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Opinión | Tribuna

Vivir peor que sus padres

Es a los responsables políticos (y sí, al conjunto de la sociedad) a quienes corresponde dar una respuesta urgente al desasosiego de los jóvenes

Vivir peor que sus padres

Vivir peor que sus padres

Son múltiples los estudios que vienen advirtiendo en los últimos tiempos sobre la desafección de los jóvenes no solo de la política, lo que dado el reprobable nivel del debate público sería bastante comprensible, sino de los valores más básicos de la democracia. Y eso sí que es mucho más preocupante. Porque si una parte significativa de la juventud no se siente reconocida en principios cívicos como la libertad o la igualdad entonces sí que este sistema político, que tanto ha costado construir y sostener, correrá peligro. No se puede atribuir a esos jóvenes la responsabilidad del avance de la extrema derecha en el mundo occidental, la culpa de que eso ocurra es, por supuesto, de los mayores, de los 'boomers' y de sus hijos y no tanto de sus nietos. La extrema derecha crece en Italia, en Francia, en España o en la mismísima Alemania, en Argentina, en Chile o en Colombia. O en los Estados Unidos, cuna de la democracia moderna, donde su máximo representante político es un señor que no respeta las normas más básicas y que con el control del Tribunal Supremo propicia, ya desde su primer mandato, una involución en los derechos ciudadanos, en particular de la mujer. El caso del aborto, hoy prohibido en 14 estados y con restricciones severas en otros tantos, es paradigmático.

A los jóvenes se les repite constantemente, y desde esferas diversas, que van a ser la primera generación que vivirá peor que sus padres. Ese eslogan se acuñó durante la megacrisis de 2008 (y posteriores) cuando se hundió la economía, desaparecieron millones de empleos y se desplomaron los salarios de quienes conservaron su puesto de trabajo. Pero el lema es falaz. No hay más que echar la vista atrás y preguntarse si la generación que luchó en la guerra vivió mejor que sus padres o si lo hicieron sus hijos en la España del hambre y la dictadura. Pero muchos jóvenes, que ven con desesperanza su futuro por la falta de expectativas profesionales y vitales, han asimilado como una fatalidad sin remedio ese 'raca raca' que les reiteran sus mayores, esos que en vez de buscar o exigir soluciones parecen haber caído también en el derrotismo. El Consejo de la Juventud de España (CJE) está haciendo un estudio para analizar qué lleva a tantos jóvenes a sentir que “el sistema no les asegura las condiciones para vivir presentes dignos” y a un 17% de ellos (según sus datos) a abogar por modelos no democráticos. Es un proyecto loable, que no solo debería dar pistas sobre las causas del problema, también apuntar cuáles pueden ser las soluciones.

Es a los responsables políticos (y sí, al conjunto de la sociedad) a quienes corresponde dar una respuesta urgente al desasosiego de los jóvenes. Haciéndoles ver que entienden sus problemas, pero sobre todo aplicando políticas que los atajen y les ofrezcan un horizonte claro de realización personal y profesional. Políticas de vivienda asequible y mejores salarios (se desplomaron y ahí siguen), parecen medidas imprescindibles que les ayudarían a confiar más en el sistema democrático y, en consecuencia, a defenderlo. Por el bien de todos.

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