Opinión | Tribuna
La condena de ser terceros

Jude Bellingham celebrates after winning the 2026 World Cup football tournament third-place match. / ROBERTO SCHMIDT / AFP
El reciente Campeonato Mundial de Fútbol ha dejado al descubierto un hecho tan sorprendente como revelador. Tanto Francia como Inglaterra reconocieron que el partido para decidir el tercer y cuarto puesto nadie lo quería disputar. Después de semanas de competición, de superar a la inmensa mayoría de las selecciones participantes y de situarse entre las cuatro mejores del planeta, la sensación no era de satisfacción, sino de frustración. Haber llegado tan lejos parecía no tener valor. Solo existía una posición digna de ser celebrada, la primera.
Podría parecer una simple anécdota deportiva. Sin embargo, encierra una de las grandes contradicciones de nuestra época. Hemos construido una sociedad en la que el éxito ha dejado de medirse por lo conseguido para medirse exclusivamente por aquello que no se ha alcanzado. El segundo pierde. El tercero fracasa. El resto, simplemente, desaparece.
No se trata únicamente del deporte. Esta forma de entender el mundo impregna prácticamente todos los ámbitos de nuestra vida. Competimos por ser los mejores estudiantes, los trabajadores más productivos, las empresas más rentables, las universidades mejor clasificadas, las ciudades más innovadoras o los países más poderosos. Vivimos rodeados de rankings que, lejos de servir como herramientas de análisis, terminan convirtiéndose en escalas de valor moral donde quien ocupa los primeros lugares parece merecer un reconocimiento que automáticamente se niega a los demás.
Quizá por eso no resulte casual que durante décadas se haya hablado de países del primer y del tercer mundo. Una clasificación aparentemente económica que esconde una profunda jerarquía cultural y política. Curiosamente, apenas se hablaba del segundo mundo. Era como si únicamente existieran dos categorías, quienes representaban el éxito y quienes simbolizaban el atraso.
Con esa terminología no solo se describía una realidad económica; también se construía una percepción colectiva. Los países etiquetados como pertenecientes al tercer mundo acababan asumiendo una identidad asociada a la pobreza, la dependencia y la vulnerabilidad, mientras los autodenominados países del primer mundo se atribuían la legitimidad para marcar el rumbo del desarrollo, decidir prioridades e incluso explotar recursos naturales, riqueza cultural o capital humano bajo el noble disfraz de la cooperación. Una ayuda que demasiadas veces ha servido más para mantener relaciones de dependencia que para promover una auténtica equidad.
Algo parecido sucede con la llamada tercera edad. Resulta llamativo que hayamos normalizado una expresión que presupone la existencia de una primera y una segunda edad que casi nadie utiliza. Sin embargo, la tercera sí permanece, cargada de un significado que trasciende lo cronológico. En demasiadas ocasiones, convertirse en una persona mayor equivale a ser percibido como alguien que deja de producir, consume recursos, incrementa el gasto social y sanitario o compromete la sostenibilidad económica. El extraordinario logro colectivo de vivir más años y hacerlo con mejores condiciones de vida acaba presentándose como un problema en lugar de celebrarse como uno de los mayores éxitos de la humanidad.
Da la impresión de que el número tres arrastra un simbolismo perverso. Tercer puesto. Tercer mundo. Tercera edad. Como si ocupar esa posición implicara automáticamente resignarse a una categoría inferior. Como si existir consistiera únicamente en aproximarse al primer escalón y todo lo demás fuera una derrota.
Esta obsesión por clasificarlo todo está transformando profundamente nuestra manera de convivir. Cuando únicamente importa ganar, la cooperación pierde valor. Cuando solo merece reconocimiento quien alcanza la cima, desaparece el respeto hacia quienes hacen posible que esa cima exista. Cuando vivir consiste en competir permanentemente, acaban sacrificándose vínculos, afectos, bienestar, solidaridad y convivencia en nombre de un éxito que siempre resulta insuficiente porque exige ser constantemente el primero.
Paradójicamente, las sociedades más cohesionadas no son aquellas donde todos compiten entre sí, sino aquellas donde cada persona encuentra un lugar desde el que contribuir al bien común sin necesidad de demostrar continuamente que vale más que los demás. La verdadera fortaleza de una comunidad no reside en que unos pocos alcancen posiciones de privilegio, sino en que nadie quede condenado a sentirse un perdedor por no haber llegado el primero.
Deberíamos revisar el lenguaje con el que describimos el mundo. Dejando de identificar las clasificaciones con la dignidad de las personas o de los pueblos. Comprendiendo que participar, contribuir, crecer, cuidar, aprender o envejecer constituyen logros que ningún podio puede medir. Porque la vida no merece parecerse a una clasificación permanente, sino a un proyecto compartido donde el progreso de unos no implique necesariamente la derrota de otros, sino la capacidad de avanzar, crecer y aprender sin tener que luchar necesariamente por alcanzar un puesto determinado.
Dicho todo esto, confieso que sea cualesquiera que sean los resultados logrados en esta o cualquier otra competición, seguiré pensando que quedar entre las mejores selecciones del mundo es un éxito extraordinario. El verdadero campeonato que aún nos queda por ganar es aprender que no todo consiste en ser los primeros.
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