Opinión | Tres en línea
Los presupuestos de Vox

22/07/2026 El presidente de la Generalitat Valenciana, Juanfran Pérez Llorca (d), y el presidente de Vox Valencia, José María Llanos (c), durante un pleno, en Les Corts Valencianes, a 22 de julio de 2026, en Valencia, Comunidad Valenciana (España). Les Corts votan hoy las cuentas de la Comunidad Valenciana para 2026 que saldrán adelante con los votos de PP y Vox. Las cuentas tendrán un presupuesto de 33.305 millones de euros, un 3,1% más que el año anterior, y su punto más polémico ha sido el de la "prioridad nacional" impuesto por Vox. POLITICA Rober Solsona - Europa Press / Rober Solsona - Europa Press / Europa Press
En Madrid no hay nadie que sepa decir Comunidad Valenciana. Mucho menos si le exiges que donde usaría la “d” ponga la “t” porque lo dice un Estatuto al que el Congreso le dio tan poca importancia que dejó que colara la “cláusula Camps”, que establece que este territorio tendrá todo lo que tengan los otros y dos huevos duros más. Escriben algo así en sus estatutos los catalanes o los vascos y el Constitucional de entonces, no sé si también el de ahora, se hace el harakiri mientras Abascal pide que regresen los cien mil hijos de San Luis.
Pero el caso es que en Madrid, para referirse a esta autonomía, o hablan de Valencia o del Levante (“la zona levantina”, pronuncian en el colmo de la precisión). Y eso lo hacen todos, sean de izquierdas o de derechas, salvo los nacionalistas, que hablan de País Valenciano no porque les importe una higa cómo llamar a esto, sino por aquello de meter en la coctelera Patria Galega, País Vasco o Països Catalans, En Cataluña, la cosa siempre la han tenido más clara: ni Levante (sería tanto como no decir nada), ni Comunidad (en su doble acepción, con “d” o con “t”). Es Valencia. Y punto. Todo lo que hay por arriba es el sur de Cataluña y lo que queda por debajo del Mascarat el norte de Murcia: tierra a conquistar.
El caso es que en parte Ayuso siempre ha tenido razón: Madrid es España. Ahora más que nunca porque si en algo coinciden ella y Pedro Sánchez es precisamente en eso. Así que la cuarta autonomía del país en población, la tercera en PIB, la que alberga a la tercera y la cuarta provincia del Estado, a la tercera y la décima capital de España y al mayor número de municipios de más de veinte mil habitantes de toda la península, esa, digo, no tiene ni nombre en los centros de poder, ni identidad reconocible ahora que todo el mundo hace paellas, más allá de Mercadona. Madrid es Mordor y la CCVV no llega ni a Tierra Media. Es lo que hay.
El profesor Joan Romero hace años que sostiene que, entre otras cosas por eso, la Comunitat Valenciana (Valencia, el Levante español, etc) es el laboratorio de la derecha europea. Yo añadiría que también de la izquierda, cuando todavía tenía algo que probar. Les daré un dato, en ese sentido: cuando Alfonso Guerra salía ufano a dar a conocer los resultados de las elecciones apenas unos minutos después de que los colegios electorales hubieran cerrado y los clavaba, lo hacía sirviéndose de una mesa “testigo” situada en un distrito electoral de la ciudad de Alicante, concretamente el del Paseo de Campoamor, frente a lo que hoy es el ADDA. Las cien primeras papeletas de la mesa B de ese colegio anticipaban sin margen de error el resultado en toda España porque en esa mesa el porcentaje de funcionarios, trabajadores manuales, profesionales, amas de casa, parados, estudiantes, etc, era el mismo que la media de España. ¿Y acaso no fue Diana Morant la primera enviada de Pedro Sánchez a comandar una federación, antes incluso de que la pobre María Jesús Montero imaginara lo que se le venía encima? Para lo bueno y para lo malo, así de mediocres somos. Todos los partidos han utilizado esa mediocridad, sin pagar canon por ello.
Ahora estamos en la aprobación de unos presupuestos de la Generalitat que sólo son instrumentales: se aprueban en pleno verano, más de medio año después de lo que tocaba, con la única intención de poder prorrogarlos en 2027 a la espera de las elecciones. Y en la designación de unos candidatos, ya sea a la presidencia del Consell o a las principales alcaldías. Esta semana ha ido de eso. Y si querían alguna prueba de que lo que he escrito en los párrafos anteriores acerca de la irrelevancia política de la Comunitat Valenciana es cierto, y de que más verdad aún es lo que sostiene Joan Romero de que esta no es una autonomía sino una sala de exposiciones, miren lo que ha ocurrido y comprobarán hasta qué punto es así.
Feijóo no puede estar más contento con Pérez Llorca, aunque alguien que siempre ha tenido más ascendiente sobre los medios valencianos que sobre las direcciones de Génova extienda la idea contraria. ¿Por qué? Porque aquí se siguen pactando presupuestos con Vox, se continúa manteniendo el día a día con la ultraderecha, sin que los voxistas entren en el Gobierno. Es un caso extraordinario, fíjense bien. Vox tiene la vicepresidencia primera y el mayor de los presupuestos en Andalucía. Y forma parte de los Ejecutivos de Aragón, Extremadura o Castilla-León, por citar los últimos elegidos. Y sin embargo, en la Comunitat Valenciana reina pero no gobierna y le vale con eso. Que es lo que Feijóo sueña con poder hacer en Madrid si los números en el Congreso dan para un gobierno de la derecha apoyado desde el Parlamento por la ultraderecha pero sin que ésta se siente en el Consejo de Ministros. ¿Difícil? No: imposible. Salvo que Abascal se haya vuelto loco. ¿Pero acaso alguien pondría la mano en el fuego porque Abascal esté cuerdo?
