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Chuparse el dedo parece inofensivo, pero puede cambiar la boca del niño: cuándo empieza el verdadero riesgo

Es un gesto de calma muy común en la infancia, pero si se alarga demasiado puede alterar el paladar, la mordida e incluso la pronunciación.

Una niña chupándose el dedo.

Una niña chupándose el dedo. / INFORMACIÓN

J. A. Giménez

J. A. Giménez

Empieza como un gesto automático, casi entrañable. Un niño se mete el dedo en la boca para calmarse, dormirse o sentirse seguro. Durante los primeros años, ese reflejo de succión forma parte de lo esperable y no suele encender ninguna alarma. El problema aparece cuando ese hábito deja de ser algo puntual y se convierte en una costumbre diaria, repetida y prolongada en el tiempo.

Ahí es cuando un acto de consuelo puede empezar a dejar huella en la boca. No se trata solo de una manía infantil. La presión constante del dedo sobre el paladar y los dientes puede ir modificando poco a poco la forma en que crecen algunas estructuras. Dicho de otra manera: lo que parece un gesto pequeño puede acabar teniendo consecuencias visibles en el desarrollo oral del niño.

Una de las alteraciones que más preocupa es la del paladar. Cuando el dedo empuja una y otra vez la parte superior de la boca, ese techo puede ir estrechándose y elevándose más de lo normal. Ese cambio no es solo estético. También puede influir en la manera en que encajan las arcadas y en el espacio disponible dentro de la cavidad oral.

El otro gran efecto es la llamada mordida abierta. Es la imagen más reconocible de este problema: los dientes delanteros no llegan a tocarse del todo al cerrar la boca, porque el hábito ha interferido durante mucho tiempo en su posición natural. Además, los incisivos pueden acabar más proyectados hacia fuera, algo que después puede requerir seguimiento odontológico.

No se queda ahí. Cuando la boca crece con esas alteraciones, también puede verse afectada la forma de colocar la lengua y de pronunciar ciertos sonidos. Fonemas como la “s”, la “t” o la “d” pueden volverse más difíciles de articular si la mordida y el espacio oral no acompañan. No ocurre siempre, pero es una de las razones por las que pediatras, odontopediatras y logopedas suelen vigilar este hábito cuando se prolonga demasiado.

La clave está sobre todo en el tiempo. Mientras predominan los dientes de leche, muchas de estas consecuencias pueden corregirse o mejorar si el niño abandona el hábito a tiempo. El momento delicado llega cuando empiezan a salir los dientes permanentes, en torno a los 6 años. A partir de ahí, mantener la succión digital ya no se ve como una costumbre pasajera, sino como un factor que puede condicionar el desarrollo de la mordida de forma más estable.

Por eso el mensaje no pasa por alarmar, sino por intervenir con sentido común. Chuparse el dedo no convierte automáticamente un problema en algo grave, pero sí deja de ser inocente cuando se mantiene con intensidad y durante años. Lo que al principio sirve para calmar puede terminar empujando la boca a crecer de una manera que luego no resulta tan fácil corregir.

En el fondo, la idea es simple: el consuelo dura un rato, pero la estructura de la boca se está formando durante años. Y ahí, un gesto repetido miles de veces ya no parece tan pequeño.

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