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Opinión | A propósito de todo

Huida de Berlín y el amor en Alicante

La Puerta de Brandeburgo, en una imagen de archivo

La Puerta de Brandeburgo, en una imagen de archivo / Carsten Koall/dpa - Archivo

Trabajé durante un par de meses en una tienda de ropa como dependiente. A esa afirmación mi jefa me diría, con parsimonia, que aquello no era una tienda de ropa y que mucho menos yo era un dependiente. Digamos que era una boutique dedicada a la atención personalizada de las clientas. Pongamos que hablo de moda italiana. Los italianos, como diría Diana Vreeland, ¿por qué hacen tan buena moda? Valentino, Gucci, Prada, Versace… La lista es infinita, pero en el juego del “yo más, yo más” con los franceses, siempre terminan empatando.

La cosa es que una de las muchas cosas que tenía que hacer en el día a día era la atención personalizada a las clientas. Aquello es un frente porque en la mañana te podía llegar la persona más agradable y otra que, en compensación, podía amargarte el día. Como en cualquier trabajo que tengas que recibir a gente.

Una tarde de aquellas, una mujer que debía rozar la cincuentena entró a buscar un vestido para sus vacaciones “sorpresa” en Sancti Petri. Recalco lo de sorpresa porque era un regalo que su marido le iba a hacer, pero ella estaba puesta al tanto de todo. Le saqué la seda, los algodones, los tafetanes y los patrones rectos, así como los que fluían más. Ella era una institución. Ella en sí. Hablaba de cosas interesantes, llamaba a Nichi Seijo por su nombre de pila, como si fuera la tía Nichi, y distinguía una seda de Macao de una francesa con la misma facilidad con la que otros distinguen un Rioja de un Ribera.

Mientras le sujetaba el bajo de un vestido delante del espejo, hablaba de todo. De la vida, de la empresa, del principio. Me dijo algo que no esperaba. “Mi madre salió de Berlín con una maleta que no pesaba ni diez kilos”.

Su madre era judía. Había escapado de Alemania cuando Europa empezaba a deshacerse por las costuras y el Tercer Reich iba invadiendo todo a su paso. Anduvo, corrió entre campos despoblados y durmió a la intemperie hasta que, con mucha suerte que otros no corrieron, consiguió cruzar la frontera del Pirineo con Francia. Había llegado a España. Atrás quedaron la casa, los amigos, el idioma y, supongo, la vida que uno imagina que va a tener cuando todavía cree que el futuro depende de uno mismo. Llegó a Alicante casi por accidente, como llegan muchas personas a las ciudades que terminan salvándoles la vida. No fue su primera parada, claro, pero sí resultó ser la definitiva.

Me contó que, durante años, su madre hablaba de Berlín como quien habla de un antiguo amor. Sin rabia. Sin idealizarlo. Solo con esa nostalgia reservada para aquello que sabes que ya no volverá a existir. Porque no era solo una ciudad. Era la vida que le habían robado antes de tener tiempo para vivirla. Y, sin embargo, fue en Alicante donde ocurrió lo inesperado. Aquí conoció al hombre con el que compartiría el resto de su vida.

Siempre me ha parecido curioso cómo funciona el amor. Tenemos la costumbre de pensar que llega donde lo buscamos, cuando en realidad casi siempre aparece donde hemos ido a sobrevivir. Su madre no vino buscando marido. Vino buscando seguir respirando. Mantenerse a salvo. Seguir con vida. Y quizá esa sea una de las pocas certezas que tiene el amor: aparece cuando deja de ser el objetivo.

Antes de marcharse, mientras envolvía el vestido en papel de seda, me contó el único consejo que su madre le había repetido desde pequeña: guarda joyas. Si algún día tienes que huir, el dinero pierde su valor. Las joyas son lo único que puedes llevarte puesto.

Se fue con su vestido para Sancti Petri y yo me quedé pensando que cada madre transmite una herencia muy distinta. Hay quien deja casas. Hay quien deja apellidos. La madre de aquella clienta dejó una forma de entender la incertidumbre. Quizá le decía joyas, pero no estaba hablando de joyas. O sí, porque estas le ayudaron a sobrevivir, pero quizá también hablaba la certeza de que, aunque un día tengamos que dejar atrás la ciudad donde creíamos haber dejado el amor, siempre existe la posibilidad de encontrar otra donde empezar de nuevo. Las guerras te obligan a abandonar una vida, pero ninguna debería impedirte construir otra de aquellos escombros que deja la tristeza de una ida sin viaje de vuelta.

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