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Opinión | Tribuna

Roberto Hurtado García

Roberto Hurtado García

Médico y escritor

La vida que no vivimos

Blake Lively en "El secreto de Adaline".

Blake Lively en "El secreto de Adaline".

Hay películas que uno termina de ver mucho después de que aparezcan los títulos de crédito. El secreto de Adaline parece contar la historia de una mujer que deja de envejecer. En realidad habla de otra cosa. Habla de las vidas que no vivimos.

Todos tenemos una.

Es la que habría empezado si hubiéramos aceptado aquel trabajo, si nos hubiéramos marchado a otra ciudad o si una persona hubiera dicho que sí cuando dijo que no. Basta una decisión cualquiera para que la imaginación construya una biografía alternativa en la que, casi siempre, las cosas salen un poco mejor.

Es una trampa bastante eficaz.

Las vidas imaginarias nunca tienen que enfrentarse al desgaste de la realidad. No conocen las discusiones absurdas, el cansancio, las renuncias ni esa sucesión de pequeños contratiempos que termina componiendo cualquier existencia. Nosotros escribimos el guion y, naturalmente, eliminamos las escenas incómodas.

Por eso siempre parecen más felices.

Todavía pienso, de vez en cuando, en alguna de esas vidas. Sería absurdo negarlo. Todos nos preguntamos alguna vez qué habría ocurrido si hubiéramos elegido otro camino.

Lo que ha cambiado no es la pregunta.

Es la confianza en la respuesta.

La vida me ha hecho razonablemente escéptico. He visto demasiados planes perfectos terminar mal y demasiadas decisiones improvisadas acabar construyendo una buena vida como para creer que existía un camino reservado para nosotros.

Las vidas imaginarias siempre juegan con ventaja.

Nunca tienen que demostrar nada.

La vida real sí.

Quizá por eso el personaje que más me interesó de la película no fue Adaline, sino William, el hombre al que interpreta Harrison Ford.

Cuando es joven se enamora de ella con esa intensidad que solo parece posible cuando todavía creemos que el futuro obedece a nuestros planes. Ella desaparece sin darle una explicación. Él estudia astronomía, descubre un cometa y le pone su nombre. Incluso calcula cuándo volverá a pasar cerca de la Tierra.

Se equivoca.

Mientras veía esa escena pensé que el enamoramiento también se parece, a veces, a un error de cálculo. Creemos que dos vidas seguirán la misma órbita y olvidamos que las personas no se mueven como los planetas.

Pero ese no fue el detalle que más me impresionó.

William sigue viviendo.

Conoce a otra mujer. Forma una familia. Tiene dos hijos. Comparte con ella cuarenta años de vida. Envejece a su lado. Cuando Adaline reaparece, el pasado vuelve de golpe, como vuelven algunas preguntas que nunca terminamos de responder. Sin embargo, ya no puede borrar todo lo que vino después.

Y ahí comprendí que la película no habla del amor perdido.

Habla de la vida que sí ocurrió.

Nos empeñamos en creer que existe un único camino verdadero y que los demás eran simples versiones equivocadas. La experiencia, al menos la mía, me ha enseñado a desconfiar de esa idea. No sabemos qué habría pasado si hubiéramos elegido otra dirección. Tampoco tenemos ningún motivo para pensar que habría sido mejor.

La imaginación fabrica paraísos con demasiada facilidad. La realidad exige bastante más.

A veces pienso que la vida practica una forma muy particular de selección natural.

No sobreviven las historias más intensas. Sobreviven las que encuentran motivos para seguir cuando desaparece la novedad. Las que aprenden a cambiar sin dejar de reconocerse. Las que consiguen que, después de treinta años, alguien aparezca con dos entradas para un concierto en Sevilla y, al día siguiente, con otras dos para Madrid. No porque viva como si tuviera veinte años. Precisamente porque sabe que ya no los tiene.

Todavía pienso, de vez en cuando, en la vida que no viví. Sería absurdo fingir lo contrario. Lo que ocurre es que ya no la envidio.

He aprendido a desconfiar de las historias que nunca tuvieron que enfrentarse a la realidad. Las nuestras sí. Y quizá esa sea su única ventaja. No son más brillantes. No son más fáciles.

Pero fueron las únicas que tuvieron el valor de existir.

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