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El símbolo musical

El símbolo musical.

El símbolo musical.

Era el mediodía del 22 o 23 de junio de 1976. Tenía diez años y llevaba cuatro sin disfrutar las fiestas de mi ciudad: les Fogueres. Vivía con mis padres en el barrio de Nazaret, en Valencia, y apenas podía tener noticias sobre las Hogueras. Ni siquiera disponíamos de teléfono en casa. Sin embargo, surgía una inesperada ventana en la vieja televisión en blanco y negro que teníamos. A mediodía, cada día laborable, el informativo regional Aitana trasladaba la actualidad de la región y, en esas fechas, conectaba en directo con las celebraciones alicantinas, desde la plaza del Ayuntamiento.

El espacio se iniciaba con un primer plano en teleobjetivo del remate en forma de estilizada pareja de alicantinos, que había plantado Ramón Marco como foguera oficial. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fueron los primeros compases de una pieza muy pegadiza, que aún no identificaba, pero enseguida quedó retenida en mi incipiente mente festera. Era mi primer contacto con nuestro símbolo musical más emblemático. Una creación basada en motivos costumbristas, que desde el primer momento el maestro Luis Torregrosa García definió como «pasodoble humorístico», y desde 1930 ha acompañado nuestras deseadas fechas de junio, de manera inalterable. Cabe señalar que, durante décadas se mantuvo plenamente imbricado en nuestra simbología, hasta que por fin, a mediados de los noventa, se incluiría en una reforma del reglamento como Himno de les Fogueres. Un poco tarde.

Y es que, en unas fiestas que han mutado mucho, hasta el punto que en más ocasiones de las deseables los que ya peinamos canas la vemos demasiado desvirtuada, bendito sea ese elemento de identificación. Esa estrofa que en ocasiones nos emociona. Esos instantes que, indefectiblemente, acompañamos con aplausos, rompiendo cualquier protocolo. Como si permaneciera a modo de faro de sinceridad musical, en unas celebraciones que cada día oscilan más en imitar artificiosamente la solemnización valenciana o, por el contrario, la sanferminización más atroz.

Llegados a este punto, y cuando tenemos tan asumida la vigencia de esta composición que nació como sintonía festiva, y por fortuna se ha consagrado como himno de nuestras fiestas, cabe plantearse la clarividencia que albergó Torregrosa al entrelazar sus compases, y también de José Ferrándiz Torremocha -un foguerer de primera hora, que incluso presidió la Comisión Gestora en 1932-, el escribir su letra, creando una inolvidable referencia, cuando les Fogueres se encontraban, literalmente, en pañales. El que lograra sintetizar en el pentagrama la personalidad de un festejo apenas esbozado fue uno de los milagros que hicieron grandes nuestra cita de junio en sus primeros años. Como milagro fue instaurar su cartelería en el fundacional 1928. Que en 1931 surgieran las barracas. Que con la intuición de Gastón -y previamente, Aguirre- se incorporara con éxito el dèco en nuestras frágiles obras efímeras, insuflándolas de entidad plástica. Que se sumara en aquel periodo republicano lo más florido del arte y la sociedad local. O, incluso, que a partir de 1933 se llegara a plantar anualmente la foguera de Orán y, en 1935, la de Argel. Fueron, todos ellos, milagros «A la llum» de las nacientes Fogueres.

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