Opinión | Tribuna

Médico y escritor
Séneca

La librería Séneca dice adiós tras 58 años en el centro de Elche / Áxel Álvarez / AXEL ALVAREZ
Las vías del tren habían desaparecido cuando yo era demasiado pequeño para recordarlas. Sin embargo, la frontera seguía allí. No hacía falta un tren para mantenerla. Bastaban las costumbres, los recorridos de cada familia y esa geografía invisible que divide una ciudad mucho después de haber derribado sus límites.
Yo era un chaval de Carrús. El colegio, los amigos, las tiendas del barrio y la librería Alacrà resolvían casi todo.
Casi.
Necesitaba un libro para el conservatorio. Todavía recuerdo el título: Zamacois. Teoría de la Música. En Alacrà no lo tenían.
—Prueba en Séneca.
Así crucé por primera vez aquella puerta. Debía de tener doce años.
Antes de entrar siempre me detenía unos segundos delante del escaparate. Me gustaba pensar que, cuando la librería cerraba y la ciudad regresaba de cenar, allí dentro seguían ocurriendo cosas. Nunca supe exactamente cuáles. Imaginaba que los libros cambiaban de sitio durante la noche para dejarse encontrar por la persona adecuada al día siguiente.
Volví muchas veces. Algunas porque necesitaba un libro. Otras porque me apetecía entrar. Descubrí que las mejores recomendaciones casi nunca empezaban por un título, sino por una conversación. Mucho antes de que los algoritmos intentaran decirnos qué leer, había libreros capaces de acertar con un libro después de escucharte unos minutos.
Durante años hice una cosa bastante infantil. Si un libro lo compraba en Alitruc, el siguiente procuraba comprarlo en Séneca. Nunca hice cuentas. Me parecía lo justo.
Fue allí donde conocí mejor a Amparo. Un día le dije que estaba escribiendo. Esperaba hablar de editoriales, de concursos o de manuscritos. Ella habló de otra cosa.
—No escribas como todo el mundo.
Después añadió una frase que no he olvidado.
—Escucha las conversaciones de las escaleras.
Que preguntara por la vida de mis abuelos.
Que prestara atención a la gente corriente.
Las historias ya estaban allí.
Muchos años después regresé para contarle que una novela estaba en camino. Algún tiempo más tarde volví para firmar libros durante Sant Jordi en el estand de Séneca. Compartía firma con Fini del Amor. En un momento levanté la vista y pensé en aquel Zamacois que me había llevado por primera vez hasta aquella librería. Sin buscarlo, había vuelto al mismo sitio desde el otro lado de la mesa.
El próximo 31 de agosto Séneca bajará la persiana.
Nunca le di las gracias a Amparo. No por recomendarme un libro. Ni por acertar con la siguiente lectura. Fue por aquel consejo.
—Escucha las conversaciones de las escaleras.
Pregunta por la vida de tus abuelos.
Presta atención a la gente corriente.
Cada vez que me siento delante de una página en blanco vuelvo a aquella conversación.
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