Los psicólogos coinciden: aburrirse también es bueno para la mente
Lejos de ser siempre algo negativo, el aburrimiento puntual puede ayudar a la mente a desconectar del exceso de estímulos, activar la creatividad y replantear prioridades.

Los psicólogos coinciden: aburrirse también es bueno para la mente. / INFORMACIÓN
Durante años, el aburrimiento ha tenido muy mala prensa. Se asocia con apatía, pérdida de tiempo o falta de estímulos. Pero la psicología lleva tiempo matizando esa idea: aburrirse no siempre es un problema. En dosis normales, el aburrimiento puede funcionar como una señal útil que empuja a buscar algo más significativo, más estimulante o más creativo.
La clave está en entender qué es. El aburrimiento no significa simplemente “no hacer nada”, sino sentir que lo que uno está haciendo no logra enganchar su atención o carece de sentido. Varios investigadores lo describen como una especie de alarma mental: indica que la mente no está bien acoplada a la tarea y que conviene cambiar de enfoque, de ritmo o de actividad.
Ahí aparece uno de sus posibles efectos positivos: abrir espacio para que la mente divague. Cuando una tarea es poco estimulante, muchas personas empiezan a fantasear, enlazar ideas o pensar en problemas desde otro ángulo. Esa deriva mental no siempre es improductiva. Parte de la investigación sobre creatividad y “mind-wandering” sugiere que esos momentos de desconexión pueden favorecer la generación de ideas nuevas, sobre todo cuando después se canalizan en una tarea concreta.
No es una fórmula mágica, pero...
Eso no significa que aburrirse convierta automáticamente a nadie en una persona más creativa. La relación es más compleja. Una revisión reciente sobre aburrimiento y creatividad en contextos educativos encontró resultados mixtos: algunos estudios apuntan a efectos positivos, otros a efectos negativos y muchos no hallan una relación clara. En otras palabras, el aburrimiento puede empujar a la creatividad en ciertos contextos, pero no actúa como una fórmula mágica.
Donde sí parece haber más acuerdo es en su función orientadora. El aburrimiento obliga a hacerse una pregunta incómoda pero útil: “¿esto me importa de verdad?”. Esa incomodidad puede llevar a introducir cambios, buscar aprendizaje, cambiar de tarea o replantear prioridades. Desde esa perspectiva, no es solo una molestia: también puede ser una brújula.
Además, no todo aburrimiento es igual. Una cosa es un rato de vacío, espera o monotonía; otra, sentirse crónicamente aburrido. La llamada “propensión al aburrimiento” se ha relacionado con más ansiedad, peor bienestar y más riesgo de conductas problemáticas. También hay evidencia de que recurrir al móvil o al consumo rápido de vídeos para matar el aburrimiento puede empeorarlo en vez de aliviarlo.
Por eso el mensaje no es “cuanto más aburrimiento, mejor”, sino algo más sensato: tolerar pequeños momentos de aburrimiento puede ser sano. No llenar cada segundo con pantallas, ruido o estímulos inmediatos deja espacio para pensar, ordenar ideas y recuperar atención. A veces, de ese hueco salen una decisión pendiente, una solución inesperada o simplemente el impulso de hacer algo con más sentido.
Los psicólogos no defienden el aburrimiento crónico ni la desmotivación sostenida. Lo que sí respaldan muchas investigaciones es una idea más matizada: el aburrimiento ocasional, bien gestionado, puede ser una señal útil para redirigir la mente, activar la curiosidad y, en algunos casos, favorecer la creatividad.
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