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Si Serrat escribiera hoy Mediterráneo

Varios migrantes al entrar en Ceuta el pasado 31 de julio.

Varios migrantes al entrar en Ceuta el pasado 31 de julio. / Marcos Moreno - Europa Press

Hubo un tiempo en que el Mediterráneo simbolizaba el encuentro. Por sus aguas navegaron fenicios, griegos, romanos, árabes y tantas otras civilizaciones que hicieron de sus costas un espacio de intercambio cultural, comercial y humano. Fue el mar que unió pueblos, difundió conocimientos y construyó una de las mayores herencias culturales de la historia. Hoy, sin embargo, ese mismo mar se ha transformado en una inmensa fosa común donde miles de personas encuentran la muerte persiguiendo algo tan elemental como una vida digna.

Resulta difícil aceptar semejante contradicción. Quienes durante siglos utilizaron el Mediterráneo como vía de expansión, conquista y prosperidad lo contemplan ahora como una frontera que debe blindarse frente a quienes llaman desesperadamente a sus puertas. El mar que antes abría caminos se ha convertido en un muro líquido donde la acogida ha sido sustituida por la sospecha y la solidaridad por la vigilancia.

Las imágenes vividas estos días en Ceuta vuelven a recordarlo con una crudeza insoportable. Decenas de personas perdieron la vida intentando alcanzar a nado la costa española. No eran soldados ni invasores. No eran una amenaza organizada. Eran seres humanos con nombre, familia, historia y proyectos. Personas que habían sido empujadas por la pobreza, la violencia, la ausencia de oportunidades o la desesperación, alimentadas además por falsas promesas, mafias sin escrúpulos y dirigentes que utilizan la migración como instrumento de presión política o como moneda de cambio diplomática.

Sin embargo, basta cruzar la orilla para que dejen de ser personas y pasen a convertirse en cifras. O peor aún, en una "avalancha", una "invasión" o una "amenaza". El lenguaje nunca es inocente. Cuando se despoja a alguien de su identidad resulta mucho más sencillo justificar el rechazo, normalizar la indiferencia o aceptar que muera sin que apenas altere nuestra conciencia colectiva.

Europa, que se presenta como referente mundial de los derechos humanos, la democracia y las libertades, lleva años respondiendo a este fenómeno desde una lógica cada vez más defensiva y menos humanitaria. La construcción de una auténtica política común de acogida ha sido sustituida por el blindaje de fronteras, la externalización del control migratorio hacia terceros países, el endurecimiento de las deportaciones y la búsqueda permanente de territorios donde retener a quienes nunca llegaron a ser considerados personas, sino únicamente un problema. La Unión Europea aparece cada vez más dividida, incapaz de ofrecer respuestas compartidas y excesivamente cómoda trasladando la responsabilidad a otros mientras el Mediterráneo continúa acumulando víctimas. Ceuta no ha puesto en evidencia un fallo puntual del sistema; ha vuelto a mostrar el fracaso de una estrategia que pretende gestionar la desesperación exclusivamente mediante medidas de contención. Ningún muro, ninguna concertina, ningún acuerdo con terceros países podrá detener a quien ya no tiene nada que perder. Lo único que consigue esa política es hacer más largas, más peligrosas y más mortales las rutas migratorias.

Nadie abandona voluntariamente su hogar, su familia y su cultura para jugarse la vida en una embarcación precaria o lanzarse al mar a nado si conserva una mínima esperanza de vivir dignamente donde nació. La migración no comienza en la costa; comienza allí donde la guerra, el hambre, la persecución política, el cambio climático, la explotación económica o la ausencia absoluta de expectativas convierten permanecer en una condena.

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