Opinión | Tribuna

Profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Alicante
Ceuta: mucho más que una crisis migratoria

Continúa el goteo de salidas de personas desde Ceuta hasta Marruecos en la frontera del Tarajal, a 1 de agosto de 2026, en Ceuta (España). / Europa Press
Las imágenes de miles de personas cruzando la frontera de Ceuta han vuelto a situar a España frente a una realidad incómoda: las fronteras ya no son únicamente espacios de control migratorio, sino escenarios donde se libran disputas geopolíticas de primer orden. Quien interprete lo ocurrido exclusivamente desde la óptica humanitaria o policial estará dejando fuera una parte esencial del problema.
La experiencia demuestra que las migraciones pueden convertirse en un instrumento de presión internacional. Bielorrusia lo hizo contra Polonia y la Unión Europea en 2021. Turquía ya había utilizado esa misma estrategia frente a Bruselas. Marruecos también recurrió a ella durante la crisis de Ceuta de mayo de 2021, cuando la relajación de los controles fronterizos coincidió con el deterioro de las relaciones diplomáticas tras la acogida en España del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali. Aquel episodio confirmó que los flujos migratorios pueden ser utilizados como herramienta de negociación política.
La actual crisis presenta, sin embargo, un contexto internacional mucho más complejo. España atraviesa probablemente el momento de mayor tensión diplomática con Estados Unidos desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. La negativa del Gobierno español a alinearse plenamente con Washington durante la crisis con Irán, las críticas a la actuación israelí en Gaza y las diferencias surgidas en el seno de la OTAN han deteriorado una relación que durante décadas había sido uno de los pilares de la política exterior española.
Al mismo tiempo, Marruecos ha reforzado extraordinariamente su posición internacional. La normalización de relaciones con Israel mediante los Acuerdos de Abraham, el reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental y la creciente cooperación militar, tecnológica y de inteligencia con Washington y Tel Aviv han convertido a Rabat en uno de los socios estratégicos más valiosos de Occidente en el norte de África.
No es casualidad que Marruecos disponga hoy de una capacidad de influencia muy superior a la que tenía hace apenas una década. Su posición geográfica le permite controlar uno de los accesos fundamentales hacia Europa, mientras que su papel en la lucha contra el terrorismo, la inmigración irregular y la estabilidad del Sahel incrementa todavía más su valor estratégico.
¿Significa todo ello que Estados Unidos o Israel estén detrás de la actual presión migratoria sobre Ceuta? No existen pruebas públicas que permitan sostener semejante afirmación. Sería intelectualmente deshonesto hacerlo. Sin embargo, sí existen suficientes elementos para plantear una hipótesis geopolítica razonable: la coincidencia entre el deterioro de las relaciones de España con Washington, el fortalecimiento del eje Rabat-Tel Aviv-Washington y la nueva presión sobre Ceuta obliga a analizar esta crisis dentro de un marco estratégico mucho más amplio que el estrictamente migratorio.
La política internacional rara vez funciona mediante órdenes directas. Lo hace, sobre todo, mediante incentivos, equilibrios de poder y ventanas de oportunidad. Marruecos sabe que atraviesa uno de los momentos de mayor respaldo internacional de su historia reciente. También conoce que España llega debilitada diplomáticamente, enfrentada con algunos de sus principales aliados y con escasa capacidad para internacionalizar el conflicto sin abrir otros frentes políticos.
No debe olvidarse otro elemento decisivo: Ceuta constituye una anomalía estratégica dentro de la arquitectura de seguridad occidental. Aunque forma parte plenamente del territorio español, la aplicación automática de las garantías colectivas de la OTAN sobre las ciudades autónomas ha sido objeto de debate jurídico desde hace décadas. Esa ambigüedad incrementa inevitablemente el valor estratégico de cualquier episodio de presión sobre estos territorios.
La rapidez con la que determinados sectores políticos y mediáticos estadounidenses e israelíes han utilizado la crisis para cuestionar la posición española añade otro elemento de reflexión. No prueba una coordinación internacional, pero sí evidencia que Ceuta se ha convertido en un argumento dentro de una batalla política mucho más amplia sobre el papel de España en la alianza occidental.
Quizá el mayor error consista en seguir interpretando estas crisis con categorías propias del siglo XX. Hoy las guerras híbridas combinan presión económica, campañas informativas, influencia tecnológica, diplomacia coercitiva y utilización de movimientos migratorios. Ninguno de estos instrumentos necesita recurrir al uso directo de la fuerza para modificar el comportamiento de otro Estado.
España haría mal en responder únicamente reforzando la frontera. La verdadera respuesta debe ser también diplomática y estratégica. Ceuta no necesita únicamente más policías o más soldados; necesita una política exterior capaz de reconstruir alianzas, reforzar su posición en la Unión Europea y recuperar capacidad de influencia en un Mediterráneo donde los equilibrios de poder están cambiando con enorme rapidez.
Porque, en realidad, la cuestión ya no es cuántos migrantes han llegado a Ceuta. La verdadera pregunta es quién obtiene beneficios estratégicos de que Europa vuelva a contemplar esa frontera como uno de sus principales puntos de vulnerabilidad. Es ahí donde empieza el auténtico debate de las relaciones internacionales.
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