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Opinión | Tribuna

Antonio J. Rodríguez Soler

Antonio J. Rodríguez Soler

Secretario de Memoria Democrática del PSOE Elx

El día en que Elche se convirtió en un observatorio del mundo

Observadores del eclipse de 1900 en Elche

Observadores del eclipse de 1900 en Elche / INFORMACIÓN

Cuando el próximo 12 de agosto el cielo vuelva a llamar la atención por un eclipse de Sol, en Elche pocos recordarán que la ciudad ya vivió una jornada semejante hace más de un siglo. Fue el 28 de mayo de 1900. Durante algo más de un minuto, la Luna ocultó por completo el Sol y un rincón del Camp d'Elx pasó a ocupar un lugar destacado en los mapas de la astronomía internacional.

Aquello no empezó aquel lunes de mayo. Llevaba meses gestándose. En el otoño de 1899 el Observatorio Astronómico de Madrid ya había pedido al Ayuntamiento información sobre alojamientos, comunicaciones y posibles emplazamientos para instalar los instrumentos. Los científicos buscaban un horizonte limpio y buenas condiciones de observación. Elche reunía ambas cosas y, casi sin proponérselo, terminó convirtiéndose en uno de los puntos elegidos para seguir el eclipse.

Con el paso de las semanas fueron llegando las expediciones. El astrónomo valenciano José Joaquín Landerer fue uno de los primeros en recorrer las fincas donde trabajarían los equipos. Poco después apareció Camille Flammarion, probablemente el divulgador científico más conocido de la época. También desembarcaron investigadores franceses y españoles, mientras que las expediciones británicas instalaron su campamento en Santa Pola, apoyadas por el crucero Theseus. Durante unos días, la comarca recibió un trasiego poco habitual de telescopios, cámaras, cajas de madera y aparatos científicos que despertaban la curiosidad de los vecinos.

La única incógnita era el tiempo. Después de tantos preparativos, bastaba una nube para echar por tierra el trabajo de meses. Por eso, la mañana del 28 de mayo se vivió con una mezcla de calma y nervios. Los instrumentos estaban preparados desde primera hora y cada ayudante conocía perfectamente su cometido. Solo faltaba esperar.

Cuando la luz empezó a apagarse, muchos comprendieron que estaban asistiendo a algo excepcional. El paisaje cambió de color, la temperatura descendió y, de repente, llegó la oscuridad. Quienes habían salido a los caminos o a los huertos levantaron la vista. En los observatorios improvisados ocurrió justo lo contrario: nadie podía distraerse. Había poco más de un minuto para cambiar placas fotográficas, observar la corona solar y registrar todos los datos posibles antes de que regresara la luz.

Los periódicos también dejaron constancia de escenas más cercanas. En Alicante hubo quien observó cómo las aves dejaban de cantar y varios animales reaccionaban como si hubiera anochecido. En Santa Pola, algunas personas contemplaron el eclipse con inquietud. Eran reacciones muy distintas a las de los astrónomos, pero forman parte del recuerdo de aquella tarde.

Unos días después, los observatorios comenzaron a desmontarse. Landerer comunicó los primeros resultados de sus trabajos y las expediciones emprendieron el viaje de regreso. Elche volvió a su rutina. Sin embargo, durante unas semanas había compartido protagonismo con algunos de los grandes nombres de la astronomía europea. Ese episodio apenas ocupa hoy unas líneas en los libros de historia local, pero demuestra que, durante unos minutos, los huertos ilicitanos fueron uno de los lugares desde donde mejor pudo observarse el Sol.

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