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Cartas de los lectores

Inclusión sin recursos, el límite del sistema

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Rafael Mira Esplá

Lo que está fallando hoy no es la voluntad de ser inclusivos, sino el sistema de inclusión. No se trata de cuestionar el derecho a la igualdad, sino de reconocer una realidad incómoda: el modelo actual está desbordado. La avalancha de perfiles NEAE y NEE, sumada a un marco legal que despoja al profesorado de autoridad y amparo, nos deja desprotegidos ante una tendencia social alarmante: la delegación total de la crianza en la escuela. Se nos exige un 2x1 imposible de asumir; la alfabetización emocional, los valores y los hábitos que no se asientan en casa, mientras intentamos cumplir con unos objetivos académicos de despacho que ignoran la realidad que habita en las aulas.

Esta crisis no nace en el colegio, sino en un sistema laboral disfuncional y bajo una falsa bandera de igualdad. Se ha ignorado la necesidad vital de la crianza, perdiendo el acompañamiento familiar, convirtiéndose en un lujo reservado para las élites. A la clase política se le llena la boca con la «conciliación», pero la realidad es que, tras este término y la pérdida de poder adquisitivo, se disfraza una incapacidad estructural para permitir que las familias cuiden de los suyos. Es urgente una estructura social que permita que alguien en la unidad familiar esté presente de forma constante en el crecimiento de sus hijos, especialmente en sus primeros años de vida. Sin ello el niño llega al centro con carencias afectivas que ningún docente, por mucha vocación que tenga, puede suplir.

A ello se suma el impacto de la digitalización temprana. Presentada como símbolo de progreso que ha reducido la capacidad de atención, debilitado la tolerancia a la frustración y sustituido el esfuerzo por la inmediatez.

Seamos honestos: este colapso no se resuelve reduciendo jornadas o aumentando salarios (que ya son competitivos frente a otros sectores). El problema es de fondo y estructura. Se trata de recuperar el acompañamiento real en todas las etapas de la infancia y adolescencia para que los jóvenes crezcan en entornos seguros y coherentes y por último ajustando ratios.

Es paradójico que vivamos en la era del mayor conocimiento pedagógico y psicológico de la historia y, a la vez, en la de su menor aplicación. Las secuelas son evidentes: un nivel académico en caída libre, una desmotivación crónica y una apatía generalizada. El sistema no solo se está resquebrajando; está recogiendo los frutos de años de negligencia social y política. Lo que vemos hoy es solo el principio de una fractura mucho mayor.

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