Opinión | Peu de foto
"El olvido y la memoria: de la nostalgia estéril al recuerdo útil" (1/4)

Destruir violentament la ciutat ens fa perdre’n la memòria: arrasament d’un tram de la Avinguda de la Llibertat construïda en temps de l’alcalde Ramon Pastor. / Gaspar Jaén i Urban
El antropólogo Levy Strauss planteó en «Tristes Tropiques» (1955) la disyuntiva en que se encuentra cada estadio de la cultura humana por lo que se refiere a la valoración de lo que tiene ante sus ojos, de lo que existe en esos momentos como herencia y permanencia del pasado, de lo que conforma su contemporaneidad. «Si yo -viene a decir Levy Strauss- hubiese podido visitar estos pueblos que estoy estudiando ahora cincuenta o cien años atrás ¡cuántas cosas no habría encontrado aquí todavía incólumes, todavía vírgenes, sin la menor contaminación de progreso o de occidentalismo! ¡Cuántas cosas, hoy transformadas o desaparecidas, que, con mi saber de ahora, me darían una luz nueva y brillante sobre los rituales, las costumbres y el pensamiento de los pueblos primitivos!». Y Levy Strauss sigue diciendo: «Cada lustro pasado me permite salvar una costumbre, ganar una fiesta, compartir una creencia suplementaria».

Destruir violentament la ciutat ens fa perdre’n la memòria: arrasament d’un tram de la Avinguda de la Llibertat construïda en temps de l’alcalde Ramon Pastor. / Gaspar Jaén i Urban
El antropólogo, en consecuencia, se lamenta ante la imposibilidad de esa vuelta atrás en el tiempo. «Sin embargo -sigue meditando-, ¡cuántas cosas de las que yo tengo ahora al alcance de la mano, de las que puedo observar y estudiar ahora, no desearía conocer alguien que como yo venga a este mismo sitio dentro de cincuenta o cien años! ¡Cuántas de las cosas que aún permanecen para mí habrán desaparecido en unas décadas! Y, sin embargo, en el actual estadio del saber yo no puedo todavía valorar debidamente cuáles de todas estas cosas que me rodean serán las que interesen a aquellos que vengan detrás de mí y que ya no las podrán contemplar». Y Levy Strauss concluye: «Yo, que gimo ante sombras, ¿no soy quizá impermeable al verdadero espectáculo que toma forma en este instante, pero para cuya observación mi grado de humanidad no tiene todavía el sentido requerido? De aquí a unos cuantos centenares de años, en este mismo lugar, otro viajero, tan desesperado como yo, llorará la desaparición de aquello que yo habría podido ver y no supe ver».
Se situaba, así, Levy Strauss en un callejón aparentemente sin salida, prisionero de la doble angustia del tiempo pasado y del tiempo futuro, dos abismos entre los cuales solo nos queda para transitar la frágil, inestable y movediza arista del presente. Pero ese presente es el momento de las decisiones o, como advierte Octavio Paz, el manantial de las presencias, el instante, ese pájaro que está en todas partes y en ninguna, que queremos asir vivo, pero abre las alas y se desvanece, vuelto un puñado de sílabas.

