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Sobre la dana de Valencia y nuestra forma de vida

Militares trabajando en la zona cero de la dana de Valencia, en el pueblo de Paiporta.

Militares trabajando en la zona cero de la dana de Valencia, en el pueblo de Paiporta. / Miguel Ángel Montesinos

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F. Iván Ferrández Lizán

 Han pasado jornadas desde el martes 29 de octubre de 2024, un día que, lamentablemente, se ha registrado en la historia de las mayores tragedias de los pueblos valencianos. Desde aquel día, los acontecimientos se han precipitado tan frenéticamente como exponencialmente han crecido las narrativas. Y si bien es absolutamente necesario que allí, en la «zona cero», se actúe lo más rápido y eficazmente, mi opinión es que lejos del barro deberían reinar la calma, la moderación y la prudencia. Porque los objetivos están más que claros: reconstrucción y análisis, es decir, los pueblos tienen que recuperar sus vidas cuanto antes, y la sociedad en su conjunto tiene que tratar de comprender qué ha pasado con tal de estar en disposición de tomar todas las medidas pertinentes de cara al futuro. Queda lugar para una tercera tarea, quizás menos urgente pero no menos importante, a saber, creo que cabe y es muy necesaria una reflexión crítica sobre nuestra forma de vida.

Ahora mismo, ésta es la realidad sobre el terreno: miles de personas siguen luchando por recuperar su vida y lo hacen codo con codo con voluntarios llegados desde toda España (tomen nota los defensores de ese dogma ideológico que asegura sin ningún pudor que el ser humano es egoísta por naturaleza). Junto con todos los afectados y voluntarios trabajan sin tregua las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado (tomen nota los que pregonan esa cantinela neoliberal del Estado mínimo y la eliminación de impuestos): fun-cio-na-rios, repito, funcionarios del Ejército, la Policía, los Bomberos, la Sanidad, los Servicios Sociales o la Educación se afanan por llevar a cabo la reconstrucción de los pueblos, sus infraestructuras, su materia, su forma y, lo más urgente, la búsqueda de los desaparecidos. Es cierto que hay quienes dicen que todas estas actividades se podrían haber organizado mejor, yo no lo voy a juzgar. Me basta con declarar que los pueblos valencianos no olvidarán; que historias como la de esa bebé con nombre profético, Aurora, se recordarán siempre.

Mientras, lejos del barro ésta es la representación: se libran cruentas batallas por obrar la «reconstrucción narrativa», en otras palabras, hay mucha gente tratando de imponer su relato, de «colar» su versión, intentando calar y moldear el imaginario colectivo de los pueblos, de los actores y de los espectadores. Y ello en un mundo en el que tanto los escenarios (televisión, radio, prensa, internet…) como los vendedores de relatos (políticos, periodistas, freelance, influencers, coaches, showmen, tuiteros…) se han multiplicado, así que cazar al sofista, al demagogo, al que confunde y quiere confundir, cazar al sofista como quería Platón, parece cada vez una tarea más ardua. Tenemos sobre la mesa el problema filosófico más antiguo: hemos de distinguir entre apariencia y realidad, y lo tenemos que hacer en el mundo de las redes sociales. Noticias y bulos, declaraciones y ruedas de prensa, estrategias partidistas y relatos malintencionados, sospechas y rumores, deducciones a partir de premisas no contrastadas… todo se entremezcla y confunde, y el resultado es atroz: se reproduce a la perfección la escena más famosa de la historia de la filosofía y quizás de la literatura occidental: España es el escenario contemporáneo del mito de la caverna. Ahí estamos todos, peleando en las sombras por ver quién lleva la razón, luchando por distinguir qué relatos son los verdaderos, y si los expertos, ya sea el jefe de la UME o la meteoróloga de la TV pública valenciana, por poner dos ejemplos, dicen cosas que no queremos escuchar, pues los insultamos y silenciamos. Sólo creemos a quienes consideramos «los nuestros» y lo hacemos incluso aunque la información que estamos recibiendo los desmienta continuamente. Y lo que es peor todavía, esta situación está llevando a la gente joven a desconfiar de los canales oficiales y contrastados o del conocimiento de los expertos, para confiar en todos esos fantoches que desfilan por internet sin ningún tipo de traba. Es muy preocupante, y por todo ello, creo que es vital que los españoles nos replanteemos si realmente nos conviene seguir poniendo nuestro fanatismo político por encima de la búsqueda de la verdad. Más ciencia, más filosofía, más información contrastada y relatada por medios y profesionales acreditados, y menos fanatismo, menos teorías de la conspiración, menos rumores, menos mitos: pasar del mito al logos, eso lo que necesitamos en España.

Más ciencia y más filosofía para pensar también en la forma de vida que llevamos, en el lugar que ocupamos en el mundo. Lo que realmente me ha movido a escribir estas líneas ha sido esto: el impacto que me ha causado la cantidad de personas que han perdido la vida; la perplejidad que sentí al ver las imágenes del agua arrasando pueblos vecinos, y el pensar que nosotros, los seres humanos, somos en gran medida los responsables de todo. Porque cuando un responsable público, un gobernante, dice que el cambio climático es una oportunidad, una de dos: o no sabe lo que dice y por lo tanto es demasiado ignorante como para ocupar el cargo, o sabe lo dice y por lo tanto es demasiado mezquino como para gobernar nada. Tenemos que hacernos cargo de esto: cada vez hace más calor y es nuestra culpa. Cada vez vamos a tener más enfermedades y es nuestra culpa. Cada vez habrá más episodios extremos como la maldita dana y es nuestra culpa. Eso es lo que nos dicen los expertos, y tenemos que prestarles la máxima atención: debemos escuchar a la gente que estudia y actuar en consecuencia, tanto la ciudadanía como los responsables políticos debemos ser más intelectualistas y menos defensores de un falso pensamiento libre que no es más que el penoso derecho a seguir acosando al empollón una vez hemos salido del colegio. Tenemos que replantearnos nuestro lugar en el mundo, es urgente.

Pero volvamos a Valencia: no podemos obviar que han muerto muchas personas en sus casas y nadie las avisó porque los responsables hicieron caso omiso a las previsiones científicas. Ha muerto mucha gente en garajes o conduciendo: las imágenes de coches apilados por todos los lugares nos están interpelando directamente, nos están planteando si no sería mucho mejor un mundo sin coches, o por lo menos un mundo que no esté diseñado para los coches. Muchísimas casas y negocios han sido arruinados: sueños de vida rotos y esparcidos en mil pedazos, mezclados con el fango y la desesperación porque, quizás, un proyecto de desvío y recolección de agua no interesa a los programas cortoplacistas de nuestros gobernantes, o peor, en España hemos construido y vendido casas sin más orden ni concierto que el que imponen el color de los billetes. Tenemos que reflexionar y actuar. Es urgente.

No quiero terminar sin expresar públicamente mis condolencias a todos los familiares y amigos de las víctimas mortales y mi deseo de que encuentren cuanto antes a los desaparecidos. Quiero mandar un abrazo a todos los que han perdido su casa, su negocio, su trabajo, sus recuerdos. Quiero dar las gracias a todos los voluntarios y trabajadores públicos que, desde el minuto uno, han dado todo lo que tienen para ayudar. Y quiero pedir a todo el mundo por favor que no se deje llevar por el fanatismo, que escuche la voz de los expertos y comunicadores acreditados, que confíe en las fuentes y canales oficiales, que reflexione críticamente sobre el tipo de vida que todos llevamos y si es razonable seguir construyendo nuestra existencia contra natura.

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