Navidad con freno: el pacto de no hablar de política en la mesa para evitar la bronca
Expertos explican por qué el desacuerdo político se convierte en rechazo y la polarización viaja del algoritmo y WhatsApp hasta la sobremesa navideña en los encuentros familiares

Recreación de una cena de Nochebuena con los logos de los partidos con mayor representación en el Congreso, en una imagen generada con IA / ChatGPT-IA
Con la Nochebuena a la vuelta de la esquina, muchas casas empiezan a ensayar el mismo pacto no escrito: mesas largas, reencuentros, fotos de familia y una consigna preventiva que se desliza con media sonrisa, casi como un salvavidas: “Vamos a estar tranquilos, ¿vale? De política, mejor no”. No hace falta que nadie lo ordene. Basta con que alguien recuerde cómo acabó el año pasado un comentario a destiempo, un vídeo reenviado en el grupo o una frase lanzada como quien no quiere la cosa para que, antes incluso de sentarse, más de uno llegue con la idea de esquivar el tema.
Un 14% de españoles asegura que ha roto con familiares o amigos por discusiones políticas
La intuición doméstica tiene respaldo de encuesta. Un estudio reciente de More in Common, que ha radiografiado el clima de división en España, pone número a esa sensación de caminar sobre cristales. Un 14 % de los españoles asegura que en el último año ha dejado de hablarse con amigos o familiares por discusiones políticas. Y no es un dato aislado, sino la punta de un iceberg más amplio. La conversación se esquiva, se aplaza o se muda de sitio para que no estalle donde más duele, en casa. A las puertas de las fiestas, ese retrato deja una pregunta incómoda sobre la mesa: si para cenar en paz hay que callar, ¿qué está pasando en realidad?
Las dos figuras políticas que más polarizan son Pedro Sánchez y Santiago Abascal y eso arrastra a sus seguidores a la confrontación
El “Atlas de la polarización” añade más pistas de ese repliegue. Según la misma investigación, seis de cada diez personas reconocen que evitan hablar de política en conversaciones cotidianas para no discutir y un 15 % admite que se ha salido de un grupo de WhatsApp en el último año harto de broncas y mensajes incendiarios. La tensión también se ha colado en los rituales familiares. Dos de cada cinco dicen haber presenciado o participado en discusiones fuertes en Nochebuena o Nochevieja. Hay, incluso, un efecto intimidatorio. Uno de cada cuatro afirma que ha sido criticado con dureza por expresar opiniones políticas en público. Y, aun así, el estudio recoge un dato que rompe el fatalismo. Un 68 % asegura haber mantenido alguna conversación respetuosa con alguien que piensa distinto.
Más allá
Para entender todo esto, el catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Murcia Ismael Crespo pide mirar más allá de la discusión sobre ideas concretas. A su juicio, la polarización nace como una cuestión de identidad, una adhesión emocional a un grupo, un partido o una ideología que ordena la visión del mundo. Ese encaje —sentirse “de los míos”— no es, en sí mismo, un problema, porque permite que la política funcione en términos de bloques y alternativas. El salto preocupante llega cuando esa identidad se convierte en rechazo, cuando el adversario deja de ser un rival y pasa a ser alguien a quien se mira con desprecio, una polarización ya no solo ideológica sino afectiva.
Los algoritmos muestran resultados según lo que consumes y te devuelven más de lo mismo, reforzando tu opinión sin crítica
Esa evolución, dice Crespo, es la que empieza a pasar factura fuera del hemiciclo. “El problema es que con el tiempo se ha convertido en polarización afectiva, en rechazo al que creemos que piensa distinto”, explica. Y ahí, destaca, ya no hablamos solo de discusiones de bar: “Tiene consecuencias en el trabajo, en relaciones personales, familiares o íntimas; a la hora de buscar pareja también”. La política, convertida en marcador de pertenencia, actúa como un filtro que clasifica, separa y tensiona espacios que antes funcionaban con otras reglas, desde una comida en casa hasta un grupo de amigos.
El problema es que la identidad acaba convirtiéndose en polarización afectiva y en rechazo al que creemos que piensa distinto
En ese proceso, añade, pesa mucho menos lo que el otro piensa de verdad que lo que uno cree que piensa. “La polarización parte de un punto ideológico, de cómo las personas vemos el mundo”, apunta, “pero luego se agiganta a través de la falsa percepción de cómo creemos que las otras personas ven el mundo”. El resultado es una caricatura que ensancha la brecha: “Alguien de izquierda piensa que los votantes de derecha son todos machistas y pegan a las mujeres en casa y no es cierto”. Crespo insiste en que, en muchos asuntos, “estamos más cerca de lo que pensamos”, pero el conflicto se dispara cuando se da por hecho que el otro es, por definición, peor, más radical o moralmente inferior.
Hay que escuchar de verdad, responder con asertividad y, si sube el tono, retirarse a tiempo para no romper vínculos
Cuando se busca quién está más expuesto a esa espiral, Crespo vuelve a situar el eje en la ideología. “Es la ideología el principal tema”, resume, porque es el punto de partida desde el que se interpreta la realidad y se ordena el “nosotros” y el “ellos”. A partir de ahí aparecen matices y uno le parece especialmente relevante: la edad. “El público más joven está adoptando posturas más extremas”, advierte. No tanto porque haya dejado de interesarle la política, sino porque la está viviendo, cada vez más, como una identidad total que se lleva puesta al trabajo, a la pareja y a la mesa de Navidad.
