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Opinión | Tribuna

El quejido de una guitarra

El talento de Yerai Cortés enamora al público en el Muelle 12 de Alicante

El talento de Yerai Cortés enamora al público en el Muelle 12 de Alicante / Rafa Arjones

El acorde suave de una guitarra, la tierna caricia de unas manos hábiles, las cuerdas que tiemblan con pudor, que se estremecen primero; los corazones que tiemblan con deseo, acompasados, que se estremecen después. Pedacitos de una trenzada melodía que el público ingiere en arrebatado silencio como dulces píldoras, como las dulces píldoras que alivian generosamente el alma, que transportan el cuerpo liviano —fenómeno maravilloso y flotante— a una dimensión acomodada, jardín en penumbra sembrado de blandos cojines y coruscantes espejos.

Jamás una inteligencia artificial podrá replicar esa armonía natural, esa vibrante y sagrada comunión entre músico y espectador, la catarsis muda, paciente, enloquecedora, salvaje, que se aposenta gradualmente en la tersa flor de piel del auditorio. Nunca una inteligencia artificial —y es algo que aseveramos sin temor a equivocarnos— podrá establecer ese vínculo invisible e infrangible, tan poderoso, tan humano, tan genuino, entre músico y espectador. Nunca. El artificio es incapaz de imitar la vida. El artificio solo es capaz de parodiar un modelo, de tomarlo como referencia y mudarlo en grotesca caricatura.

Existe en un concierto, ya desde los primeros guiños, una tímida corriente de cosquilleante energía, barniz extraño de alegría adormecedora; arranca y se yergue con firmeza, entre los ecos de los primeros aplausos, un caudal latente de fuerza rabiosa, incontenible, prometedora, un vendaval sin embridar de furia y ternura, que destruye, que aplasta y arrastra consigo las minúsculas preocupaciones del público, los sinsabores burdos y triviales de un mal día, las asperezas estúpidas de una jornada de trabajo. La música, como franqueando altos muros de presa violentamente abatidos, libera y desprende del corazón todas esas espinas amargas, largo tiempo incrustadas, y las arroja con vehemencia en campos apartados, distantes, y embellece e ilumina los rostros de la multitud con sonrisas radiantes, y desempolva los espíritus entumecidos por la rutina. Hay arrobamiento del alma, hay éxtasis burbujeante recorriendo el sendero vibrante de un entusiasmo común. Hay hechizo conmovido en las miradas, hay embeleso en el gesto, hay raudales de cariño, de admiración, hay aplauso atronador, que se agita y forma espirales bulliciosas como torbellino de fervorosa devoción.

Y un vivo y eficaz ejemplo de esta portentosa magia, que devora tristezas y fatigas mundanas y las convierte en añicos, es el Festival Internacional de Guitarra José Tomás Villa de Petrer, que cada verano endulza y colorea las noches de esta localidad. Su director, Pepe Payá, gran empeño pone en embrujar los diferentes escenarios, tan variados en su emplazamiento: un teatro, una ermita... Lamentos heridos de guitarra embriagados de tormentoso amor, arañando las mejillas de seda de la luna inocente. Quejidos crueles de cuerda teñidos de hermosa añoranza, diestras manos, virtuoso y prodigioso talento, desgarrando en esa intimidad suspendida nuestras más secretas emociones.

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