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Opinión | Espejos con grietas

Sir Reginald el Prudente y el dragón con alergia

Sir Reginald el Prudente y el dragón con alergia

Sir Reginald el Prudente y el dragón con alergia

Sir Reginald no era un caballero andante al uso. Ciertamente andaba, pero siempre por caminos llanos, con sombra, buena señalización y posibilidad de retirada. Su lema no era «Por la gloria y mi dama», sino «Una evaluación de riesgos a tiempo evita un funeral prematuro». Había convertido la cobardía en doctrina, la doctrina en método y el método en reputación. En la corte lo llamaban prudente, que es el modo elegante de llamar valiente a quien aún no ha demostrado serlo.

—Pipo —decía a su escudero, un muchacho flaco que ya había envejecido esperando una aventura—, ¿oyes ese ruido en la maleza? Un caballero temerario se adentraría espada en mano. Un caballero responsable reconoce una posible emboscada y procede a realizar una retirada estratégica hacia la taberna más cercana. No es miedo, Pipo; es inteligencia.

Un día, la inteligencia de Sir Reginald fue puesta a prueba. A su ducado llegó la noticia de que la brillante y mordaz Lady Isadora había sido secuestrada por Fulgencio, un dragón que aterrorizaba la región desde su guarida en los Picos Nebulosos. El duque, padre de Isadora, ofreció su mano y la mitad de sus tierras a quien la rescatara. Los caballeros valientes afilaron espadas; Sir Reginald afiló argumentos.

—Es una trampa mortal, Pipo —sentenció, cubriendo el mapa con cruces rojas—. Están los acantilados, el clima, la ausencia de posadas fiables, la inflamabilidad general de la misión... He calculado que un caballero medio tiene una probabilidad de regreso de una séptima parte, y eso contando con buen tiempo. El riesgo es inaceptable.

—También está Tomás, mi señor —dijo Pipo—. El hijo del molinero. Ayer Fulgencio quemó el molino y el niño ha perdido una pierna.

Reginald carraspeó, incómodo.

—Precisamente por Tomás debemos actuar con cautela —respondió—. Un error precipitado podría empeorar la situación.

Pipo miró hacia el valle, donde el humo seguía subiendo con una paciencia obscena. Reginald miró sus botas. Eran excelentes botas para no morir. Sin embargo, Lady Isadora lo inquietaba. La había visto en un torneo: en lugar de lanzar un pañuelo al vencedor, le lanzó una pregunta de lógica y lo dejó mudo con la espada aún levantada. Reginald, que siempre había confundido el ingenio con una forma honorable de no pelear, se sintió misteriosamente atraído. Así que aceptó la misión, aclarando que no era un arrebato heroico, sino una decisión sometida a revisión permanente.

El viaje fue una obra maestra de la evitación. Ante un río caudaloso, rodearon tres días. Ante una sombra sospechosa, redactó mentalmente su testamento y retrocedió veinte pasos. Al llegar al pie de los Picos Nebulosos, la guarida del dragón exhalaba un humo lento.

—Bien, Pipo. Fase uno: observación. Nos quedaremos a una distancia prudencial de cinco leguas.

—Desde cinco leguas, mi señor, apenas se ve al dragón.

—Exacto. Primera condición de una operación segura: que el peligro no se distinga con nitidez.

Pasaron tres días escondidos tras una roca. Pipo pensaba en Tomás: en que antes corría más rápido que nadie en el molino, y en que ahora tendría que aprender de nuevo algo que ya sabía hacer desde los tres años. Reginald llenaba pergaminos.

—Fulgencio sale a las nueve para estirarse. A la una, caza. A las seis ruge con melancolía. Curioso… Cuando sopla el viento del valle de las flores, estornuda.

Miró por el catalejo. El dragón recibió una nube de polen, abrió los ojos como dos faroles irritados y soltó un estornudo monumental. La llamarada salió débil, torcida, miserable, como una maldición pronunciada con catarro.

—¡Lo tengo! —exclamó Reginald—. Fulgencio tiene alergia al polen.

—¿Y Tomás perdió una pierna porque nadie miró antes las flores?

Reginald bajó el catalejo. Hubo un silencio breve, suficiente para que la vergüenza encontrara sitio.

—Pipo, la historia no debe juzgar los tiempos de maduración de una estrategia.

—La historia no. Tomás sí.

Aquella noche recogieron sacos de flores silvestres. Reginald lo llamó aprovechamiento táctico del entorno; Pipo lo llamó hacer por fin algo. Se acercaron a la cueva al amanecer, cuando Fulgencio asomó la cabeza.

—Ahora —susurró Reginald.

Pipo abrió los sacos y el viento hizo el resto, envolviendo al dragón en una nube de polen. El resultado fue inmediato y espectacular.

—¡Aaa... Aaa... ACHÍS!

La montaña tembló. Una llamarada de veinte varas calcinó la entrada.

—¡ACHÍS! ¡ACHÍS!

Fulgencio se desplomó contra una roca, lloroso, congestionado, vencido por una rinitis feroz. Nunca una bestia tan grande había parecido tan ridícula, ni una guerra había terminado con tanta mucosidad.

Lady Isadora apareció en la boca de la cueva, con el vestido manchado de hollín y una expresión de divertido desprecio.

—Sir Reginald, esperaba una espada o un grito de guerra. ¿Me ha rescatado con fiebre del heno?

—La violencia es el recurso del incompetente —respondió él—. Yo prefiero la eficiencia táctica.

—Cinco caballeros intentaron matarlo y acabaron carbonizados. Usted es el primero que usa el cerebro.

Reginald sonrió, aliviado.

—Aunque quizá —añadió ella— lo habría usado mejor antes de que ardiera el molino.

La sonrisa se le quedó a medio camino.

—Mi lady, era necesario estudiar la situación.

—No. Era necesario no esconder el miedo detrás de palabras nobles. La prudencia salva vidas cuando evita una temeridad. Las pierde cuando se convierte en coartada.

Pipo no dijo nada. Pensó en Tomás, que aprendería a caminar de nuevo mientras los hombres importantes explicaban que todo había sido inevitable. Reginald tragó saliva, incapaz de encontrar una frase impecable con la que protegerse.

Mientras se alejaban de la cueva, dejando a Fulgencio con una infusión de hierbas que Isadora le había preparado, Pipo los escuchó hablar.

—Así que, mi lady —decía Reginald—, propongo que tomemos el camino del sur. Es una decimoquinta parte más largo, pero las estadísticas de ataques de bandidos son una octogésima parte menores.

Isadora le tomó del brazo.

—Sir Reginald, guíeme. Confío plenamente en su cobardía.

—Gracias, mi lady.

—Pero no se confunda. A partir de ahora la vigilaremos de cerca.

Pipo, dos pasos por detrás, pensó que a esa hora Tomás estaría aprendiendo a caminar con su pierna nueva de madera, y que nadie, jamás, calcularía en qué fracción de legua se mide la distancia entre un camino más seguro y una pierna que ya no está.

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