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Nucleares y transición energética

Archivo - La central nuclear de Cofrentes, en una imagen de archivo

Archivo - La central nuclear de Cofrentes, en una imagen de archivo / Rober Solsona - Europa Press - Archivo

Antonio Alaminos López

Antonio Alaminos López

Los partidarios de la energía nuclear tienen sus razones, como también las tienen sus detractores. Se dice que, en la actualidad, hay 437 centrales nucleares produciendo energía en el mundo. Hay previsión de construir otras 503 en 38 países que engloban en torno a 5.000 millones de personas, aproximadamente el 65 % de la población mundial. De ellas, 59 ya están en construcción y 103 ya están planificadas o en fase de proyecto. Las 341 centrales restantes se hallan en proceso de elección del emplazamiento definitivo o del suministrador de la tecnología del reactor.

En Europa no hay una idea clara y mucho menos unitaria sobre la cuestión. Por ejemplo, algunos países, entre ellos España, que tiene cinco centrales, optan por el cierre total, mientras que otros como Francia han decidido apostar por lo nuclear de forma mayoritaria. Alemania ha decidido cerrar todas las nucleares, pero sustituyéndolas por el gas, por lo que no cumplirá con los objetivos de descarbonización, por mucho que la UE haya declarado el gas como combustible limpio por las presiones alemanas. Bélgica, que había decidido lo mismo, da marcha atrás y vuelve a construir nucleares. Japón, que tenía paradas la mayoría de sus centrales, tras el desastre de Fukushima, va a reactivarlas casi todas. China y una treintena de países están construyendo nucleares o lo tienen en sus planes. 

Las energías renovables son limpias, aunque no exentas de residuos -eso sí, de menor riesgo-, pero están afectadas por la batalla ideológica. En el autoconsumo eléctrico o el uso de baterías no todo está resuelto: en la fabricación de sus componentes se utilizan tierras raras y metales que en gran medida proceden de minas en países donde es más asequible contaminar. La energía nuclear de fusión a nivel industrial no llegará, con suerte, antes de final de este siglo o principios del que viene. A la espera de ella, si la dificultad planteada por la transición energética no se resuelve a tiempo, se le dejará un gran aprieto a las siguientes generaciones. El mundo parece querer vivir en el siglo XXII antes de solventar los problemas de este siglo XXI. Y cada país baila al ritmo de sus intereses particulares, haciendo de la economía, la ecología y la ideología sus compañeras de danza.

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