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Carta de los lectores

Cae Orbán y tiembla Washington y Moscú

"¡Se acabó! ¡Rusos, a casa!": alegría en el metro de Budapest por la derrota de Orbán

Sara Fernández

Moisés Aparici Pastor

Moisés Aparici Pastor

Durante años el auge del nacionalismo autoritario era una marea imparable. Europa se resignaba a convivir con líderes ultras que erosionaban las instituciones, tensaban la convivencia y encontraban respaldo en alianzas internacionales inquietantes. Lo ocurrido en Hungría este 12 de abril es una alternancia política y punto de inflexión. La derrota de Orbán no afecta solo a su país, es un golpe serio ante Washington y Moscú, quienes articulan una visión del mundo basada en el repliegue, la confrontación y el debilitamiento de los consensos democráticos.

Hungría demuestra que el cambio es posible incluso cuando el poder es blindado. Es símbolo de resistencia cívica, al priorizar la regeneración democrática. Se ha reaccionado al percibir que las reglas del juego estaban en riesgo. Europa tiene la oportunidad de recuperar cohesión y agilidad, liberándose de Orbán, foco de bloqueo interno, lo que mejora su imagen exterior, y refuerza su capacidad de respuesta en un momento geopolítico muy delicado. Trump apoyó a Orbán evidenciando que Hungría fuese un laboratorio ideológico.

Rusia pierde un aliado clave dentro de la Unión Europea, lo que debilita su estrategia de división interna. Ucrania se puede sentirse más apoyada, y también la OTAN, escenarios que no pueden ser ignorados por el Kremlin. El nuevo liderazgo húngaro deberá transformar un proyecto de gobierno sólido, combatir la corrupción, restaurar la independencia institucional y rebajar la polarización. Incluso los sistemas más tensionados pueden corregirse desde las urnas. Se ha encendido una luz en el mapa europeo. No era posible que se proyectase luz sobre quienes creían que el autoritarismo había llegado para quedarse.

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