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23-F: El golpe, en primera persona

Cinco de los diputados nacionales que representaban a la provincia reviven 40 años después el fallido intento de golpe de Estado

En la imagen, la cabecera de la manifestación del 27 de febrero para condenar el golpe fallido. En el caso de Alicante, la concentración reunió a unas 50.000 personas, según los organizadores.

En la imagen, la cabecera de la manifestación del 27 de febrero para condenar el golpe fallido. En el caso de Alicante, la concentración reunió a unas 50.000 personas, según los organizadores.

Lunes, primera hora de la mañana. Antonio Torres, por aquel entonces un joven diputado que no alcanza la treintena, arranca su Seat 127 de color amarillo en Elche y pone rumbo a Madrid. El Congreso de los Diputados acoge ese día una sesión especial: la votación de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como nuevo presidente de Gobierno. A mitad de trayecto hacia la capital, el ilicitano se cruza con varios vehículos militares. Es un movimiento que en ese preciso instante le pasa totalmente desapercibido, algún tipo de maniobra sin más; aunque poco después cobra cierto sentido. Es 23 de febrero de 1981 y faltan pocas horas para que se registre el intento de golpe de Estado.

La provincia de Alicante contaba con nueve diputados cuando el parlamento fue secuestrado durante 18 interminables horas por una horda de guardias civiles liderada por el teniente coronel Antonio Tejero. Cinco de los alicantinos que fueron testigos directos del pasaje que, paradójicamente, acabó cimentando el sistema democrático, recuerdan hoy, en el 40 aniversario de aquellos hechos, la que probablemente fue una de las noches más complicadas de sus vidas. Tanto Torres como Luis Berenguer, Ángel Franco, Joaquín Galant y Antonio García Miralles admiten que hubo «tensión, miedo, rabia y mucha incertidumbre», pero si hay algo en lo que todos coinciden es en que fue «una especie de vacuna que facilitó una toma de conciencia colectiva sobre lo frágil que podía ser la democracia y la importancia de defenderla».

Los exdiputados nacionales Asunción Cruañes; Joaquín Galant; Ángel Franco; Antonio Torres y Antonio García Miralles durante un encuentro organizado por INFORMACIÓN hace una década, cuando se cumplió el 30 aniversario del intento fallido de golpe de Estado en el Congreso de los Diputados. Probablemente, una de las últimas instantáneas de los cinco antes del fallecimiento de Cruañes. Pilar Cortés

García Miralles, diputado del PSOE, fue el primero de la Cámara Baja en votar en aquella sesión de investidura. Pero, como es sabido, lo que empezó como una fiesta democrática acabó a tiros. Fue exactamente a las 18.23 horas cuando los golpistas irrumpieron armados en el parlamento. «Pensé que no iban a hacer allí ningún tipo de masacre, pero sí que nos pudieran trasladar a otro sitio. Me vino el recuerdo de lo que ocurrió en Chile con el golpe de Pinochet, cuando se llevaron a la gente a los campos de fútbol». Sin embargo, no era eso, precisamente, lo que más inquietud le causó. «Cuando tuve noticias de que los tanques habían salido en València, pensé en Alicante y pensé en mi mujer y en mis dos hijos». El exdiputado socialista coincide con su compañero de partido Ángel Franco en que, probablemente, uno de los momentos más tensos se produjo cuando sacaron del hemiciclo a los líderes de los principales partidos. «Se llevaron a Suárez, Alfonso Guerra, González... Fue inevitable pensar si los iban a matar. Sentía mucha impotencia, parecían volver los nubarrones de la dictadura, de la persecución y del recorte de libertades», rememora. Intentar escapar era algo que, según Franco, estaba descartado. «Era imposible. Estábamos rodeados de guardias por todos sitios. El riesgo de que nos pudieran matar o meternos en la cárcel existía», prosigue. Esa era una posibilidad que, tiempo después, quedó patente que no era tan descabellada. De hecho, García Miralles era uno de los 3.000 españoles que figuraban en las listas negras que, supuestamente, se habían elaborado provincia por provincia con las personas que estaba previsto que fueran ejecutadas tras el triunfo de la intentona golpista en la Carrera de San Jerónimo. «Yo era un dirigente importante del Partido Socialista, también estaba amenazado por ETA. Tener la preocupación de que alguien te quisiera hacer algo era bastante normal en aquellos años», confiesa a este diario el exdiputado, que vive su jubilación en Alicante.

La portada de INFORMACIÓN del 24 de febrero destacaba el fracaso del intento golpista en el Congreso

La portada de INFORMACIÓN del 24 de febrero destacaba el fracaso del intento golpista en el Congreso

Lo acontecido aquel histórico febrero del 81 fue, según Antonio Torres, «muy importante porque la gente salió a la calle a defender la democracia». Por eso, se enerva «cuando alguien de la izquierda o la derecha sale ahora a cuestionar la Transición que se hizo». Unos, dice, para dirigir ataques hacia la monarquía parlamentaria, «cuando ha sido lo más adecuado para sacar el país hacia adelante»; y otros, «que ponen en cuestión lo que se hizo, como si antes de la Transición no pasara nada en este país», asevera Torres, diputado en aquel momento del grupo mixto tras ser apartado del PSOE por cuestiones internas. «Una cosa es decir que el país tiene que evolucionar, que después de 40 años se puede hacer, y otra es cuestionar lo que se hizo en ese momento. Hay que verlo con los ojos de ese entonces», añade.

Los diputados piden no banalizar la Transición y recordar la historia para no volver a cometer los mismos errores

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También Luis Berenguer, del grupo mixto, cree que «el 23-F supuso el fin de una historia y el comienzo de otra». Se muestra convencido de que, en la actualidad, «hay un gran desconocimiento de lo que pasaba hace 40 años». La situación es tan diferente, prosigue, que «algo hay que agradecer a la generación que hizo posible todo ese cambio». Un cambio en el que todos coinciden en que fue trascendental lo vivido en el hemiciclo aquel 23 de febrero, cuando Berenguer rechazó la invitación del cineasta Luis García Berlanga para asistir al estreno del largometraje Patrimonio Nacional, y decidió cumplir con sus obligaciones y asistir a la sesión de investidura. Un día en el que, recalca, sintió «asco y vergüenza de que pasaran esas cosas».

Joaquín Galant, diputado de UCD, pasó aquellas 18 horas de secuestro cerca de Berenguer. «Desde mi escaño miraba a Asunción Cruañes o a Ángel Franco y nos lanzábamos miradas de apoyo», ello entre los diputados alicantinos de diferente signo. Galant valora que, conforme fueron pasando las horas, la situación en el interior de la cámara era menos tensa. Podían ir al servicio, siempre escoltados, y en una de esas salidas «un guardia me preguntó si era de la UCD, le dije que sí, y me preguntó si necesitábamos algo. Le pedí tabaco. Al rato, volví a salir al baño y me lo dio. Algunos guardias civiles no sabían ni qué estaban haciendo allí», sostiene.

Como estos cinco diputados, también Pilar Bravo Asunción Cruañes, Luis Gámir y Francisco Zaragoza, ya fallecidos, fueron parlamentarios durante la legislatura que vacunó al país contra el golpismo.

El 27 de febrero hubo manifestaciones por toda España para condenar el golpe fallido. En el caso de Alicante, la concentración reunió a unas 50.000 personas, según los organizadores, aunque la Polícía Municipal y el Gobierno civil situó el número de asistes entre las 25.000 y las 30.000 personas. En la imagen, la cabecera de la manifestación.

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