Lo cierto es que Pérez Llorca está cumpliendo como un campeón ante su jefe. No me cansaré de repetir que, según la literatura clásica, los presupuestos son “la expresión cifrada de un proyecto político”. Y que, por tanto, si es así, el proyecto político que Pérez Llorca tiene para la Comunitat Valenciana es el de Vox, no el suyo ni el del PP, puesto que sólo de lo que Vox ha impuesto hablamos. Estos, los recién aprobados, no sólo son unos presupuestos que empequeñecen la Comunitat, que carecen de aspiración alguna: son unos presupuestos maliciosos en tanto que no buscan construir, sino destruir, y no persiguen tejer alianzas sino buscar pelea. Fíjense: es la primera vez desde que tengo memoria (y yo, como el dinosaurio de Monterroso, ya estaba ahí cuando Lerma aprobó los primeros) que no discutimos sobre las inversiones, ni sobre si Alicante recibe menos que Valencia o más que Castellón. De lo que hablamos es de que unas personas tendrán derecho a asistencia médica, por ejemplo, y otras no. De lo que hablamos es de que por primera vez en España unos presupuestos derogan, negro sobre blanco (joder con la frasecita hecha), la Declaración de los Derechos Humanos, al considerar que una persona no tiene derecho a asistencia por serlo sino, al modo americano, según la suerte que le haya deparado la vida. ¿Que me paso? Puede ser, pero parafraseando a Tomas De Quincey, se empieza por una nimiedad, verbigracia cometer un asesinato, y se acaba, en el colmo de la degradación, por no ir a misa los domingos. Al ritmo que va, Llorca no tardará en cerrar iglesias. Basta con que Vox lo pida.
Esto es así. Pero cuidado, digo por la izquierda oficial, con excederse en un ataque simplista a estas posiciones, como el que estamos padeciendo en boca, por ejemplo de la todavía ministra Morant. Porque el PP ha alicatado un camino cuya puerta fue precisamente esa izquierda de Pedro Sánchez la que la abrió, poniendo por delante lo identitario antes que el derecho, republicano en el mejor y más literal de los sentidos, de ciudadanía. A la vista de estos presupuestos, la izquierda debería aplicarse más que en la descalificación o el exabrupto, en encontrar argumentos (el que crea que es sencillo enfrentarse al concepto de “prioridad nacional” y rebatirlo es que no sabe en qué mundo vive) para combatir con sentido lo que nos puede arruinar a todos, incluido al PP de Pérez Llorca. Esa izquierda que sigue, por cierto, inmersa en las contradicciones: está bien que celebremos que los chinos se hagan con Almussafes. Pero sólo porque eso pueda garantizar el futuro de muchos puestos de trabajo. No vayamos a caer en el error de pensar que Xi es mejor que Trump. Sería el colmo de la estulticia.
Pero decía, por acabar, que esta no sólo.ha sido semana de presupuestos, sino también de candidatos a las grandes alcaldías. El PP ha proclamado a Begoña Carrasco, María José Catalá y Luis Barcalá. Sobre la alcaldesa de Castellón no cabía ninguna duda, más allá de las pequeñas mezquindades propias del ejercicio del poder y generalizadas en cualquier territorio. Sobre Catalá, tampoco: tal como está la cosa, es la encargada de defender el fortín, no ya de València, sino de toda la Comunitat, Comunidad, País o como quieran llamarle. Pero en el caso de Barcala, el galleguismo de Feijóo se la está jugando, arrastrando con él a Llorca. Porque Barcala no tiene gestión que ofrecer y, por el contrario, se ha convertido con las viviendas de lujo repartidas entre amiguetes, la suciedad, las polémicas continuas o el incomprensible castigo al centro de la ciudad, precisamente donde están los barrios que históricamente habían garantizado el triunfo al PP, en una fábrica de votantes de Vox. Resulta de lo más chocante: el PP tiene su mayor y más fiel base en Alicante y la está dilapidando de forma tan exagerada que están ocurriendo dos cosas novedosas. Primero que Vox, que en general daba por recogido todo el pescado que pudiera enredar en aguas populares y estaba echando las redes en los caladeros tradicionales de la izquierda, vuelve a centrarse en Alicante en los distritos del PP porque ve que ahí aún tiene nasa que llenar. Segunda, que el.PSOE, que no creía tener posibilidad ninguna, se ha puesto las pilas y ha hecho, por primera vez en más de treinta años, una transición sin sangre entre Ana Barceló y Trini Amorós, la eterna segunda aunque siempre reunió cualidades para ser la primera, por si suena la flauta. Resulta difícil, pero si algo tiene la política es que es tan imprevisible como el fútbol. ¿O es que alguien daba un euro hace un par de años por un tal Luis de la Fuente?
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