Opinión

Exalcalde de Callosa del Segura
Callosa necesita estabilidad

Casco histórico del centro de Callosa de Segura, en una imagen de archivo. / INFORMACIÓN
He seguido de cerca las primeras intervenciones, declaraciones, etc.. de nuestro nuevo Alcalde, Juan Antonio Franco, y por encima de todas emerge una palabra: ESTABILIDAD.
Hay momentos en la vida de una ciudad en los que la política debe dejar de pensar en sí misma y volver a mirar a los vecinos. Momentos en los que el debate deja de ser quién gobierna para centrarse en cómo se gobierna y, sobre todo, para qué se gobierna. Callosa de Segura atraviesa uno de esos momentos.
En demasiadas ocasiones confundimos la política municipal con una sucesión de mayorías, pactos, acuerdos o desacuerdos. Sin embargo, para los ciudadanos de a pie, todo eso resulta secundario. Lo que realmente importa es que el Ayuntamiento funcione, que los proyectos avancen, que las inversiones lleguen, que los servicios públicos mejoren y que exista un rumbo claro para el futuro de la ciudad.
“La estabilidad institucional no es un privilegio de los gobiernos; es un derecho de los ciudadanos”.
Las elecciones municipales de 2023 otorgaron al Partido Popular la confianza mayoritaria de los callosinos, convirtiéndolo en la fuerza más votada. A partir de ese resultado se constituyó un gobierno en minoría que asumió el reto de gobernar una ciudad compleja, consciente de que cada decisión exigiría diálogo, negociación y una permanente búsqueda de consensos.
No fue un año sencillo. Muy al contrario. Gobernar con ocho concejales (7 PP y 1 VOX) frente a una oposición que sumaba nueve (5 PSOE, 3 UCIN (Ex PP), 1 EU-Podemos) obligaba a construir acuerdos prácticamente para cada iniciativa, con la imposibilidad de hacer funcionar el Ayuntamiento y sus servicios con un mínimo de normalidad. Muchas propuestas encontraron más obstáculos que colaboración y, en demasiadas ocasiones, la realidad era que la gran parte de la oposición estaba más pendiente de desgastar al gobierno que de ofrecer una alternativa de gobierno propia. Sin embargo, quienes podían haber dado ese paso nunca lo hicieron. Prefirieron esperar a que las circunstancias políticas hicieran el trabajo por ellos antes que asumir el coste y la responsabilidad que conlleva impulsar un cambio de gobierno.
Meses después, tras mi renuncia en la Alcaldía y de nuevo ante un pleno de investidura, las fuerzas de la oposición alcanzaron un pacto que les permitió conformar un nuevo gobierno municipal. Era una opción plenamente legítima desde el punto de vista democrático. Nadie puede discutirlo. Como tampoco puede discutirse que aquel acuerdo se presentó ante la ciudadanía como una alternativa sólida, estable y capaz de abrir una nueva etapa para Callosa.
El tiempo, sin embargo, ha terminado siendo el mejor juez de aquella promesa.
Resulta significativo que quienes durante aquel primer año no se atrevieron a construir una alternativa de gobierno terminaran alcanzando la Alcaldía únicamente cuando las circunstancias políticas cambiaron. Y resulta todavía más revelador que ni siquiera fueran capaces de mantener unido el proyecto que justificó aquel acuerdo. Un pacto que, a la vista de lo ocurrido después, parecía sostenerse más en el reparto de intereses que en un proyecto común y compartido.
La anunciada alternancia en la Alcaldía nunca llegó a producirse y las discrepancias internas acabaron imponiéndose al proyecto común. Lo que debía representar una nueva etapa terminó convirtiéndose en un largo periodo de incertidumbre institucional, con las consecuencias que ello tiene para cualquier administración pública.
“Cuando un Ayuntamiento dedica demasiadas energías a resolver sus propios conflictos, inevitablemente deja de dedicarlas a resolver los problemas de sus vecinos.”
Durante meses, Callosa ha vivido instalada en una sensación de provisionalidad. Y una ciudad no puede avanzar cuando cada decisión importante queda condicionada por el equilibrio interno de un gobierno que ha dejado de compartir un mismo horizonte.
