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Cartas de los lectores

Palabras para Agustín Jiménez

Agustín Jiménez.

Agustín Jiménez. / JOSE NAVARRO

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José Luis Simón Cámara

Rodeado de motos y amigos lo conocí en el “Dallas Junior”, paseo de Gadea, un bar pijo de la época, desaparecido como tantas cosas, como tantos amigos. Yo, recién llegado a Alicante, sin conocer a nadie, iba buscando dónde encontrarme con gente a la que agarrarme para sobrevivir en una ciudad desconocida en tiempos turbulentos. Año 75. Desmoronamiento de la dictadura que en sus estertores aún se llevaba a gente por delante.

En aquel bar conocí a Agustín, también llegado de un pequeño pueblo costero de Almería, Pulpí. Él me presentó a sus amigos, luego también míos: Marisa Sierra, Miguel Ángel Sáiz, Damián González, María Soler, Ángel Franco, Miguel Ángel González, Pepe Manzanera, Dani Climent….

Ya en el Instituto Femenino de Alicante formábamos un heterogéneo grupo de jóvenes rebeldes y otros, mayores que nosotros, Segundo García, Ródenas, Bety, Bebiá, Buenestado, Cuadra, más sensatos pero que contribuyeron a dar un aire renovador que se extendía a la ciudad donde comenzaron movilizaciones estudiantiles y políticas en una sociedad con ganas de respirar al aire libre.

Por el día, en el Instituto, siguiendo el método socrático, la mayeútica, basado en el diálogo para ayudar al alumnado a “dar a luz” o descubrir por sí mismo conocimientos latentes en su razón sin enseñárselos directamente. Esto, Agustín, profesor de griego, lo sabía muy bien. Maieutiké, arte de la comadrona.

Por la noche, en el barrio de Santa Cruz, el barrio. Allí nos encontrábamos de bar en bar tratando de huir de una realidad que no aceptábamos y buscando en el fondo del vaso la difícil verdad y tramando actividades al otro lado de la ley a sabiendas de que disfrazados de colegas nos espiaba la temible político-social que ya había dado más de un zarpazo en la variopinta tribu de los melenudos.

Fueron cambiando los tiempos y algunos de aquellos jóvenes rebeldes se auparon a las Instituciones, ya democráticas, como el propio Agustín, pero él, caso excepcional, aunque pisó la moqueta de los despachos, siguió con sus amigos de siempre, moviéndose por los mismos bares y haciendo, como en otros tiempos, las mismas volutas y señales de humo.

Quizás haya sido uno de los pocos hombres a los que no ha cambiado el ejercicio del poder, porque la mayoría de los que he conocido han sido altaneros y han olvidado sus raíces, de las que a veces hasta se han avergonzado.

Su ejercicio de la política, que desarrolló primero como jefe territorial de Educación en la provincia de Alicante y su presencia como parlamentario del partido socialista en el Congreso de los Diputados, función por la que se sintió honrado y orgulloso, no le impidió ser ecuánime, respetuoso y abierto a otras opciones políticas con las que fue más tolerante que muchos de sus compañeros de partido. Las diferencias políticas suyas y mías jamás enturbiaron nuestra amistad. Esta actitud de Agustín ayudaría, más que el actual encastillamiento, a facilitar la convivencia.

Con la esperanza de que su actitud respetuosa con otros puntos de vista se extienda por todos los estratos de la sociedad nos despedimos de ti hasta siempre, hasta que como tú crucemos la laguna Estigia conducidos por el barquero Caronte.

Tu amigo José Luis Simón Cámara.

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