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Carta de los lectores

¿Tenemos la culpa los enfermos de diabetes?

Extremadura, entre las comunidades autónomas con mayor prevalencia de diabetes tipo 1

Extremadura, entre las comunidades autónomas con mayor prevalencia de diabetes tipo 1 / Freepik

Moisés Aparici Pastor

Moisés Aparici Pastor

Por motivos circunstanciales, hoy el azúcar cuesta la mitad que en 2023. Me ha hecho gracia, ¡por fin! una noticia referencial para el mercado del azúcar, aunque llegue a escondidas y con bata blanca. Quién nos iba a decir que la mayor amenaza para los azucarillos del bar no sería la OMS ni los nutricionistas, sino una humilde inyección semanal de Ocempic, como la que me pincho. El azúcar, ese villano histórico al que culpamos de nuestros excesos desde el pecado original hasta la última torrija, ha visto cómo su precio se desploma. No por una súbita conversión colectiva a la vida sana. Tampoco porque hayamos decidido dejar de celebrar cumpleaños. La razón es mucho más moderna: Ocempic nos quita las ganas químicamente.

Durante décadas, el azúcar ha sido imprescindible para soportar reuniones, madrugones y decepciones. Hoy, en cambio, basta una dosis de este fármaco adelgazante para que el pastel nos mire desde la vitrina con la misma emoción que un folio en blanco. La saciedad farmacológica ha hecho lo que ni las campañas de concienciación ni los semáforos nutricionales lograron jamás. Los productores de caña, desconcertados, observan cómo el precio cae mientras en las economías ricas la gente ya no peca con el dulce, sino que se pincha. El mercado se hunde no porque falte azúcar, sino porque sobran ganas. Al parecer, se regula ahora por prescripción médica.

Primero engordamos comiendo azúcar barato; ahora adelgazamos vendiendo fármacos caros. Alguien gana mucho dinero y se queda mirando la etiqueta con nostalgia. Quizá pronto veamos campañas de apoyo al azúcar, víctima colateral del progreso. "Consume azúcar responsablemente… antes de que desaparezca".

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