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Cartas de los lectores

Un día de jazz no hace una ciudad de jazz

La Sedajazz Latin Big Band repasa la historia del latin jazz en la Fundación Mediterráneo de Alicante

La Sedajazz Latin Big Band repasa la historia del latin jazz en la Fundación Mediterráneo de Alicante / Helena Garrote

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Julio Martín García de Blas

El 30 de abril vuelve el Día Internacional del Jazz y, como cada año, la ciudad se llena de exposiciones, conferencias y conciertos. Durante unos días, el jazz asoma en los carteles, en las conversaciones, incluso en la curiosidad de quien no pisa un club desde hace tiempo. Y está bien. Con las salas pequeñas cada vez más escasas y la escucha diluida entre algoritmos, estas fechas son de las pocas en las que el género respira en público.

Pero hay algo que chirría. Consumimos el jazz como una fiesta patronal: intensa y excepcional. Lo celebramos, pero rara vez convivimos con él. Aplaudimos en el teatro, y al día siguiente el silencio recupera su sitio. Sin continuidad, es difícil que haya algo más que público ocasional.

La institucionalización ha hecho su trabajo: el jazz es hoy patrimonio respetado, casi ceremonial. Es un logro, pero encierra un riesgo: que la música termine convertida en una efeméride más, algo que recordamos una vez al año y archivamos hasta la siguiente.

El desafío no está en llenar las calles, sino en lo que ocurre cuando se apagan las luces. Recuerdo tardes enteras con el Kind of Blue de Miles Davis puesto sin ocasión especial, y ese era el jazz de verdad: el que acompaña, no el que se programa. Si no vuelve a sonar en casa, en el coche, en una tarde sin plan, todo esto se queda en un paréntesis. Y el jazz nunca fue exactamente eso.

No hace falta ser experto. Basta con escuchar más y celebrar menos. Tal vez así vuelva a ser lo que siempre fue: compañía diaria, y no una visita anual.

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