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Opinión | La pluma y el diván

Cosas que molestan

Cosas que molestan.

Cosas que molestan.

Seguro que no se ha detenido a pensar en la cantidad ingente de cuestiones que le hacen sentir mal y con las que tiene que lidiar sin remedio. Nuestro estado emocional es mucho más sensible de lo que a priori pudiera parecer ante infinidad de situaciones que consiguen alterarnos.

Las más de las veces son auténticas nimiedades que desatan nuestra ira más feroz y nos quedamos sorprendidos de lo gilís que podemos llegar a ser. Por ejemplo, esas farragosas y espeluznantes pegatinas que suelen llevar todos y cada uno de los artículos que compramos. Nos enfrascamos en despegarla cuidadosamente y es labor imposible. Se deshace, se queda incrustada, se pringa todo de restos y, finalmente, después de los insultos justificados al fabricante, lo dejamos estar.

Las situaciones más molestas, coinciden con las miles de obviedades a las que estamos expuestos cotidianamente, que nos hacen sentir estúpidos como poco, o bien, pensar que el esperpento es el imbécil que tenemos delante soltando memeces, como si de un político cualquiera se tratara.

Si estamos a quince bajo cero y te espetan eso de «¡qué frío hace, ¿verdad?!», lo mínimo que puedes pensar es que está de coña. Son momentos estelares que se hacen inolvidables por insulsos y desquiciantes.

En nuestro amplio y variopinto repertorio de conocidos y amigos, tenemos de todos los pelajes, aquellos que de la forma más sutil te envenenan la sangre en segundos ante tu estupor, con solo despegar los labios, los que te entretienen hablando cuando están viendo claramente que tienes una prisa del carajo, los que te preguntan ¿tú por aquí? y se quedan tan panchos o los que te llaman por teléfono a casa y te dicen ¿estás en casa?

Otros especímenes molestos son los que te dicen que te ven estupendo cuando sabes perfectamente que están usando una ironía, los que parece que se alegran cuando te ven, los que te cuentan el chistecito en el momento más inoportuno o los que se han puesto encima medio litro de colonia y te dejan noqueado.

Otras formas de mortificación van apareadas a cada cual, porque todos tenemos nuestros puntos débiles. Cuando prestamos un libro y desaparece de nuestras vidas porque nunca te lo devuelven, y si se lo pides parece que encima quedas mal, o te suelta que ya te lo devolvió, o cuando estás hablando con alguien conocido o desconocido que está mascando chicle sin el menor reparo, o cuando hablando por teléfono y tu interlocutor está masticando y engullendo como un poseso.

Está claro que las alteraciones emocionales a cuenta de pequeñas molestias son tan usuales, que deberíamos hacer un máster para aprender a contrarrestar tanta estupidez, propia y ajena, por el bien de nuestro equilibrio personal.

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