Llegados a ese punto, el Partido Popular ha decidido promover una nueva mayoría que permitiera recuperar la estabilidad institucional, aprovechando una coyuntura muy concreta: la ruptura del acuerdo entre el PSOE y UCIN y los conflictos internos de esta última formación, una circunstancia impensable al inicio del mandato. Una decisión que, como cualquier cambio de gobierno, puede ser objeto de debate político. Pero conviene recordar que la democracia no consiste únicamente en formar mayorías; también exige que esas mayorías sean capaces de sostener un proyecto de gobierno. Cuando dejan de serlo, corresponde a quienes pueden ofrecer una alternativa asumir la responsabilidad de hacerlo.
Gobernar exige valentía. Esperar a que los acontecimientos resuelvan por sí solos los problemas nunca ha sido una forma de liderazgo. Y cuando el interés general aconseja actuar, la responsabilidad consiste precisamente en asumir el desgaste que toda decisión importante lleva consigo. Ese es, probablemente, el verdadero significado del cambio producido en el Ayuntamiento de Callosa de Segura.
No se trata de celebrar una victoria política ni de alimentar viejas confrontaciones. Se trata de abrir una nueva etapa en la que el protagonismo vuelva a pertenecer a la ciudad y no a los conflictos entre partidos.
Sería un error exigir al nuevo equipo de gobierno que resuelva en apenas unos meses problemas que se arrastran desde hace… ¡décadas! Es cierto que el margen de tiempo es escaso y que buena parte de esta etapa estará marcada por la gestión del día a día. Pero gobernar un municipio nunca ha sido una cuestión de milagros ni de titulares. Requiere planificación, continuidad, capacidad de gestión y, sobre todo, tiempo. Precisamente el tiempo es el recurso más valioso que una ciudad puede perder.
Cada proyecto paralizado, cada inversión retrasada, cada decisión aplazada representa una oportunidad que difícilmente vuelve en las mismas condiciones. Mientras otras ciudades avanzan, innovan y compiten por atraer actividad económica, empleo o población, quienes permanecen bloqueados simplemente pierden terreno. ¡Callosa no puede permitirse seguir perdiendo tiempo!
En los últimos años se había comenzado a dibujar una visión de ciudad basada en la modernización de la administración, el fortalecimiento de la seguridad ciudadana, la recuperación del espacio público, la mejora de los servicios municipales, la planificación urbanística y la puesta en valor de un patrimonio histórico, cultural y natural que constituye uno de nuestros mayores activos. Como cualquier proyecto transformador, necesitaba estabilidad para consolidarse. La inestabilidad política interrumpió buena parte de ese camino.
Ahora existe la oportunidad de retomarlo y de continuarlo. No desde el revanchismo ni desde el ajuste de cuentas, sino desde una idea mucho más sencilla y mucho más útil: el tiempo perdido no se recupera, pero sí puede remontarse. Y eso es exactamente lo que Callosa necesita.
Eso exigirá diálogo, capacidad de gestión y una enorme dosis de responsabilidad. Exigirá también comprender que la oposición desempeña un papel imprescindible en cualquier democracia, pero que ese papel alcanza su mayor utilidad cuando fiscaliza, propone y mejora la acción de gobierno, no cuando la ciudad queda atrapada en una dinámica permanente de confrontación.
El nuevo alcalde, Juan Antonio Franco, y el equipo que le acompaña tienen por delante una tarea exigente. Nadie, repito, debería esperar soluciones inmediatas a problemas enquistados durante más de décadas. Lo que sí están mostrando es un gobierno capaz de ofrecer estabilidad, recuperar la iniciativa política y devolver a Callosa el ritmo que necesita, porque las ciudades no progresan gracias a los discursos, sino cuando existe un proyecto compartido, cuando las instituciones generan confianza y cuando las decisiones se piensan más en la próxima generación que en el próximo titular.
Ojalá esta nueva etapa sirva precisamente para eso.
Dentro de unos años, pocos recordarán con detalle los pactos, las mayorías o las tensiones políticas que han marcado este mandato —aunque esta legislatura, sin duda, dejará huella—. Lo que sí recordarán los ciudadanos será si Callosa aprovechó esta oportunidad para avanzar o si volvió a perder un tiempo que ya nunca podrá recuperarse.
Ese debería ser el único criterio para valorar cualquier acción política.
Porque los gobiernos cambian, las mayorías se suceden y los partidos pasan. Lo único que permanece es Callosa de Segura. Y cuando una ciudad ocupa el centro de todas las decisiones, la estabilidad deja de ser una estrategia política para convertirse, sencillamente, en un compromiso con sus vecinos.
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