Cartas de los lectores
En Santa Pola hay conciencia de clase

Imagen de archivo de la fachada del edificio del Ayuntamiento de Santa Pola / ÁXEL ÁLVAREZ
Luis Botella Pastor
Llevo dos días pensando en si ponerme a escribir esto. Normalmente no me gusta escribir nada sobre política, pero considero que el mensaje necesita ser captado. El título lo dice claro: en nuestro pueblo, Santa Pola, sí que existe conciencia de clase, pero no la típica de ricos y pobres o burgueses y proletariado, sino otra mucho peor: la clase política y la civil.
Pese a mis veintipocos años, la historia de mi pueblo siempre me ha interesado. Está claro que antes también había mucha corrupción y muchos sinvergüenzas, pero no eran como los de ahora: los de ahora son peores. Antes se construía el pueblo porque se debía construir. Había que asfaltar carreteras, hacer el centro de salud, la casa de la cultura y, de paso, el ayuntamiento (más joven que lo anterior), polideportivos, etcétera. Ahora, los políticos al cargo (y recalco: dando igual el color) han desarrollado, a mi parecer, una extraña percepción de sí mismos aparte del pueblo «llano»: una conciencia de clase, pero de opresores, que ya ha pasado de la sinvergüencería a algo más allá.
Antes se llevaban nuestro dinero o recalificaban algún terreno (lo típico que todo el mundo ha oído). Pero ahora directamente nos humillan manteniéndonos en una pocilga. Cualquier buen observador verá las condiciones en las que están algunas calles parcheadas o el paseo Santiago Bernabéu, uno de los grandes emblemas de este pueblo en verano, que ya no sé a qué dios hay que rezar para que pinten el pretil. Pero hay cosas peores: el polideportivo lleva cerrado desde la pandemia; seguramente a más de un adolescente de hoy le habría cambiado la vida. Y la puta piscina -con perdón-, que llevan prometiendo desde el Mesozoico, parece que ahora va a volver a empezar a construirse (yo ya no confío).
Bien, por si no fuera suficiente la lista de cosas que hay que arreglar en este pueblo -que, les recuerdo, vive del turismo y, por lo tanto, de cómo se ve la zona costera-, los políticos, por no ponerles otro apelativo, han decidido que lo mejor es reformarse el ayuntamiento. Sí, el ayuntamiento, ese mismo que no llega a tener cincuenta años. Y lo mejor: con el dinero que da la Unión Europea para hacer una ciudad más verde, de acuerdo con la famosa Agenda 2030. Que, si es contraria a vuestra ideología, lo veo bien; pero aprovechar para reformar su lugar de trabajo con un dinero que es de todos, lo veo completamente injusto. Y con «de todos» no me refiero solo a los santapoleros o los españoles: también a todo turista cuyo país sea de la Unión Europea y venga a veranear. A ese también lo han tratado de tonto.
En resumen -que ya me he extendido demasiado-: lo del ayuntamiento debe de ser la gota que colme el vaso. Al menos de mi paciencia, lo ha sido. No quiero que os quedéis con que soy un nostálgico que a todo lo de antes le hace ojitos, pero es que me resulta inevitable, cuando antes traían de pregonero a un Nobel de Literatura (Camilo José Cela) y ahora a alguien que no sabe mandar un mensaje telefónico (Carlos Mazón).
La solución, a mi parecer (y no es broma), es afiliarnos todos al partido que más rabia os dé e insistir desde dentro, que desde fuera ya no nos escuchan. Al menos incordiar un poco.
Un abrazo, mis paisanos. Os quiero.
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