Opinión | En la barra del Café Época
El reto viral de la estupidez

Acceso a la piscina municipal del polideportivo de El Pla / Áxel Álvarez
Aseguran algunos prestigiosos sociólogos, antropólogos, Chicote y la Belén Esteban que la especie humana, tras superar múltiples etapas, ha conseguido llegar a la cima de la evolución. Eso está muy que requetebién, después uno abre las redes sociales y descubre a un muchacho intentando beber detergente porque otro muchacho, que tampoco parecía haber leído mucho desde la cartilla Rubio, ha dicho que eso da muchas visitas, en ese momento uno comprende que, para llegar a la famosa cima evolutiva, quizá nos queden todavía por cubrir más etapas que las del Tour de Francia.
Cada verano las redes sociales, convertidas ya en una auténtica facultad de la ciencia del despropósito y otros usos, vuelve a alumbrar lo que se conoce como un reto viral, que consiste en hacer algún tipo de tontería o estupidez, vamos aquello que toda la vida se ha conocido como «no tienes huevos a hacerlo», solo que ahora, en lugar de quedar «la tontá» entre cuatro amigos, la ocurrencia puede alcanzar a millones de personas en cuestión de horas.
En los últimos años, al parecer, alguien ha decidido que el gran desafío consiste en defecar en una piscina pública para obligar a cerrarla. Así, el otro día aparecía en la prensa local la noticia del cierre de la piscina municipal de El Pla, en plena ola de calor, por motivos higiénico-sanitarios, vamos, que traducido sin el eufemismo administrativo: alguien se había cagado dentro de la piscina, y no se trata de un caso aislado, qué va, en otras localidades cercanas han sufrido episodios similares, e incluso vecinos de Torrellano han solicitado al Ayuntamiento un mayor control para prevenir este y otros actos incívicos.
Hubo un tiempo en que demostrar valentía consistía en cruzar un río, escalar una montaña o enfrentarse a un toro. Hoy lo que se lleva es lanzarse desde un tejado a una piscina hinchable del tamaño de un plato de café mientras un amigo grita: «¡Dale, que esto se hace viral!». Pero lo extraordinario no es que existan personas convencidas de que la neurona es un órgano meramente decorativo; de esas siempre ha habido, lo verdaderamente asombroso es que ahora se encuentran por internet, se animan mutuamente y, una vez culminada la hazaña, reciben una lluvia de aplausos digitales de otros tantos espectadores que, evidentemente, tampoco estaban ocupados resolviendo ecuaciones diferenciales y que, ante semejante disparate, piensen: «Pues no parece mala idea».
Uno de los logros de las redes sociales ha sido democratizar la fama, antes había que descubrir la penicilina, escribir El Quijote, inventar la bombilla, pertenecer a la jet set o ser jugador de fútbol para ser catalogado de famoso. Ahora basta con introducir la cabeza en un cubo de cemento fresco o prenderse fuego a una ceja delante de una cámara para alcanzar la perseguida fama, la cual posiblemente puede comenzar con la siguiente escena: «Mamá, salgo un momento», «¿Dónde vas?», «A desafiar las leyes de la física», «¿Para qué?», «Para que un señor de Albacete, una chica de Oslo y un adolescente de Cuenca me pongan un corazoncito», y la madre, resignada, responde: «Llévate una chaqueta, que luego coges frío... y, si puedes, también llévate el cerebro, que lo has dejado encima de la mesilla».
El verdadero problema es que hemos terminado confundiendo la popularidad con el mérito. Para algunos, alcanzar notoriedad consiste en cagarse en una piscina pública y conseguir que trescientas personas tengan que abandonarla mientras un socorrista busca lejía industrial y el personal de mantenimiento se acuerda de toda la genealogía del responsable. Imagino la escena cuando el protagonista llega a casa: «¿Qué tal el día, hijo?», «Productivo», «¿Has aprobado el examen?», «No», «¿Has encontrado trabajo?», «Tampoco», «¿Entonces?», «He conseguido cerrar la piscina municipal», hay un silencio, «¿Cómo que cerrar la piscina?», «Sí, una ocurrencia escatológica mía, pero he sido tendencia en internet durante dos horas. ¡Mamá! ¡Llevo doscientas mil visualizaciones!», y la madre, responde: «¡Pero qué me estás diciendo criatura!, voy a decírselo a las amigas para que te den más likes». No quiero ni pensar el like que me iba a dar a mí mi madre si se me llega a ocurrir cagarme a posta en una piscina municipal y que a consecuencia de ello se tuviera que cerrar al público, con ese solo like bastaría para completarme el álbum de cromos del Mundial y para ser trending topic en el barrio durante mes y medio.
Y es que lo triste de esta estulticia es que el cierre de una piscina no lo paga quien decide convertir el civismo en un deporte de riesgo, lo pagan las familias que habían ido a pasar una tarde tranquila, los niños que salen llorando porque se acabó o no pueden disfrutar del baño y los trabajadores que tienen que explicar, con toda la dignidad que les queda, que la instalación permanecerá cerrada «por motivos higiénico-sanitarios», una expresión elegantísima para evitar decir que alguien se ha cagado dentro de la piscina y ha decidido hacer de la estupidez un espectáculo.
Según refieren las malas lenguas, que son muchas y perversas, el Ayuntamiento está estudiando diversas medidas para evitar y castigar severamente estas conductas incívicas, lo cual es muy loable y es su obligación como garante del funcionamiento de los servicios públicos, pero yo, ante las multas y otras zarandajas, propondría medidas más pedagógicas que sancionadoras, como por ejemplo sentar al infractor en la puerta de la piscina durante el tiempo que esta permanezca cerrada durante la desinfección, con una camiseta con la leyenda: «Yo soy el que pensó que era una buena idea cagarse en la piscina», y así darle la oportunidad de compartir con los vecinos que se han visto privados del baño de los motivos simpáticos que le llevaron a realizar tamaña aventura, ¡ya verás la risa que les va a dar!, a la vez que le otorgaría al infractor la medalla con distintivo marrón al desatino y a la insensatez, porque, al fin y al cabo, quien consigue cerrar una piscina en plena ola de calor por cagarse dentro no es un rebelde, ni un revolucionario, ni una estrella de las redes sociales, es simplemente la prueba viviente de que la evolución humana, además de avanzar, a veces se toma vacaciones.
Por eso, siguiendo con mi propósito pedagógico, me permito proponer un nuevo reto viral, uno radical, revolucionario y profundamente escandaloso, consistente en sentarse en una silla, apagar el móvil y pensar durante treinta segundos antes de hacer cualquier cosa, ¡la acabose!, ya lo sé, estoy convencido de que sería el desafío menos seguido de la historia de internet, precisamente porque exigiría utilizar el único músculo que algunos llevan demasiado tiempo sin entrenar: el cerebro.
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