Cartas de los lectores
Diario de una maestra de Educación Infantil

Francisco Calabuig
Patricia Fernández Rodríguez
Un día cualquiera en un aula de cuatro años: 20 niños, de dos a tres con necesidades educativas especiales, diferentes niveles. Algunos que no hablan bien y las mochilas familiares a la espalda.
Empieza el día, recibes a los peques con la mayor de tus sonrisas, pues ellos no tienen la culpa de nada, antes has llegado a las 8:30/8:45 aproximadamente para preparar propuestas, juegos, actividades y abrir el aula, cuando tu hora de empezar es a las 9h.
Recibes a los peques, atiendes a los padres, y haces malabares para atender todo.
Asamblea, actividades de lengua oral..., un peque que sale corriendo o va por el aula porque tiene necesidades educativas especiales y no sigue el ritmo.
Más propuestas, higiene, manos, baños en la otra punta del pasillo. ¿Los dejas solos o vas con ellos? Solo dos lavabos para compartir con cuatro aulas más, vas con ellos.
El resto espera en el pasillo, se lavan manos, vuelta a clase. Almuerzo, !Seño me hago pis! Va solo, no puedes dejar a los otros 19. Almuerzas, recoges, preparas la salida del patio. Otra vez a la otra punta del cole con los 20 y dos de ellos imposible que se unan a la fila. Llegas al patio al fin, desastre, un patio escaso de todo. Sobrevives al calor, enfados..., nada de sombra y cinco motos y un tobogán para cuatro aulas. Vuelta a clase, otra vez, fila, etc... Camino inverso. Relajación, juegos por espacios, más malabares.
No puedes atender a unos y dejar a otros ¿O sí?... Según los gobernantes, que nunca han estado en un aula, estás preparadísima para todo esto.
Vuelta a rutinas, otra vez al baño con todos, los preparas y ellos a casa, pero ojo aún no ha acabado tu jornada, ahora toca: atención a padres, reuniones, formación...
Vuelves a casa y te llevas trabajo y cansancio porque no te da tiempo casi de hablar con tu paralela.
Malabares con el poco dinero del que dispone el centro para comprar materiales.
Tiempo que quitas de tu familia, la paciencia que dejas en el aula y no llevas a casa con tus hijos.
Escuchar las críticas de los padres y madres que no entienden el gran esfuerzo que hacemos, obtener el apoyo de otros padres que, con poco que avancen sus hijos te estarán agradecidos toda la vida
Y así día tras día.
Mi pregunta es: ¿pueden unos niños de cuatro añitos ser capaces de seguir así? Es obvio que no. Necesitan atención personalizada, muchas horas de dedicación y no ser monedas de cambio. Nos faltan recursos humanos y más manos. Pero no hay que olvidar que una maestra es capaz de hacer malabares, encajar todo y poner su mejor cara, porque alguien le dijo hace años: “Lo tuyo es vocación”.
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