La presión estética aumenta en verano: claves para proteger la autoestima ante las redes sociales
Los especialistas advierten sobre la importancia de tener una visión realista del cuerpo y priorizar la salud sobre la perfección estética

El especialista recomienda educar en pensamiento crítico y aprender a disfrutar del verano sin que la apariencia física condicione el bienestar. / INFORMACIÓN
La llegada del verano suele asociarse al descanso, las vacaciones y las actividades al aire libre, pero también puede convertirse en una época especialmente delicada para quienes mantienen una relación conflictiva con su imagen corporal. La mayor exposición del cuerpo en playas y piscinas, unida a la influencia constante de las redes sociales, puede intensificar inseguridades que ya estaban presentes durante el resto del año.
Pablo Muñoz, miembro de la Unidad de Psicología de HLA Vistahermosa, señala que este malestar no aparece de manera aislada, sino dentro de un contexto social en el que existe una elevada presión sobre el aspecto físico. Durante décadas se han popularizado mensajes como la conocida “operación bikini”, una expresión que, según explica el especialista, transmite la idea de que es necesario transformar el cuerpo antes de poder disfrutar plenamente de las vacaciones.
“Parece que tenemos que modificar estéticamente nuestro cuerpo para poder disfrutar del verano”, advierte Muñoz. En esta época, además, se utilizan prendas que dejan visibles zonas que durante otros meses permanecen cubiertas. Esta mayor exposición puede provocar que determinadas inseguridades se hagan más evidentes y aumenten el miedo a ser observado o juzgado.
Sin embargo, la presión estética ha dejado de ser exclusivamente estacional. Las redes sociales mantienen la comparación física activa durante todo el año. En ellas se muestran cuerpos aparentemente perfectos, fotografías cuidadosamente seleccionadas y estilos de vida idealizados que no siempre representan la realidad.
Muñoz recuerda que muchas de las imágenes publicadas han sido escogidas entre decenas o incluso cientos de fotografías. A ello se añaden factores como la iluminación, la postura, los filtros y los retoques digitales. En algunos casos, incluso existe un trabajo profesional detrás de la edición. “Probablemente nos estemos comparando con un físico que quizá ni siquiera existe”, sostiene.
Esta comparación resulta especialmente desigual cuando se toma como referencia a personas que dedican buena parte de su tiempo al cuidado de la imagen porque su actividad profesional depende de ello. Frente a esos contenidos, es fácil que el usuario perciba su propio cuerpo como insuficiente o alejado de un supuesto modelo ideal.
Las consecuencias pueden alcanzar directamente a la autoestima. El psicólogo explica que esta se construye, en parte, a través de la opinión que cada persona desarrolla sobre sí misma y de las comparaciones que establece con los demás. Si antes esas comparaciones se producían principalmente dentro del entorno cercano, las redes sociales permiten ahora confrontar la propia imagen con la de personas de cualquier parte del mundo.
Cuando esta exposición es continua y se basa en estándares poco realistas, la autoestima puede resentirse. El problema adquiere una especial relevancia durante la adolescencia, una etapa en la que la opinión de los demás ejerce una gran influencia y en la que todavía no se han desarrollado completamente las herramientas necesarias para interpretar de forma crítica los contenidos digitales.
Entre las señales de alerta, Muñoz destaca los cambios bruscos de conducta. El inicio de dietas muy restrictivas, la práctica excesiva de ejercicio o la aparición de una preocupación obsesiva por el aspecto físico pueden indicar que la comparación está afectando al bienestar emocional.
También conviene prestar atención a la evitación de actividades que anteriormente resultaban agradables. Algunos adolescentes pueden negarse a ir a la playa o a la piscina, evitar determinadas prendas o aislarse por vergüenza hacia su cuerpo. Comentarios frecuentes de desprecio hacia la propia imagen, como considerarse gordo, feo o desear tener el cuerpo de otra persona, constituyen igualmente señales que no deberían ignorarse.
Ante estas situaciones, el especialista recomienda abordar el problema con naturalidad, evitando críticas, juicios o respuestas precipitadas. “Muchas veces los adolescentes no necesitan tanto una solución inmediata, sino sentir que pueden hablar con sus padres de lo que quieran”, afirma.

La autoestima se construye, en parte, a través de la opinión que cada persona desarrolla sobre sí misma. / INFORMACIÓN
Para reducir la presión estética, una de las primeras estrategias consiste en analizar de dónde procede la exigencia. Muñoz propone formularse una pregunta sencilla: “¿Quién me está exigiendo todo esto?”. En muchas ocasiones no existe una demanda externa real, sino que es la propia persona quien se impone un nivel de perfección que nunca exigiría a alguien de su entorno.
Otra herramienta fundamental es aprender a relacionarse con el cuerpo desde una perspectiva más realista. Los pliegues, las cicatrices o las estrías forman parte de la experiencia humana y no deberían interpretarse como defectos que deben ocultarse. El objetivo no pasa por abandonar los hábitos saludables, sino por diferenciar claramente entre cuidar la salud y perseguir una perfección física prácticamente inalcanzable.
El psicólogo también recomienda desplazar la atención desde la apariencia hacia la experiencia. En lugar de preguntarse constantemente cómo se ve el cuerpo desde fuera, resulta más beneficioso concentrarse en lo que se está viviendo y en disfrutar del momento.
Para cambiar esta tendencia a largo plazo, Muñoz considera imprescindible educar a las nuevas generaciones en el pensamiento crítico. Desde edades tempranas deben aprender que muchas imágenes procedentes de la publicidad, el cine o las redes sociales están construidas y no representan cuerpos ni vidas cotidianas.
“El valor de una persona no puede depender de su aspecto físico”, concluye. El cuerpo forma parte de la identidad, pero no la define por completo. Recuperar esa perspectiva puede ser el primer paso para disfrutar del verano sin que la apariencia se convierta en una condición para sentirse bien.
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