Opinión | Cartas de los lectores

Psicóloga sanitaria especializada en relaciones y comunicación
Querer no es quedarse, es elegir quedarse.

Querer no es quedarse, es elegir quedarse
Cada vez más personas jóvenes llegan a terapia no para dejar una relación, sino para averiguar si alguna vez decidieron empezarla. "Mi pareja quiere dar el siguiente paso y no sé si quiero darlo". La duda aparece cuando la relación deja de organizarse por fines de semana y pasa a organizarse por años: vivir juntos, una hipoteca, mencionar una boda o hablar de hijos. Más allá del miedo a equivocarse, lo inquietante es descubrir que se ha avanzado durante años sin saber en qué momento el piloto automático pasó a ser la decisión. No siempre seguimos porque queremos; a veces, lo hacemos porque irnos implicaría desmontar una parte de quienes somos. Cuantas más cosas se han construido en común, menos libre se siente la decisión de irse. A veces no es falta de amor, sino falta de claridad sobre el proyecto compartido.
La estabilidad puede parecer una elección, pero muchas relaciones continúan simplemente porque detenerse y reflexionar obligaría a tomar decisiones. Esta ambivalencia se ve con mayor intensidad entre los 25 y 35 años, una etapa donde los cambios dejan de ser una excepción para convertirse en la norma. La relación de pareja se convierte entonces en el primer espacio donde avanzar implica dejar atrás otras posibles versiones de vida y muchas veces se siente como saltar a la piscina sin saber si hay agua. En consulta no se ve tanto una falta de sentimientos, sino la falta de posición. Relaciones donde hay un día a día y una rutina compartida, pero sostenidas en un "de momento". No hay una postura clara entre quedarse o irse, solo continuidad, un "vamos fluyendo" que se alarga años.
Por eso, San Valentín no cambia la relación, simplemente la vuelven importante durante unas horas. Hay mensajes, gestos, promesas y flores que hacen explícito algo que el resto del año parece implícito, a veces incluso descuidado. Incluso en redes aparecen momentos especiales que, más que mostrar cómo está la relación, muestran cómo nos gustaría sentirla. Y es ahí donde aparece la trampa del 14 de febrero: no en celebrarlo, sino en confundir un momento de intensidad con el estado real del vínculo. Cuando pasa esta fecha y los escaparates dejan de estar llenos de corazones queda la pregunta menos cómoda: ¿Nos estamos eligiendo o simplemente seguimos?
Permanecer muchas veces es más sencillo cuando la historia ya está en marcha, decidir continuar implica un acto consciente que nos acerca al compromiso real. Al final el vínculo no se define en los días señalados, sino en el día a día: en esos momentos en los que, sin que nadie mire, seguimos eligiendo quedarnos.
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