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Carta de los lectores

Lo que nadie celebra hoy

Un grupo de jóvenes, descansando en un parque de Barcelona.

Un grupo de jóvenes, descansando en un parque de Barcelona. / Pau Gracià

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Inés Herrán García

El 1 de mayo, se celebró el Día Internacional del Trabajador. Una fecha que este año, para muchos jóvenes, suena más a ironía que a celebración.

No es que los jóvenes no trabajemos. Es que tenemos contratos de tres meses, empleos que no tienen nada que ver con cuatro años de carrera, trabajos que cambian antes de que puedas planear nada.

Somos la generación más formada de la historia y muchos acabamos en puestos que no pedían ni experiencia. Aunque tampoco importa demasiado, porque cuando sí la piden, es la misma experiencia que nadie te ha dado la oportunidad de adquirir.

Y como el alquiler se lleva lo poco que queda, y los ahorros no existen, lo que hacemos es movernos. Un vuelo barato, una escapada de fin de semana, la única forma de sentir que algo avanza, aunque sea el paisaje. Trabajar sí, pero sin poder tener planes de futuro.

La precariedad laboral juvenil no es nueva, pero cada vez se normaliza más. Y lo más inquietante no es la situación en sí, sino que ya nadie se sorprende.

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