Choque generacional
Ese choque generacional asoma con nitidez cuando se acercan las fiestas. Sabrina Tolosa, psicóloga general sanitaria, cuenta que la política no suele llegar a la consulta como motivo principal, pero “cuando llegan las Navidades, la época en la que más se reúne la familia, sí que los jóvenes y adolescentes comentan a sus parejas que no les etiqueten cuando las lleven a casa”. La escena, dice, se repite: miedo a decir algo que active una bronca, a quedar señalado por una frase, a que un comentario se convierta en diagnóstico. “Esta semana tuve a una chica que le decía a su pareja: ‘Cuando estés en casa de mis padres, si sale política no comentes nada, porque mis padres son más de derechas’”, relata como quien describe un manual de supervivencia doméstica.
«Con tanta información y tan poco tiempo, la gente simplifica y se queda con impactos y titulares, no con matices»
La estrategia habitual, explica Tolosa, no es debatir mejor, sino debatir menos. “En la mayoría de ocasiones, por parte de los padres no dan pie a que haya debate en casa en temas de política”, señala, y cuando el asunto aparece “no se da libertad para expresarse a los jóvenes”. La frase que le llega, una y otra vez, es: “Tú qué sabrás”. No es solo una manera de zanjar una discusión, sino de marcar jerarquía y reducir al otro a un papel menor, como si la opinión tuviera edad mínima. Y, ante esa puerta cerrada, muchos optan por “evitar el conflicto”.
La polarización hoy es más una cuestión de nombres que de áreas y vivimos una época de hiperliderazgos
Cuando la conversación escala, lo que queda no es un desacuerdo, sino una herida. “Primero la invalidación de la opinión: no te tengo en cuenta como persona pensante”, describe Tolosa. Y añade: “Va más allá: no es que no tenga en cuenta tu opinión, es que te invalido como persona que piensas, sientes y reaccionas”. En ese punto aparece la frustración, el sentimiento de no valer y una desconfianza que contamina el resto de la relación: “Si no tienes en cuenta la opinión política, no tienes en cuenta en otros campos”. Por eso muchas familias no discuten para no romper porque ya han comprobado que el daño no se queda en la política, se queda en el vínculo.
Lo que ves en redes no se queda en la pantalla, salta a WhatsApp y termina encendiendo en casa
El politólogo y asesor político Álvaro Ortuño lo resume sin rodeos: “Yo más que de polarización, hablo de hooligans”. A su juicio, la discusión pública ha dejado de ser un intercambio de ideas para convertirse en una adscripción de equipo, “como si fuera fútbol”, donde importa más el sentido de pertenencia que el contenido. “No estamos con las ideas, estamos con el sentido de pertenencia”, sostiene, y eso explica que a veces se acabe defendiendo “lo indefendible” por una razón simple, porque se percibe que “la alternativa es peor”.
Condición humana
¿Por qué esa lógica prende con tanta facilidad? Ortuño apunta a una combinación entre condición humana y época. “Nos mueve a la simplificación”, dice, porque la política “no es un elemento que estructure nuestro día a día” y, en un entorno saturado de información, buscamos atajos. “Con más información, más procesos de procesar, buscamos soluciones fáciles y primarias”, explica, casi como un reflejo. Y en esa carrera, el debate pierde tiempo y matiz: “Tenemos menos tiempo y nos dedicamos menos a razonar y más a los impactos, menos al contenido y más a los titulares”.
El conflicto se agranda por la falsa percepción de lo que el otro piensa y por las caricaturas
En ese contexto, la doctora en Sociología en la UA y experta en redes sociales Irene Ramos sitúa el foco en una dinámica casi invisible: “Los algoritmos muestran resultados en función de lo que la gente consume”. Y esa lógica, advierte, funciona como un espejo que refuerza la propia mirada: “Funcionan igual que nuestro cerebro. Si eres una persona negativa te vienen pensamientos negativos”. Si una persona entra en una espiral de contenidos contra un partido o un líder, la plataforma le devuelve más de lo mismo.
Cuando llegan las Navidades muchos jóvenes piden que no les etiqueten para no abrir un conflicto
Ese material no se queda en la pantalla. “Las redes te permiten sacar ese contenido y compartirlo en tu red personal en WhatsApp”, señala Ramos, y ahí es donde el ruido se vuelve íntimo. Se reenvía “con tus iguales, con los que más afín te sientes” y salta al grupo familiar como una chispa. En paralelo, describe, el clima se ve en crudo en los comentarios: “Ahí se insultan y se pelean, es un campo de destrucción”. La polarización, dice, funciona “como un Barça-Madrid”. A menudo “da igual la ideología, lo importante es el relato, el color, el bando”.
Más que de ideas, hablamos de hooligans, de pertenencia a un equipo de fútbol
Para el consultor político y director de LaBase, Álex Comes, ese desplazamiento se explica por una política cada vez más centrada en nombres propios. “La polarización es una cuestión más de nombres que de áreas”, sostiene. Vivimos, asegura, “una época de hiperliderazgos, para lo bueno y para lo malo” y eso empuja a discutir más sobre personas que sobre gestión. En su lectura, ese fenómeno se percibe incluso cuando se intenta medir el clima. “Las dos figuras políticas que más polarizan son Santiago Abascal y Pedro Sánchez”, apunta.
El desacuerdo deja de ser ideológico y se vuelve emocional cuando el adversario provoca desprecio
La salida no pasa por ganar la discusión, sino por no perder a la gente. Sabrina Tolosa lo formula en tres pasos, casi como un protocolo de supervivencia: “Primero, escucha activa, actuar con asertividad —‘entiendo lo que dices, pero yo lo veo de esta otra manera’—” y, si la conversación se desboca, “retirarse” antes de que el daño sea irreversible. A las puertas de Nochebuena, quizá no se trate de prohibirse la política, sino de recuperar algo más básico: bajar el volumen y poner a la persona por delante del bando.
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