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El día después

Labores en el entorno de la Barraca Popular de las Fiestas de Agosto en Elche

Labores en el entorno de la Barraca Popular de las Fiestas de Agosto en Elche / INFORMACIÓN

Ustedes dirán lo que quieran, ¡faltaría más!, pero este mes de agosto está siendo de esos de traca, entre terremotos, el «gran prix», guerras, eclipses, volcanes en erupción, las películas del medio día de los fines de semana de Antena 3, el salto masivo de inmigrantes en Ceuta e incendios por todos lados y a toda hora. Esto parece el Apocalipsis, el acabose, solo nos falta una invasión alienígena o que suba el precio de la cerveza para que uno piense: ¡Qué alguien pare esto que yo me bajo!, ¡La Virgen del Amor Hermoso! Cuánto desastre junto, ni haciéndolo a posta le sale a uno tan bien, y eso que solo estamos a mitad de mes; no quieras saber como puede acabar si esto sigue así, ¡qué por nadie pase!

Menos mal que entre todas estas desgracias, que no son pocas, ha habido algo bueno, que como ustedes suponen han sido las Fiestas Patronales de Elche. Todo un dispendio de participación, convivencia y celebración. Desde estas líneas quiero felicitar y agradecer a todos los festeros, a la brigada de obras del Ayuntamiento, a los policías municipales y nacionales, a los trabajadores de Urbaser, a los bomberos, a los músicos, a los trabajadores de las pirotecnias, a los funcionarios de la Concejalía de Fiestas y a su concejala por su gran trabajo y su implicación personal y profesional para hacer cada año un poquito mejor las Fiestas de Elche que, a la postre, son las fiestas de todos los ilicitanos e ilicitanas. Enhorabuena a todos y gracias.

Pero llegó el día después, aquel que va tras el día 15 de agosto, aquel en el que la ciudad experimenta algo parecido a una revelación religiosa: el silencio existe, no es un silencio completo, naturalmente, esto es Elche y aquí hasta el silencio tiene que pasar por una comisión, obtener autorización, presentar una memoria justificativa y, probablemente, pedir permiso para instalarse en la vía pública, pero después de varios días de pólvora, pasacalles, mascletàs, bandas de música, cohetes, charangas, barracas, racós, cenas, comidas, almuerzos, desfiles y personas saludando a otras personas a las que probablemente no conocen, el día después tiene algo de paisaje lunar.

Uno se levanta por la mañana, abre la ventana y escucha: nada, bueno, nada no, se escucha un camión, un coche pitando, a una señora llamando desde el balcón a su hijo: ¡Josuaaaa, sube a desayunar!, pero qué quieren que les diga, después del ruido de las fiestas, aquello parece música celestial. Muchos ciudadanos, entre los que están mi hijo Pablo, su prima Carmen y Penalva, se encuentran desubicados, «alelaos», perdidos, se quedan mirando unos segundos al vacío intentando comprender qué está sucediendo: ¿Y la música?, no hay música, ¿y los cohetes?, no hay cohetes, ¿y la banda?, no hay banda, ¿y ese señor con bigote que lleva tres días saludando desde un balcón?, tampoco. Ha desaparecido, probablemente duerme o ha sido trasladado directamente a septiembre. Y es que las fiestas terminan oficialmente un día concreto, pero el cuerpo humano tarda bastante más en enterarse. Y el de ellos está más arrastrado que un tango arrabalero y se encuentran más desubicados que Batman en la Comic-Con de Marvel. Y se preguntan: ¿Qué hago hoy?, y la respuesta inicial es sencilla: Nada, lo cual, es una actividad compleja, porque después de tantos días de agenda festera, descansar requiere práctica, no quiero decirles más, mi vecina Vicenta, con 83 años a sus espaldas, aún hace la compra en el Dialprix desfilando al ritmo de la Campanera, llevando puestas las gafas esas que daban para ver el eclipse, que aún no se las ha sacado, por si las moscas.

Pero antes de que el festero, los seres vivos y el señor que vendía globos puedan disfrutar tranquilamente de su sofá, sucede algo inevitable: llegan los balances, porque una fiesta no termina hasta que un presidente de un ente festero aparece ante un micrófono y pronuncia la frase oficial: El balance es muy positivo. Da igual cómo haya ido, el balance siempre es positivo, da igual que hubiera llovido, que no hubiera llegado una carroza, que alguien se hubiera equivocado de recorrido, que hubiera llegado tarde una banda, que al que llevaba el estandarte le diera un vahído, el balance será positivo, ¡faltaría más!, porque el balance festero no se hace con números ni datos objetivos, se hace con optimismo, imaginación e inventiva.

