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Carta de los lectores

Carta abierta. A un cine muerto, de un cinéfilo ochentero

Cine Horadada cerrado permanentemente.

Cine Horadada cerrado permanentemente. / cinehoradada

Rafael Navarro Corchón

Con la desaparición hace unos días del Cine Horadada, en el pueblo de costa Torre de la Horadada (Alicante), tan conocido y reconocido por la mayoría de mis paisanos y amigos murcianos, se va una parte de mí.

Hace mucho tiempo escuché una expresión que se ha acabado quedando grabada en mi memoria, como a fuego: “Benditas aquellas emociones que nos empapan el espíritu de vibraciones”. El que la dijo era un periodista deportivo, justo aquel año en el que el “Súper Depor” perdía aquella liga en los años noventa, por aquel famoso penalti errado por Miroslav Djukic. Pero no, no les voy a hablar ni de fútbol, ni de deporte.

Al leer la noticia de su cierre, sentí la sensación del propio paso de mi existencia. Los recuerdos que aquel local, el mítico Cine Horadada, me provocó en mis ya lejanos años de infancia y juventud, han empapado de vibraciones, para siempre, mi espíritu. La ilusión que me provocaba aquel lugar, trasciende a lo que nos pasamos una vida entera buscando: la sensación de una paz y una felicidad que hace que los recuerdos de una vida cobren sentido.

Ni qué decir tiene, por supuesto ya habrán averiguado, lectores, que estamos ante un cinéfilo exagerado, nostálgico, impenitente y empedernido.

A duras penas puedo recordar cuando, con apenas seis o siete años, mi padre, al que adoro, por haberme inculcado la semilla del amor hacía la cultura, me llevó a ver, nada menos, que “Objetivo: Patton” con el gran George C. Scott, y de segundo plato, “Los locos de Cannonball”, con el siempre cowboy Burt Reynolds y la ángel de Charlie, Farrah Fawcett. En ese momento, germinó en mí y nunca desfalleció, la magia de los cines de verano, cuyo encanto es aún mayor junto a la brisa del mar.

Se sucedieron, a partir de ahí, muchas noches de un disfrute que iba más allá de ver una, dos o tres, o a veces hasta cuatro películas, en sesión continua desde las nueve de la noche.

En aquellas noches estivales de magia de estrellas, hubo miradas furtivas a alguna chica, la complicidad de ser el hermano pequeño y que tus hermanos mayores te llevaran a ver una sesión cuádruple de películas sin que tus padres lo supieran, y por supuesto, se gestaban amistades sinceras que hoy perduran, con una manta compartida por siete u ocho colegas en aquellas noches ochenteras y noventeras donde las noches de playa eran frescas, y donde reíamos sin parar, comíamos bocatas, bebíamos coca-colas bien frescas y decíamos auténticas barbaridades en aquellas secuencias de películas políticamente incorrectas que, algunas de ellas, hoy serían imposibles de realizar, precisamente por eso.

Cartelera del Cine Horadada en una imagen de archivo.

Cartelera del Cine Horadada en una imagen de archivo. / cinehoradada

Pero en aquellas noches no solo hubo risas con los amigos, sino también mucho miedo en aquellas pelis de terror de serie B, enamoramientos primerizos, aire fresco estival o luciérnagas en el aire, y también mucho sueño atrasado y cierta incomodidad en aquellas posturas imposibles en esas sillas de metal tan incómodas, sino la increíble sensación, de tocar la felicidad con las manos al ver aquellas películas.

Estos recuerdos son jirones de mi propia vida, que se me van con el paso implacable del tiempo, y de estas nuevas modas, tiempos y gustos de los adolescentes de hoy, que ni siquiera entiendo, tantas veces, y créanme se lo digo porque lo vivo cada día en casa.

No sé qué será del mañana, sin los cines de verano. Me da la sensación de que no será el último en desaparecer. Y ya sé que, en esta sociedad sin valores de hoy, hay razones mucho más importantes por las que llorar, que la muerte de un cine de verano. Y no quiero con esto, para nada, disculparme.

No puedo terminar sin mi más sincero homenaje y agradecimiento a aquellos que hicieron posible este mágico lugar, que hace unos días cerraba sus puertas para siempre y a cuyos dueños tantas veces les pregunté aquello de… ¿Qué van a echar ustedes mañana?, o ¿van a echar tal o cual película en la próxima semana, que a la siguiente ya me vuelvo a Murcia?

En los ochenta y en los noventa, este cine llegó a parecer una auténtica filmoteca, que rara vez repetía programa y donde podías ver hasta el último estreno de cine indie y, por supuesto, los grandes blockbuster americanos.

Porque estos pequeños empresarios fueron unos valientes, aun manteniéndolo estos últimos años con pérdidas económicas y con tan sólo diez o doce películas repetidas, por culpa de la imposición de las distribuidoras, que convertían estos cines en parte de una cadena que repetía una y otra vez los mismos programas.

Gracias a ello una vez más, por haber alimentado y dado vida a los sueños de un niño, que hoy todavía vive en el alma de un cinéfilo ochentero. Porque de cine, de mucho cine está hecho el material de los sueños. Cinema Paradiso.

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