Opinión

Festero y director de Infogueres
Un lugar más que "fotografiable"

La Hoguera Oficial 2026, al detalle: descubre la obra de Pedro Espadero / Alex Dominguez
En 1965, el público podía atravesar el saragüell de Ramón Marco plantado en la plaza del Ayuntamiento. No era solo una imagen levantada ante la fachada consistorial. Aquella enorme figura incorporaba al visitante, alteraba su recorrido y convertía el monumento en experiencia. Más de seis décadas después, permanece entre esas Fogueres Oficials que Alicante no recuerda únicamente por su lema o por el nombre de su autor, sino por la huella visual y afectiva que dejaron en la ciudad.
Aquel saragüell no fue, naturalmente, la única forma de relacionarse con la plaza. A lo largo de décadas, distintos artistas han dado a la Foguera Oficial volumen, riesgo, relato, ironía o vocación conmemorativa. Algunas propuestas sedujeron; otras dividieron; muchas provocaron discusiones sobre presupuesto, elección, materiales o resultado. Esa diversidad recuerda que la plaza nunca ha sido un espacio indiferente. Todo lo que allí se planta adquiere, inevitablemente, significado público.
La Foguera Oficial adquirió formalmente esa condición en 1951, y se plantó por primera vez como tal en 1952. Desde entonces, la plaza ha acogido obras muy distintas: monumentales, experimentales, alegóricas, identitarias, críticas o celebratorias. Reducir esa historia a una supuesta edad dorada de la sátira sería tan injusto como negar el valor de la belleza, la espectacularidad o la capacidad de representar a Alicante ante quienes nos visitan. La Foguera Oficial es también escaparate, y no hay nada deshonroso en ello.
Pero, ¿debe conformarse con serlo? En 2026, el discurso institucional ha reunido dos ideas reveladoras. Durante la selección del proyecto se valoraron su contenido y su mensaje; ya en la plantà, se subrayó que sería monumental y «fotografiable» desde distintos ángulos. Ambas aspiraciones pueden convivir. El problema aparece si la segunda termina desplazando a la primera, si el éxito de la foguera se mide sobre todo por la postal que ofrece y no por la conversación que provoca. Y eso es algo que en Alicante estamos perdiendo por todas las esquinas de nuestra piel.
Una obra sufragada por el Ayuntamiento y plantada en el corazón simbólico de Alicante tiene una condición singular. Representa a todos, pero representar a todos no significa intentar agradar a todos. Puede construir una imagen reconocible de la ciudad, laurearla -venderla al deseado turista-; y, al mismo tiempo, mirarla de frente junto al vecino, interrogar sus contradicciones, reírse de sus solemnidades, señalar aquello que preferimos no ver, o devolvernos la actualidad -local y global- pasada por el filtro del humor, el reto o la protesta. La crítica no obliga a imponer un lenguaje estético, ni justifica la provocación vacía. Tampoco exige convertir cada ejercicio en una censura de la gestión municipal. Exige, simplemente, no renunciar de antemano a la capacidad de incomodar con inteligencia.
No se trata de juzgar una obra concreta, ni a sus artistas, ni de dictar desde fuera cómo debe ser la Foguera Oficial. Se trata de abrir una pregunta más ambiciosa sobre su función pública. En el lugar más visible de la fiesta, Alicante no solo puede exhibir talento, monumentalidad e identidad. Alicante también puede permitirse pensar y expresarse en voz alta.
Las fotografías conservarán y multiplicarán la imagen de la plaza. Son parte de su memoria y proyección. Pero quizá la verdadera medida de una Foguera Oficial debería ser la conversación que permanece cuando esas imágenes ya han dejado de circular.
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