Un presidente festero puede salir de una entrevista a las nueve de la mañana con cara de haber dormido aproximadamente diecisiete minutos y decir: Estamos muy satisfechos, y uno piensa: ¿Satisfecho de qué?, pero él continúa: la participación ha sido extraordinaria, naturalmente, siempre ha sido extraordinaria, si han acudido diez mil personas, extraordinaria, si han acudido quinientas, extraordinaria, si han acudido cuatro, mi vecina Vicenta con sus gafas puestas y tres primas lejanas del presidente, que residen en Callosa del Segura y que han venido de visita, extraordinaria, pero «muy familiar», el adjetivo es lo importante, y después llega la segunda frase: ¡La ciudad se ha volcado! Esta frase es obligatoria en un buen balance, nunca se sabe exactamente sobre quién ni dónde, pero se ha volcado, y después: ¡Los ilicitanos han disfrutado muchísimo! También siempre, porque, en el balance festero, el sufrimiento no existe, la gente que ha dormido cuatro horas ha disfrutado, el que ha hecho cola cuarenta minutos ha disfrutado, el que ha tenido que aparcar a tres kilómetros ha disfrutado, el vecino al que le han cortado la calle ha disfrutado, el que no podía sacar el coche del garaje ha disfrutado, al que se le ha llevado el coche la grúa, todos han disfrutado.

Pero hay una característica todavía más interesante de estos balances, la memoria, el presidente festero tiene una memoria selectiva extraordinaria, recuerda perfectamente lo que salió bien. Lo demás no ocurrió. Si un acto empezó puntual: la puntualidad fue magnífica, si empezó con veinte minutos de retraso: hubo pequeños ajustes propios de una celebración de estas características; si el público llenó una plaza: respuesta masiva; si había media plaza: magnífico ambiente; si hacía calor: temperatura propia de nuestras fiestas. Si hacía un calor insoportable: la climatología acompañó, si llovía: la lluvia no pudo con la ilusión, y si cae un meteorito: la respuesta de la ciudadanía ante las circunstancias excepcionales ha sido ejemplar. El presidente festero podría anunciar el fin del mundo y terminar diciendo: en cualquier caso, hacemos un balance muy positivo.

Después aparecen los números, porque todo buen balance necesita cifras: «Más participación que nunca», «Más visitantes que el año pasado», «Más actos», «Más actividades», «Más ambiente». El «más» es fundamental, nunca se puede decir: hemos tenido menos, se dice: hemos consolidado una participación estable, que significa que han ido cuatro y el del tambor, y si ha ido mucha más gente: hemos superado todas las expectativas, lo cual es fantástico. Esta es una frase estupenda porque nadie sabe cuáles eran las expectativas, pueden ser dieciséis personas, puede ser un millón, las expectativas son un territorio sin límites, y luego está la cifra definitiva: la que dará el que cuenta en el Ayuntamiento, un campeón sin igual, si sigue como en recuentos anteriores, este año superamos los diecisiete millones de visitantes, contando vivos, muertos, apariciones y tres señoras de Guardamar.

Y después llegan las emociones, porque una fiesta sin emoción es simplemente una agenda, así que el presidente recuerda: la emoción de los festeros, la ilusión de las Reinas y Damas, el compromiso de las comisiones, la colaboración de las instituciones, la paciencia de los vecinos, y aquí aparece una de las grandes incógnitas de las fiestas: la paciencia de los vecinos, porque todos sabemos que el vecino tiene paciencia, muchísima, especialmente el vecino que vive justo al lado de una barraca, ese ciudadano ha demostrado una capacidad de resistencia psicológica que debería ser estudiada por la Universidad de Harvard. Durante varios días escucha música, después una charanga, después una despertà con cohetes, después una mascletà, después alguien que canta y cuando finalmente parece que todo ha terminado, aparece otro señor con un micrófono diciendo: ¡Qué no decaiga!

Y por último, el colofón, el momento más esperado del balance, cuando el presidente dice: queremos agradecer la colaboración del Ayuntamiento y esperamos que el próximo año sigamos avanzando, lo que traducido significa que aumenten la subvención, pero dicho en festero, y el cierre del balance: Ya estamos pensando en las fiestas del año que viene, porque en realidad todos sabemos que el festero no abandona las fiestas, simplemente cambia de actividad, siendo consciente que las fiestas acaban, pero el festero no.

Como diría Porky Pig, el cerdito de Looney Tunes: «Eso, eso es todo amigos».

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