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El peligro de normalizar el relato de la ultraderecha

Los expertos desarticulan un año después de su eclosión en Andalucía el argumentario de Vox, que describen como un discurso tóxico sobre inmigración, violencia de género, memoria histórica y recentralización del Estado

Santiago Abascal, Manual Mestre y Ana Vega escuchan el himno de España en el mitin de Vox celebrado en abril en Alicante.

Santiago Abascal, Manual Mestre y Ana Vega escuchan el himno de España en el mitin de Vox celebrado en abril en Alicante. jose navarro

Esta semana se ha cumplido un año desde que la extrema derecha se instaló de nuevo en el tablero político. El 2 de diciembre de 2018, 36 años después de que Blas Piñar dejara su escaño en el Congreso en 1982, Vox consiguió 12 diputados en las elecciones andaluzas. La formación liderada por Santiago Abascal sumó cerca de 400.000 votos, casi el 11% del electorado y se convirtió en una fuerza decisiva para poner el fin a 36 años de gobiernos socialistas andaluces. Aquella irrupción en Andalucía se produjo en medio de una tormenta perfecta, con muchos agentes externos e internos influyendo en el resultado, que permitió al partido ultra superar con creces sus expectativas. La sociedad española se sumió en la inquietud por ese giro y toda la clase política, en la derecha y a la izquierda, se vio en la necesidad de encontrar explicaciones. Pero un año después, lejos de acorralar al «fantasma», la criatura ha seguido creciendo, se ha alimentado de sus propias teorías y se ha reproducido. Y mucho.

El ensayo general de Andalucía, lejos de convertirse en un punto de no retorno, fue la eclosión de la ultraderecha, que en otros países europeos estaba ya insertada en parlamentos -e incluso gobernaba-, mientras España se comportaba, hasta ese momento, como una excepción. A partir de ahí, elección tras elección -y no será por convocatorias- los ultras no han dejado de crecer. El paro, la precariedad laboral y la emigración creciente, pilares donde se asentaba el discurso ultra, eran (y son) elementos comunes para todo el Viejo Continente. En España, además, el avance del independentismo catalán fue para Vox el resorte definitivo y distintivo respecto a sus «aliados europeos», a lo que se añade los años que los segmentos más conservadores de la sociedad estuvieron cobijados en la trinchera al ser España vanguardia en el avance de derechos sociales, del aborto, de personas homosexuales o del feminismo. Y así fue Vox fraguando su mensaje, un dudoso relato lleno de carga ideológica, que le ha ido dando más y más votos a lo largo de estos meses.

La recentralización del Estado, considerar a los emigrantes los «culpables» de parte de los males, negar la violencia de género con juegos de palabras y no asumir la historia de la España que sufrió la Dictadura de Franco sustentan las cuatro patas de su armazón argumental. Impactos constantes que lanzan sus líderes, que van penetrando en la sociedad y que desde diversos sectores ya se tratan de frenar para que dejen de «difundir mentiras y barbaridades de tal calibre que solo sus seguidores más acérrimos se las creen», como sostiene el doctor en Sociología, Carlos Gómez Gil, experto en temas relacionados con la inmigración.

La catedrática de Derecho Constitucional de la Universidad Miguel Hernández de Elche, Rosario Tur, asegura que el principio autonómico, del que duda Vox a diario, es «consustancial a la Constitución. Su eliminación conllevaría, de hecho, no una mera reforma de la Constitución, sino la desaparición de la misma por intentar hacer desaparecer uno de sus principios constitucionales». Si nos vamos a Cataluña, para la catedrática de la UMH «no es necesario suspender la autonomía para solucionar el problema catalán», ya que existe «la depuración de responsabilidades ante los Tribunales por contravenir el orden jurídico». Tur advierte sobre el riesgo de entrar en una «democracia iliberal», resultado de que el poder del pueblo y la separación de poderes no vayan de la mano.

Carlos Gómez Gil lleva años luchando contra la estrategia de la ultraderecha que «convierte a los inmigrantes en los chivos expiatorios de buena parte de los problemas». Este profesor de la UA pone el foco en la criminalización indiscriminada de la emigración. «Lo que Vox pide atenta contra la vida y los servicios esenciales a base de enriquecer todavía más a las grandes fortunas. Y ahí, los inmigrantes son para ellos una simple pieza de caza que necesitan en su propaganda venenosa al igual que necesitan a los inmigrantes en los empleos y sectores donde los extranjeros trabajan», afirma Gomez Gil.

Para la vicedecana de la Universidad de Alicante, Carmen Vives Cases, catedrática de Salud Pública, derogar la Ley contra Violencia de Género como pretende Vox «sería un retroceso sin antecedentes y sin justificación». La profesora Vives Cases considera que España es un referente para otros países europeos, con una ley que ha proporcionado un marco normativo, ha permitido crear juzgados especializados y potenciar la formación. Y lo que es más importante, en su opinión, que «la ley reconoce derechos para las mujeres en situación de violencia y a sus hijos e hijas como la asistencia legal, psicológica, ayudas económicas, acceso a viviendas, casas de acogida, formación para su inserción y las indemnizaciones».

Y por último, si viajamos a la Historia, el doctor en Historia Francisco Moreno Saez alude a que «la nostalgia del franquismo resulta más llamativa porque es más cercano», sobre todo si lo comparamos con el nazismo, «más alejado en el tiempo y totalmente fuera de la ley». Este componente de Archivo de la Democracia de la UA achaca el desconocimiento a la falta de educación en Historia. «Cuando yo daba clase, casi nunca se llegaba a la Transición, al final del libro, y es en la escuela donde hay que apuntalar los valores de tolerancia, justicia y libertad, todo lo contrario que ellos dicen», lamenta este alicantino defensor de la memoria perdida.

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