Opinión | Una mirada a mi ciudad

Doctor en arquitectura
El Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos

El decano del Colegio de Arquitectos de Cataluña y director del congreso, Guillem Costa Calamiglia, durante la presentación del certamen, bajo el lema «Becoming. Architectures for planet in transition». / Toni Albir / EFE
Durante unas semanas se ha reunido en Barcelona una representación mundial de arquitectos de más de ciento treinta países para debatir sobre la situación de la arquitectura y el urbanismo en el mundo actual. La UIA es una asociación internacional no gubernamental que agrupa a representaciones de arquitectos de distintos países. Fue fundada tras la Segunda Guerra Mundial y su sede permanente está en París. Cada tres años se realiza un congreso en el que se aborda el estado de la arquitectura y del urbanismo.
Recuerdo que de joven pude asistir a un congreso anterior, celebrado en Madrid en aquel lejano 1975, bajo el lema «Tecnología y Creatividad», y al que en calidad de estudiante pude escuchar algunas conferencias. Todavía vivían algunos grandes maestros de la generación de posguerra y recuerdo que pude estrechar la mano, presa de emoción, al exiliado Josep Lluis Sert. Inhabilitado por Franco para el ejercicio de la arquitectura, Sert emigró a Estados Unidos logrando una plaza como profesor en Yale. Con posterioridad se le propuso para el Decanato de la Escuela de Diseño de Harvard, cargo que ejerció hasta 1969. Sert fue uno de los grandes arquitectos mundiales de la mitad del siglo XX.
Lo interesante de cada congreso, además del conjunto de conferencias que se imparten, es que se extraen unas conclusiones finales sobre la arquitectura y el urbanismo con relación al tema propuesto. El fondo de Barcelona ha sido «Arquitectura para un planeta en transición» («Becoming. Architectures for a planet in transition»). Sobre el tema propuesto, el congreso elabora siempre unas conclusiones finales y nos encaminamos a su comprensión y debate, ya que, aunque a este congreso no he asistido, creo que resulta interesante revisar sus conclusiones.
El congreso ha intentado, en un contexto mundial basado en la incertidumbre y en continua transformación, generar una hoja de ruta que encamine el quehacer de una arquitectura para poder enfrentarse a los desafíos emergentes. Se concluye que lo construido es un proceso que evoluciona en el seno de una sociedad cambiante y dentro de ese dinamismo tenemos que acogernos a una guía que atienda tanto a lo nuevo como a lo tradicional.
El primer punto debatido ha sido la aceleración del tiempo que se está dando en la historia de la humanidad. Podemos decir que el futuro ya ha llegado y necesitamos dar respuesta a las necesidades de construcción. Estas, según el congreso, deben asentarse en la nueva inteligencia y en el saber tradicional. De esta manera, el congreso apuesta por una arquitectura y un urbanismo que se aparten del consumo excesivo de recursos y de las transformaciones totales del medioambiente. Es necesario generar modelos en los que se prioricen la regeneración y la reutilización de suelos y edificios. El congreso se distancia, por tanto, de los principios de la Arquitectura Moderna que incidían en lo nuevo como solución, proponiendo una reutilización de lo existente. La no creación de nuevos barrios y nuevas arquitecturas puede ser un principio guía. La economía circular y la reutilización de los materiales y los espacios existentes debe guiar nuestro proceder profesional.
De otro lado, la arquitectura y el urbanismo deben perder el antropocentrismo que les caracteriza. No somos los únicos habitantes del planeta y debemos compartir espacios. A esto convendría añadir la pérdida de la visión occidental de la historia de la arquitectura y el urbanismo hasta incorporar nuevas visiones culturales. Además, se proclama que la vivienda debe entenderse como un derecho universal no negociable. Esto supone la pérdida de la visión de la vivienda como un bien acumulable que permite ser un campo de inversión en el que obtener grandes beneficios. La arquitectura debe adentrarse en las condiciones sociales de aquellos que aspiran a una vivienda, entendiéndose como una herramienta para conseguir esta accesibilidad a la vivienda.
Por último, se plantea el problema del significado, que establece la relación de toda obra construida con el conjunto de propiedades del planeta. Es decir, todo acto de construcción plantea consecuencias más allá de sus muros. Los espacios habitables tienen una dimensión cultural que influye en nuestras relaciones y nuestra manera de entender el mundo. Podemos añadir que lo local tiene consecuencias planetarias.
La Declaración de Barcelona enfatiza un punto de vista en el que la arquitectura debe ser ética y responsable e interactuar mínimamente sobre un planeta al límite de su capacidad. La arquitectura debe ser una herramienta de transformación para ese mundo en que vivimos. Es responsabilidad de los arquitectos que las obras dispongan de calidad y belleza. ¡Esperemos que esta declaración sirva de base para un mejor ejercicio profesional!
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