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Cartas de los lectores

¡No nos tirarán!

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Josefina Carreño Montoya

Soy jubilada, tengo 67 años y he ejercido como maestra durante 37 cursos, así que yo también me siento como la docente agredida, intencionalmente arrojada fuera del espacio público. Cuánto sabemos de esto las mujeres.

Sí, ¡mujer, mayor y maestra! Una "don nadie" en el imaginario del agente que la arrolló. Y no solo la imagen es potente. La fuerza bruta, la violencia frente a una débil maestra defensora de la educación pública (¿a cuento de qué iba a estar ahí si no?). Porque tantas como ella, yo misma, estamos en las calles y concentraciones junto con las compañeras y compañeros docentes que, hoy, se afanan en la defensa de la educación pública de calidad y en valencià.

Nos empujan, con ella, a una generación entera. La generación que defendimos, tras la dictadura, el derecho a la educación, la igualdad de oportunidades, la educación popular de Rosa Sensat y Marta Mata, de Paulo Freire, Célestine Freinet y Ferrer i Guardia. Una generación de docentes que bebimos de los rescoldos de los ideales republicanos y las misiones pedagógicas, que participamos inicialmente en los MRP "Escola d'Estiu Rosa Sensat" e impulsamos tantas otras a lo largo de todo el país. Espacios, estos, de auténtica formación ciudadana, de compromiso y prácticas educativas transformadoras y populares. Somos la generación que transitamos desde la Escuela Nacional heredada del franquismo hacia la Escuela Pública democrática, científica y crítica, coeducativa, donde el pluralismo y el laicismo configurarían la base necesaria para la cohesión social. La escuela que llevó a tantas chicas y chicos de las clases populares hasta la Universidad -y que orgullosamente abuelas y abuelos, madres y padres, enmarcaron sus fotos de graduación-, muestra de vivir en una sociedad mejor y más justa.

Así que nos empujan a quienes, ahora, aún tenemos memoria. Recordamos las escuelas donde estudiamos e iniciamos nuestra vida docente: precarias (aún recuerdo mi primer destino en el año 1982, una escuelita sin aseos ni agua corriente) con escasos recursos, con múltiples segregaciones (según clase social, de niñas o niños, con diferentes itinerarios según capacidades…). Y el camino recorrido en la defensa de la educación pública: trabajo sindical, político, ciudadano, con las asociaciones de madres y padres… Y, claro, ilusiones y desencantos (las leyes educativas que enmarcaron ese anhelo de escuela inclusiva, coeducativa y plural nacidas desde el desamparo presupuestario. ¡Els diners! También sabemos de esto).

Nos empujan, nos expulsan. Pero, no duden, seguiremos en pie.

Porque reconocemos a estas nuevas generaciones de docentes. Han pasado por nuestras aulas, son nuestras alumnas y alumnos. Y, juntos, codo con codo, seguiremos reivindicando, desde el convencimiento, la experiencia y la emoción, que los valores de la escuela pública descansan en la certeza de que la educación es un derecho y un camino para aprender a vivir y convivir. Así deberían entenderlo quienes ocupan consellerias y presidencias. Ningunear a quienes tienen el mandato social para educar es despreciar a toda la sociedad y negar el futuro. ¡No nos tirarán!

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