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Gustavo Arenas, experto en antioxidantes endógenos: "Si quieres la calidad de los alimentos de tus abuelos, vive donde ellos y como ellos"

Su reflexión conecta con una queja muy extendida sobre la comida actual, aunque la evidencia obliga a matizar varias ideas

Gustavo Arenas evidencia una verdad incómoda para quienes sienten nostalgia alimentaria.

Gustavo Arenas evidencia una verdad incómoda para quienes sienten nostalgia alimentaria. / INFORMACIÓN

J. A. Giménez

J. A. Giménez

“Si quieres los alimentos de tus abuelos, vive donde ellos y como ellos”. Con esa frase remata Gustavo Arenas, experto en antioxidantes endógenos, un vídeo en TikTok en el que entra de lleno en una nostalgia alimentaria cada vez más repetida: la idea de que hoy se come peor, que los alimentos “ya no alimentan” y que lo auténtico quedó sepultado bajo la industria, los químicos y el supermercado.

Su planteamiento arranca concediendo parte del argumento. Arenas dice que no va a negar que la agricultura y la ganadería actuales se han convertido en una actividad intensiva, que agota suelos, acelera procesos y prioriza a menudo la apariencia comercial de frutas, verduras y hortalizas. En ese punto, su discurso conecta con una preocupación real: la producción alimentaria moderna tiene costes ambientales importantes, y la FAO lleva tiempo advirtiendo de la presión que los sistemas agrícolas ejercen sobre el suelo y los nutrientes de los cultivos.

Pero el vídeo de @gustavovivesalud no se queda en la crítica al sistema productivo. Lo que hace Arenas es girar el foco hacia el consumidor. Su tesis es que muchas personas idealizan la comida de antes sin asumir lo que suponía aquella forma de vida: cultivar, cuidar ganado, depender del campo a diario y renunciar a parte de las comodidades urbanas y del consumo inmediato. Es, en el fondo, un choque entre dos deseos incompatibles: querer tomates “como los de antes” y, al mismo tiempo, comprarlo todo rápido, cerca y en el mismo supermercado.

Una contradicción muy reconocible

Esa reflexión tiene fuerza porque toca una contradicción muy reconocible. Hoy se reclama cercanía, naturalidad y menos procesamiento, pero también disponibilidad permanente, bajo esfuerzo, variedad todo el año y precios asumibles. Y ahí la nostalgia suele simplificar mucho. La mejora de los rendimientos agrícolas en las últimas décadas ha permitido producir más alimentos por hectárea y alimentar a mucha más población, aunque ese salto haya traído también tensiones ambientales, cambios en las cadenas de suministro y una mayor dependencia de sistemas industriales complejos.

Ahora bien, hay una parte del discurso que conviene matizar con cuidado. Cuando se dice que “los alimentos de hoy no alimentan” o que “solo llevan químicos”, la frase funciona muy bien como desahogo, pero es demasiado imprecisa para sostenerla como verdad general. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria recuerda que los productos químicos en los alimentos existen en muchos contextos —desde residuos y contaminantes hasta sustancias evaluadas por la regulación europea— y que su presencia está sometida a marcos de evaluación de riesgo. Es decir, “químico” no equivale por sí solo a “malo” o “peligroso”.

También conviene distinguir entre alimento fresco, alimento procesado y alimento ultraprocesado. No todo lo industrial es igual ni todo lo antiguo era automáticamente mejor. Lo que sí está bastante respaldado por la evidencia es que una dieta con exceso de productos ultraprocesados, ricos en azúcares añadidos, grasas poco saludables y sal, se asocia a peores resultados de salud. Harvard y organismos vinculados a prevención del cáncer llevan tiempo insistiendo en esa diferencia: el problema no es simplemente que algo haya sido procesado, sino qué perfil nutricional tiene y qué lugar ocupa en la dieta.

Por eso el vídeo de Gustavo Arenas funciona mejor como crítica cultural que como sentencia nutricional cerrada. Su idea más potente no es tanto que todo tiempo pasado comiera mejor, sino que la calidad alimentaria no puede separarse del estilo de vida, del tiempo disponible, del modelo de consumo y del tipo de sociedad que se ha construido. Queremos el campo, pero también la ciudad. Queremos lo artesanal, pero también lo inmediato. Queremos menos intervención, pero también seguridad, comodidad y abastecimiento constante.

Una verdad incómoda

Ahí es donde su mensaje encuentra una verdad incómoda. La comida de los abuelos no era solo el tomate madurado al sol o la gallina del corral. Era también una vida más dura, más lenta, más dependiente del trabajo físico y menos compatible con la lógica actual de ocio, vacaciones, restauración y consumo masivo. Recordarlo no significa idealizar el presente ni negar los problemas del sistema alimentario, sino asumir que la discusión va mucho más allá del sabor de un tomate.

En ese sentido, el vídeo de Arenas acierta al señalar algo que suele olvidarse: no se puede pedir una alimentación completamente desindustrializada dentro de un modo de vida profundamente industrializado. Otra cosa distinta es cómo corregir excesos, mejorar la calidad de lo que comemos y reducir el peso de los productos menos saludables sin convertir el pasado en una postal perfecta.

Porque ahí está la trampa de fondo. La nostalgia alimentaria suele mezclar cosas distintas: sabor, memoria, calidad, salud, territorio, infancia y hasta identidad. Y cuando todo eso se junta, cualquier hamburguesa de comida rápida parece la prueba de que antes se vivía mejor. El problema es que, como viene a decir Gustavo Arenas, querer la comida de los abuelos sin aceptar la vida de los abuelos es una exigencia bastante más fácil de formular que de cumplir.

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