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La Festa: tradición, conocimiento y derecho a la duda

Las mejores imágenes de La Vespra del Misteri d'Elx

Las mejores imágenes de La Vespra del Misteri d'Elx / Áxel Álvarez

He leído con atención el artículo de Francesc Massip, La Festa assetjada per la ignorància. Lo he hecho con el respeto que merece quien ha dedicado muchos años al estudio del teatro medieval y, particularmente, del Misteri d’Elx. Sus conocimientos y sus investigaciones forman parte de las aportaciones que deben ser escuchadas siempre que se reflexione sobre el presente y el futuro de la Festa. Precisamente por ello me sorprende que un asunto de tanta complejidad pueda quedar reducido a términos como «ignorancia», «demagogia» o «manipulación política». Es posible que alguien pretenda utilizar políticamente el debate. Nada nuevo habría en ello. La política intenta apropiarse con demasiada frecuencia de cuestiones que pertenecen al conjunto de la sociedad. Pero de ahí no puede deducirse que toda persona que se pregunte por la participación de las niñas en el Misteri actúe desde la ignorancia o pretenda destruir una tradición secular.

Massip sostiene una idea que entiendo perfectamente: «la Festa no es una obra dramática convencional susceptible de ser reinterpretada libremente, como puede hacerse con Shakespeare». Estoy de acuerdo. El Misteri no es solamente un texto y una partitura. Es una ceremonia transmitida durante siglos, vinculada a un espacio, una comunidad, una liturgia, una dramaturgia y unas formas interpretativas que constituyen un conjunto extraordinariamente delicado. Por eso mismo nadie sensato debería proponer modificaciones caprichosas. Pero de esa constatación no se desprende necesariamente que todo cuanto ha llegado hasta nosotros deba permanecer inalterable para siempre. Ahí comienza nuestra discrepancia.

La historia de la Festa demuestra que ha conocido intervenciones, restauraciones musicales y escénicas, transformaciones organizativas, nuevas formas de protección, cambios institucionales y medidas que sus creadores medievales jamás pudieron imaginar. Y sigue siendo el Misteri. Por tanto, quizá la verdadera cuestión no sea afirmar que «no se debe tocar nada», sino saber qué cosas no deben tocarse. Sin duda, el texto, la música, la lengua, la dramaturgia, Santa María, la tramoya aérea, el carácter religioso, la transmisión de generación en generación, el universo sonoro y aquella extraordinaria comunión entre intérpretes y pueblo que cada agosto convierte la Festa en algo difícilmente comparable con cualquier otra manifestación cultural, no deberían tocarse. Pero queda una pregunta. ¿Forma parte también de esos fundamentos esenciales que María, las Marías y los ángeles deban ser interpretados necesariamente por varones? No afirmo que la respuesta tenga que ser negativa. Tampoco acepto que necesariamente deba ser afirmativa. Defiendo el derecho a formular la pregunta.

La ausencia histórica de mujeres en la representación no nació únicamente de una decisión estética propia del Misteri. La Festa surgió y se desarrolló durante siglos dentro de una sociedad en la que las mujeres estaban excluidas de numerosos espacios religiosos, políticos, académicos y culturales. En las representaciones vinculadas a la Iglesia era frecuente que los personajes femeninos fueran interpretados por hombres o niños. Esta realidad explica una tradición. La cuestión es saber si además la convierte en inmutable.

Massip pone como ejemplo el kabuki japonés, donde los personajes femeninos del teatro tradicional son interpretados por hombres. Es una referencia cultural interesante. Pero él mismo reconoce inmediatamente que no resulta equiparable al Misteri porque el kabuki constituye un género integrado por múltiples obras y compañías. Estoy de acuerdo nuevamente: el Misteri es único. Y precisamente porque es único deberíamos evitar convertir cualquier comparación en argumento definitivo, sea con Shakespeare, con el kabuki o con cualquier otra manifestación escénica. Porque «La Festa» debe ser estudiada desde su propia naturaleza.

Tampoco acepto la ironía de «una representación alternativa realizada por mujeres en otro templo, otra fecha o bajo otra denominación». La pregunta es otra: ¿Pueden formar parte algún día de este Misteri, sin que deje de ser el Misteri? Y esa pregunta no debería ofendernos.

Existe, además, una paradoja difícil de ignorar. La Festa celebra la Dormición, Asunción y Coronación de María. Una mujer constituye el centro espiritual, teológico y dramático de toda la representación. María es exaltada, elevada y coronada, mientras que las niñas no pueden encarnarla. ¿Es esa circunstancia indispensable para preservar el significado de la obra? Es posible que algunos consideren que sí merecen ser escuchados. Otros pensamos que al menos merece ser estudiado si una niña con idéntica formación, disciplina, capacidad interpretativa y condiciones vocales que un niño podría integrarse en la Escolanía sin alterar el universo sonoro del Misteri. También merecemos ser escuchados.

No se trata de sustituir el timbre infantil por voces adultas ni de alterar arbitrariamente la música. Las exigencias musicales y vocales deberían permanecer intactas. El criterio fundamental tendría que continuar siendo la capacidad para servir a la Festa. Y aquí aparece inevitablemente otra cuestión: una cosa es establecer rigurosas condiciones de edad, voz, tesitura, formación y disciplina, y otra distinta excluir previamente a una persona exclusivamente por haber nacido niña, no digo que este razonamiento resuelva por sí mismo el problema. Digo que merece ser considerado.

Massip advierte de los peligros de intervenir sobre un patrimonio único. Compartimos esa preocupación. Yo tampoco quisiera ver la Festa sometida a experimentos, modas pasajeras o decisiones políticas precipitadas. Pero prudencia no debe significar prohibición de pensar. Por eso considero que antes de adoptar cualquier decisión deberían solicitarse informes históricos, musicales, patrimoniales, jurídicos y teológicos. Deberían ser escuchados especialistas como el propio Francesc Massip, pero también la Capella, el Patronato, la Iglesia, los intérpretes y la sociedad ilicitana.

Y, puesto que el Misteri está reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, tampoco me parecería descabellado consultar a la UNESCO. No para pedirle permiso ni para trasladarle una responsabilidad que corresponde a Elx, sino para conocer hasta dónde llega la capacidad de evolución de una comunidad portadora sin poner en peligro los valores patrimoniales que debe proteger. Porque después de todo ese proceso quizá concluyamos que la tradición masculina debe mantenerse. No me inquietaría reconocerlo si los argumentos fueran suficientemente sólidos.

Pero quizá descubramos también que permitir progresivamente la incorporación de niñas, preservando absolutamente las condiciones musicales, religiosas, escénicas y litúrgicas de la representación, no destruye ninguno de sus fundamentos. Tampoco debería inquietarnos estudiarlo. Lo que sí me preocupa es que un debate legítimo quede clausurado mediante palabras como «ignorancia o demagogia».

Francesc Massip conoce profundamente la historia del «Misteri». Esa experiencia debe ayudarnos a comprenderlo mejor. Pero el conocimiento histórico no elimina el derecho de una comunidad a preguntarse por el significado actual de aquello que ha heredado. La tradición no es enemiga de la reflexión. Y una duda razonada tampoco constituye un ataque al patrimonio.

Personalmente, no sé si algún día una niña debe interpretar a María en «la Festa». No tengo todavía esa certeza. Pero tampoco estoy seguro de que el Misteri dejara de ser el Misteri porque lo hiciera. Y entre ambas certezas existe un espacio que merece conocimiento, respeto, estudio y diálogo.

Quizá sea precisamente ese espacio el que deberíamos recuperar antes de decidir.

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