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Opinión | Tribuna

El regreso de Ulises

Ilustración interior de la 'Odisea' de Milo Manara

Ilustración interior de la 'Odisea' de Milo Manara / EPC

La Odisea está en los cines. Los medios (la prensa, las redes...) lo proclaman incesantemente y permiten adivinar su éxito de taquilla. La presencia de los clásicos es más necesaria que nunca. Se diría que hay en el ser humano una sed de los valores que encarnan, y necesitamos actualizarlos cíclicamente para no dejarnos descomponer por los personajes insuficientes que nos salen hoy al paso con tanta frecuencia, personajes descolocados en su mundo, incapaces de sugestionar y despertar nuestra simpatía y nuestra solidaridad. Los clásicos, al contrario, nos hablan de héroes con rasgos humanos que se esfuerzan por torcer el rumbo del destino, por alcanzar el honor y la gloria a costa de los sacrificios que fueran necesarios, que se enfrentan a la tentación, y sucumben a ella, o resisten y superan la prueba que parecía insuperable. Personajes sólidos, enteros, de alma grande, con grandes virtudes. Y también con defectos grandes, defectos humanos como los nuestros, pero en un alma capaz de llevar a cabo proezas que nos parecen inalcanzables.

Alguien ha dicho que "después de Homero, todo es plagio", y no le falta razón. Los clásicos nos presentan los rasgos que acompañan al hombre, que confieren a su vida un valor auténticamente humano, nos enseñan la capacidad de la voluntad para configurar la propia vida. Nos muestran el valor de la hospitalidad, el peligro de la tentación, las consecuencias del exceso que rebasa los límites. Y el heroísmo, y el miedo, y la vulnerabilidad, y la astucia, y la excelencia, y la lealtad, y el deber. Y el bien y el mal. Y el valor de la memoria. Y el valor de la verdad.

Los personajes de Homero personifican los defectos y las virtudes de toda la humanidad, y han sido replicados incesantemente a lo largo de la historia de la literatura. Son nuestros compañeros, nuestros hermanos, nuestros mayores. Han dado lugar a lo que sentimos, a lo que pensamos y a lo que somos.

Me parece máximamente oportuno este periódico retorno a nuestros clásicos, a los fundamentos de nuestra cultura. Han quedado ya muy atrás aquellos años en los que las publicaciones juveniles mostraban biografías reales: personajes de ánimo esforzado, capaces de transformarse a sí mismos y de transformar la realidad, personajes reales, auténticos, de carne y hueso. La lectura de las biografías de personajes de la historia, del arte, de la ciencia, del pensamiento, de la fe…, nuestra convivencia con ellos, ponían ante nuestros ojos las posibilidades de la realidad, y esa es la condición para elegir un proyecto de vida capaz de darnos plenitud: solo los ideales sustentados en la realidad son capaces de movilizar nuestras vidas.

Por eso, los clásicos nos enriquecen y nos permiten sacar de nosotros lo mejor, no abren la mente y el corazón a la magnanimidad capaz de afrontar victoriosos las mayores dificultades.

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