Opinión | Café filosófico
Dejad a las cabras en paz

Dejad a las cabras en paz
Todos los años por estas fechas (aunque cada vez más pronto) toca decir lo mismo: los incendios forestales no se producen porque el campo esté despoblado y haya un exceso de leyes medioambientales. Hace cuarenta años el campo estaba poblado, apenas había leyes medioambientales y se quemaban el doble de hectáreas que ahora. Normal: dado que la inmensa mayoría de los incendios forestales (busquen estadísticas oficiales) es provocado por quemas agrícolas, prácticas ganaderas, uso de maquinaria eléctrica, descuidos, vandalismo y otras acciones humanas, a más gente y menos leyes, más incendios. Es de cajón.
¿Es esto una apología de la despoblación? En absoluto. Es una apología de la ley. Es maravilloso que pueblos y campos estén poblados, siempre que a la vez existan procedimientos estrictos de control, gestión y protección forestal y, todavía más importante: que la gente los cumpla. Cuando algunos insensatos -de derechas o de izquierdas- afirman que el problema de los incendios es que no se permite hacer a los paisanos lo que han hecho toda la vida con el fuego (entre otra cosas -habría que añadir- quemar de vez en cuando el monte) están incitando de manera irresponsable a dejar de cumplir las leyes o, como decía hace poco un conocido diputado de Vox (el partido de la desregulación), a «cumplirlas al mínimo». Nadie niega que la gente de campo sepa de campo, pero eso no quiere decir que no puedan priorizar sus intereses particulares sobre el interés de todos. Justo para evitarlo es para lo que existen las leyes.
Y sí, es cierto que ahora hay más bosques con que cebar los incendios, y que esto es debido, en parte, al abandono de la ganadería y la agricultura tradicional (también a que ya no se utiliza la madera para todo, cosa que antaño mantenía pelados a los montes). Pero ese abandono no se debe a las políticas ambientalistas que «no dejan hacer nada», como repiten algunos, sino a que la agricultura mecanizada y la ganadería intensiva - que apenas generan empleo - son mucho más rentables que la agricultura y la ganadería tradicional; de hecho, estas se mantienen hoy (a duras penas) gracias a las políticas proteccionistas y las subvenciones orientadas a objetivos como los de la Agenda 2030 (incongruentemente satanizada, a veces, por los mismos a los que protege).
Así que dejen a las cabras en paz. El monte no se quema porque haya -como es natural que haya- matorrales o sotobosque (¿cuántos cientos de millones de cabras y miles de cabreros harían falta para convertir las sierras en una dehesa labrada o -ya puestos- en un desierto?). Los montes se queman porque faltan la educación cívica y la energía política para cumplir y hacer cumplir a rajatabla las leyes que obligan a respetar el patrimonio natural (recuérdese que más de dos tercios de los terrenos forestales son de titularidad privada), realizar tareas preventivas, dotar adecuadamente a los servicios públicos de prevención y extinción, y castigar con severidad a los delincuentes (sabios paisanos o no) que juegan indebidamente con fuego en un contexto cada vez más peligroso de cambio climático, ya saben: esa mandanga progre y «ecofanática» sostenida por el 99 % de los climatólogos del mundo.
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