argentinos. Supimos rápidamente quienes eran los buenos. Y quienes los malos, pese estar liderados por el mejor de todos los tiempos.
Ganó España, otra vez contra todos los elementos. De Jong esta vez fue Paredes. Toda épica necesita antagonistas. Y el deporte precisa, en un mundo tan habituado a las dudas que provocan los grises, que en alguna ocasión sea evidente qué equipo juega al fútbol y cuál se dedica a buscar la fórmula para que el otro no juegue al fútbol. No fueron 90 minutos, sino 120 para que todo el planeta volviera a rendirse, 16 años, al fútbol español. Al dominio. A la posesión. A la técnica por encima de la fuerza. Al estilo. Y, no se nos olvide, a la deportividad. Insisto, ganaron los buenos.
Y venció España por un simple motivo: fue la mejor del torneo. Y para ello no necesitó ni de suerte ni de elementos externos. Los jóvenes de hoy han tenido la suerte de crecer como campeones. Los de generaciones anteriores lo hicimos siempre rodeados de un aura de negatividad en torno a la selección española. Todo eran gafes y malos farios. La maldición de cuartos. Y no. No era eso. Simplemente, no éramos los mejores.
Los niños y niñas de hoy no tendrán a su Sandor Puhl ni a su Tassotti. Ni a su Al-Ghandour. No recordarán como icónica la imagen de un jugador de su selección sangrando por la nariz, de un penalti lanzado a las nubes o de un fallo inexplicable a portería vacía. Porque España, desde hace casi dos décadas, es un equipo campeón. Nos faltaba el gen ganador. Ese que ya no nos hace viajar a un Mundial o a una Eurocopa esperando un puñetazo de mala suerte. La calidad y el estilo nos protegen contra eso... y contra los golpes reales.
Ganó España, insisto, porque fue la mejor. Y eso que no tenía a todos sus futbolistas en condiciones óptimas. Sin embargo, el seleccionador supo aglutinar la fuerza del colectivo por encima de la situación individual de cada miembro del equipo. En eso también fue ejemplar la Roja. En recordarnos, una vez más, que este deporte es colectivo. Y que puedes ser campeón dejando por el camino, tomen nota, a Cristiano Ronaldo, Courtois, Mbappé y Messi. Todos claudicaron porque ningún futbolista es capaz de ganar solo a once unidos.
Unión. Precisamente ese es otro concepto que define a esta España. Y que, en estos tiempos en los que tanto parece interesar el enfrentarnos, nos vuelve a demostrar que somos un país capaz de trabajar junto al diferente. Ganó la España musulmana, con Lamine Yamal como bandera. Ganó la España católica, con el seleccionador Luis de la Fuente como estandarte. Ganó la España inmigrante, representada en los ancestros de Nico Williams, y la emigrante, en todos aquellos jugadores que han viajado al extranjero para ser mejores, entre ellos el Balón de Oro, Rodrigo.
Ganó la España autista, con Cucurella emocionándonos cada vez que habla de su familia y visualiza situaciones que vivimos todos en nuestras casas o entornos. Ganó la España callejera, con Gavi demostrando que en este país el barrio se lleva en la sangre, sea cual sea tu tamaño. Ganó la España progresista, con Borja Iglesias enseñándonos que el amor siempre está por encima del odio. Ganó la España cercana a posturas negacionistas, con Marcos Llorente y su clan del sol. Ganaron todas las Españas representadas en 26 futbolistas tan diferentes en sus personalidades como únicos en su objetivo.
Y, sobre todo, ganó la España que se cae... y se levanta. La de Ferran Torres, nuevo héroe nacional, tantas veces señalado y vilipendiado por fallar más ocasiones de la cuenta. El valenciano, que ya era un crack, se ha ganado el derecho a responder a cada meme o falta de respeto en su contra porque lo que él ha hecho, en nuestro país, solo lo había hecho Iniesta. De Fuentealbilla a Foios. Otra población a la que peregrinar.
En definitiva, ganó la España que quiere jugar bien al fútbol. Con su estilo, irreprochable. Porque se puede ganar a cualquier precio, eso nos lo ha demostrado la vida (y el deporte) en muchas ocasiones. Pero nada sienta tan bien como ganar siendo el bueno de la historia. Y de eso podemos presumir todos los españoles.
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