Destruir violentament la ciutat ens fa perdre’n la memòria: arrasament d’un tram de la Avinguda de la Llibertat construïda en temps de l’alcalde Ramon Pastor. / Gaspar Jaén i Urban
¿Qué hacer ante la terrible disyuntiva planteada? La conclusión de Levy-Strauss se acerca a la idea de que «solo el conocimiento salva». Por tanto, lo único que podía hacer era mirar y estudiar en profundidad todo aquello que tenía ante sus ojos, dejar escritas, dibujadas, interpretadas, aun a riesgo de equivocarse, las cosas que había encontrado en aquel estadio de la evolución de un pueblo primitivo. Dejar constancia para que alguien, en el futuro, pudiese encontrar algún rastro de lo que él estaba viendo en aquel instante y que el otro hubiera querido ver, pero que ya no podría ver porque había desaparecido para siempre: «Víctima de una doble enfermedad, todo lo que veo me hiere y me reprocho incesantemente no mirar lo bastante», concluye el antropólogo.
De una forma quizá más contundente, Ray Bradbury explicó la destrucción irremediable que procura el tiempo en un relato memorable («In a Season of Calm Weather», 1957) en el cual un hombre mira por la ventana del hotel en que se hospeda hacia la extensa playa donde, con la marea baja, un hombre que pasea ha estado toda la tarde haciendo dibujos en la arena con un palo. Podría ser una de esas anchas playas atlánticas de Bretaña, Inglaterra o Normandía. Debía ser una de esas largas tardes de un domingo de verano. El hombre, con unos prismáticos, presta atención a los dibujos en la arena y el corazón le da un vuelco al descubrir que el autor de aquellos dibujos es Pablo Picasso. El dibujante se aleja porque se ha hecho tarde y ya se acerca el crepúsculo. El observador baja corriendo a la playa y ve sorprendido y admirado aquel grandioso fresco con escenas mitológicas de gigantes, tauromaquias, faunos y doncellas, cortesanos, arlequines, palmeras y palomas. Y con espanto comprueba que, lentamente, empieza a subir la marea. ¿Qué hacer? Buscar escayola, sacar moldes, salvar algo de aquel dibujo gigantesco y valioso que se va a perder en unos instantes. Pero no hay tiempo, no hay remedio, todo esfuerzo es inútil. La marea, incesante, sigue subiendo. Y, ante la gran verdad, con la calma de lo irremediable, lo único que puede hacer es pasear lentamente por la orilla del mar que se mueve y contemplar intensamente, mientras asciende la marea, como el agua se traga aquel grandioso fresco que Picasso había dibujado en la arena para que lo fuera deshaciendo un tiempo que había tomado la forma del océano. Mirarlo y dejarlo escrito para los demás.

Destruir violentament la ciutat ens fa perdre’n la memòria: arrasament d’un tram de la Avinguda de la Llibertat construïda en temps de l’alcalde Ramon Pastor. / Gaspar Jaén i Urban
Muchas de estas sensaciones se pueden encontrar entre los que trabajamos en el patrimonio arquitectónico y urbanístico desde hace medio siglo. La búsqueda (a veces angustiosa) del pasado y de la permanencia en la arquitectura y la ciudad antiguas o modernas que han llegado hasta nosotros, depositarias de unos valores que intentamos preservar para el porvenir porque pensamos que todavía son útiles para nosotros y pueden serlo también para los que nos sucedan. Unas obras, unos espacios y unos sitios que siempre se podrán volver a recorrer, estudiar, contemplar, leer si no desaparecen. Hétenos aquí, situados entre lo posible y lo imposible, tanteando alternativas a ciegas, buscando soluciones de una forma empírica. Soluciones políticas, conceptuales y técnicas.
El poeta catalán Feliu Formosa (1934) expresó también esta sensación en un afortunado verso que dice: «Como enterrando tesoros que habrá de encontrar alguien». Y otro poeta también catalán, Pere Rovira (1947), con un argumento similar escribió un hermoso poema titulado «Carta del padre», el mensaje que un padre dirige desde el presente a su hijo todavía niño para cuando sea adulto. La traducción al castellano diría algo así: «La mar besándote los labios, / una sombra de eucaliptus, una hoja de menta / quizá hagan sonreír al tiempo / y sentirás cristales de voz pequeña, / de canciones y preguntas, / y verás unos piececitos borrándose / sobre la arena de una tarde triste. / Tú no sabrás que vienen de un verano muy feliz / a buscarte. Nosotros no estaremos. / Ya hará tiempo que no estaremos en tus sueños / ni en tu sufrimiento. Te daremos lástima, / tan viejos y tan absurdos, siempre todavía con los libros, / el tabaco, la manía de tenernos cerca, / solos, en esta casa luminosa, / plantándole cara al invierno; / la vida te habrá tomado nuestra vida / de ahora, y ya no nos recordarás / jóvenes y fuertes, queriéndote / con un amor, ya lo sé, que tú quisieras / diferente y que habrá cambiado poco. / Pero el olvido es natural, / y las cosas solo vuelven cuando quieren. / Que estos versos te ayuden a volver / a una casa feliz en los días malos».
(Continuarà)
Nota bene: Aquest text replega dues conferències donades, l'una, al Colegio Oficial de Arquitectos de La Rioja (Logroño, 1999); l'altra, als cursos d'estiu de la Universidad del País Vasco (Donostia, 2000). Formarà part d'un llibre titulat «Poètiques de la ciutat».
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