Opinión | El ojo crítico
Nuevo verano de lecturas: el odio a las mujeres del franquismo

Acto de entrega de restos de ocho represaliados del franquismo en el cementerio de Alicante / Pilar Cortés
Recuerdo haber oído decir en alguna ocasión, a principio de los años 80, siendo un niño, a chicos mayores que yo decir algún comentario sobre centros de internamientos para jóvenes “descarriadas”. No estoy seguro de si se referían a un centro ubicado en Alicante pero bien podría haber sido así. Aquellos lugares de internamiento que respondió al empeño sistemático y organizado de control de la dictadura franquista sobre las mujeres, sobre sus cuerpos y su adoctrinamiento, se unificaron bajo la denominación de Patronato de Protección a la Mujer cuya duración transcurrió entre 1941 y 1985.
El Patronato de Protección a la Mujer tuvo una existencia de 44 años, más que la propia dictadura, y a pesar de la burocracia que ocasionó y los centenares de personas que trabajaron en este patronato, por no hablar de las miles de monjas involucradas, el fin de franquismo supuso también su desaparición pero de una forma silenciosa y sin que apenas tuviera repercusión en la sociedad española, dentro, por tanto, del misterio y del silencio en el que siempre desarrolló su siniestra ocupación. Podemos tratar de comprender la magnitud del Patronato de Protección a la Mujer gracias a la lectura del libro de la historiadora Carmen Guillén con título Redimir y adoctrinar: El Patronato de Protección a la Mujer (1941 – 1985) (Editorial Crítica) en el que logra desentrañar la oscuridad de esta institución maldita a pesar las dificultades por acceder a documentos primarios que expliquen en su totalidad la trascendencia del que fuera uno de los mayores proyectos de la dictadura por controlar a la población española.
El patronato no surgió porque sí. Después de la guerra civil el franquismo puso en marcha un sistema general de adoctrinamiento de la sociedad española a partir de cuatro puntos cardinales: el sistema educativo, la familia, la influencia de la Iglesia y una legislación adaptada que justificase una dictadura y la represión. En un principio el patronato se creó como un modo de redimir a las mujeres que ejercían la prostitución que rápidamente extendió su ámbito de aplicación a cualquier mujer que se apartase del ideario fascista y del concepto que debía tener la mujer española. El patronato fue un entramado de 140 centros repartidos por toda España y gestionados por órdenes religiosas con el cometido de castigar y adoctrinar a miles de jóvenes españolas que eran encerradas por un tiempo indefinido y sometidas a trabajos forzosos sin remuneración cuyo objetivo principal era el control de sus cuerpos, la disciplina y los castigos.
A partir de una denuncia de un párroco, de los propios padres o de una vecina, y sin ninguna garantía judicial, miles de jóvenes españolas fueron encerradas por no cumplir con el papel que la dictadura tenía pensado para ellas. En un principio, en la década de los años 40 y 50, las mujeres que fueron encerradas provenían de familias muy pobres, chicas jóvenes cuyos padres habían muerto durante la guerra o habían sido asesinados una vez finalizada. Con el paso de los años, y a medida que la oposición al franquismo comenzó a surgir poco a poco entre una cruel represión, las jóvenes encerradas en el patronato fueron chicas que llegaban a casa a madrugada después de una verbena o, como explica Carmen Guillén en su libro, tenían como novio a un batería de un grupo de rock o una implicación en la lucha por la democracia.
En realidad el Patronato de Protección a la Mujer fue, al mismo tiempo, un éxito y una consecuencia el franquismo. Durante la dictadura se creó una sociedad vigilante llena de chivatos que querían recoger las migajas de la victoria pero también de hombres y mujeres deseosas de venganza por envidia o por frustración personal. Las mujeres denunciadas por conducta inmoral u oposición al régimen eran conducidas a un centro de clasificación donde eran sometidas a pruebas humillantes que justificasen su condición de desamparo y de internamiento en alguno de los 140 centros que hubo en España, ya fueran propios de las órdenes religiosas, colaboradores o auxiliares en condiciones de precariedad donde pasaban frío mientras fregaban suelos de rodillas y trabajando gratis para las monjas que las vigilaban. Todo ello con una duración que las internas desconocían.
Destaca en esta infraestructura del horror el psiquiatra Fernando Vallejo Nájera, un miserable ferviente admirador del nazismo que aportó al franquismo la justificación intelectual médica para ejercer la represión sobre los vencidos de la guerra civil así como recomendando el robo de bebés recién nacidos de presas republicanas.
Afirma Carmen Guillén la necesidad de conocer la historia del Patronato de Protección a la Mujer por la también necesidad de explicar la historia de todas aquellas mujeres encarceladas sin ningún motivo. Su memoria personal es la colectiva de todo un país. Aunque los hijos y nietos de los que organizaron la represión del franquismo quieran ocultarlo se va a contar lo que pasó. La verdad siempre debe prevalecer.
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