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Crisis de Ceuta: ¿Movimiento migratorio masivo o presión geopolítica?

Investigador Sénior del CIDOB y exeurodiputado socialista

Flotadores y migrantes tras traspasar la frontera entre Ceuta y Marruecos, a 31 de julio de 2026, en Madrid (España).

Flotadores y migrantes tras traspasar la frontera entre Ceuta y Marruecos, a 31 de julio de 2026, en Madrid (España). / Marcos Moreno - Europa Press

Ceuta ha vivido, entre el 30 y el 31 de julio de 2026, el mayor flujo migratorio de su historia reciente: entre 50.000 y 60.000 personas cruzaron la frontera con Marruecos en apenas dos días, la mayoría a nado bordeando el espigón del Tarajal, en una ciudad de poco más de 80.000 habitantes. Los servicios de acogida, sanitarios y de seguridad quedaron completamente desbordados, lo que obligó al gobierno a desplegar a las fuerzas armadas para gestionar la emergencia. Lo más triste de todo esto es que, según el último recuento conjunto de la Guardia Civil española y la policía marroquí, ya son 84 las personas que han muerto en el agua —cifra todavía provisional y que probablemente siga aumentando—, muy por encima de los 14 fallecidos de la tragedia del Tarajal de 2014, o de la de Melilla de 2022. Sea cual sea el número final, ya es la crisis más letal en esta frontera en más de una década. Eso, y el colapso humanitario de una ciudad que no tiene capacidad estructural para absorber semejante volumen de personas en cuestión de horas.

El detonante de esta tragedia fue un mensaje que se extendió como la pólvora por TikTok, Instagram, Telegram y WhatsApp: quien lograra llegar a nado hasta la costa de Ceuta ya no podría ser devuelto de forma inmediata (en caliente). El mismo se basaba en una sentencia real del Tribunal Supremo del 8 de julio de 2026, que confirmó que el rechazo en frontera —la llamada "devolución en caliente"— solo es aplicable a quien intenta superar elementos físicos de contención, como una valla, y no a quien entra nadando por el mar. Vídeos celebrando cruces exitosos hicieron el resto: jóvenes convergiendo desde ciudades a decenas de kilómetros, muchos de ellos menores, atraídos por la promesa de una vía de entrada sin retorno inmediato. Por otro lado, no hay evidencia pública de una participación de estas redes criminales en la difusión de los mensajes; su modelo de negocio se basa en el cobro por sus servicios, y resulta difícil identificar qué beneficio económico obtendrían al animar gratuitamente a miles de personas a cruzar por su cuenta.

Lo que sí es un hecho es que durante horas, la gendarmería marroquí no contuvo la marea humana que avanzaba hacia la frontera. Fuentes oficiosas de la Guardia Civil española hablan directamente de agentes marroquíes "de brazos cruzados", e incluso de policía dirigiendo el tráfico de vehículos hacia el punto de cruce. Solo después, Rabat desplegó antidisturbios, gases lacrimógenos y cañones de agua, y comenzó a aceptar los retornos. ¿Incapacidad o pasividad calculada?

No podemos, con la información pública disponible, afirmar con certeza absoluta que hubo una orden política deliberada de relajar los controles. Pero tampoco podemos ignorar el contexto: el episodio se produce apenas diez días después del viaje de Pedro Sánchez a Argelia, rival regional de Marruecos, y de la aprobación en comisión parlamentaria de la ley de concesión de la nacionalidad española a los saharauis. Y no es la primera vez: en mayo de 2021, Marruecos relajó de forma similar la vigilancia fronteriza como represalia directa por la hospitalización en España del líder del Frente Polisario.

Por tanto, lo ocurrido en Ceuta puede haber sido, además de un movimiento migratorio masivo, una instrumentalización del mismo a efectos de presión geopolítica y desestabilización, mediante la utilización de miles de personas, en su inmensa mayoría jóvenes marroquíes sin apenas perspectivas económicas, buscando una vida mejor, como ha ocurrido con Bielorrusia y Turquía.

Lo que no es, y conviene decirlo con la misma claridad, es un "ataque a la integridad territorial" de España. Estas personas no son soldados, no hay uso de la fuerza armada, no hay intención de ocupar territorio ni de alterar la soberanía española sobre Ceuta. Equiparar la instrumentalización migratoria a una agresión armada, además de jurídicamente insostenible, es un error estratégico: banaliza el umbral de ataque armado de la Carta de la ONU y ofrece munición retórica a quienes quieren inflar el episodio como “invasión” dentro del discurso del odio al inmigrante de la ultraderecha. Es, eso sí, una amenaza híbrida difícil de atribuir y de responder con las herramientas tradicionales de la seguridad estatal que y exige otra caja de herramientas: diplomática, judicial y de cooperación europea.

Frente a esto, la reacción de algunos socios europeos ha sido más que lamentable. En lugar de ofrecer ayuda y solidaridad, Giorgia Meloni ha llegado a plantear suspender la libre circulación con España, para obtener réditos electorales. Pero es que Ceuta y Melilla no forman parte del espacio Schengen. España introdujo esa excepción específica desde su adhesión al Convenio en 1991, precisamente para gestionar la singularidad de esta frontera terrestre con Marruecos. Existen controles de identidad y documentación en las conexiones desde Ceuta y Melilla hacia la Península y el resto de la Unión. Si algo demuestra este episodio es que necesitamos más cooperación europea en materia migratoria y frente a las amenazas híbridas, no titulares fáciles a costa de un país que, en estos días, ha tenido que lamentar además decenas de muertos en su propia costa.

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