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Penas alternativas a la prisión

Así se reeduca el delito de odio: "Me arrepiento de insultarle por ser transexual"

Manifestación alternativa contra las agresiones LGTB-fóbicas.

Me arrepiento de haberle insultado y haberle dicho esas palabras aprovechándome de que era transexual”. José (nombre ficticio) tiene 27 años y es electricista. Un día discutió y se peleó con una conocida transexual. Un juez le condenó a un año de prisión y multa, pero se le suspendió el cumplimiento de la pena a cambio, entre otros requisitos, de asistir a un programa de prevención de delitos de odio.

Desde 2016 hasta 2020, 69 personas castigadas en Cataluña por delitos de odio han pasado por esos cursos organizados por la Conserjería de Justicia y que son de obligado cumplimiento. Esta medida se aplica a penas que no exceden de los dos años de prisión, cuando es la primera vez que se delinque y siempre que esté saldada la indemnización a la víctima. La finalidad es evitar la reincidencia y conseguir desterrar la intolerancia y la violencia para eliminar la peligrosidad del agresor, que reconozca los hechos y adquiera nuevas conductas. EL PERIÓDICO, diario que pertenece a este grupo, Prensa Ibérica, explica las interioridades de estos programas con los testimonios de sus protagonistas.

José explica su vivencia tras asistir a uno de esos cursos, que en su caso comportó 13 sesiones de dos horas. Su grupo estaba formado por unas ocho personas. “Aprendes a identificar lo que sientes en cada momento (…). Nos enseñan a captar las emociones para controlarnos”, subraya. Sin tapujos explica que su problema con la justicia se remonta a hace unos años, cuando se peleó con una transexual. Discutieron. “No le hice mucho daño. La insulté y claro..”. ¿Le pegaste? “Ella me dio una torta y yo otra, y los insultos”. Los dos se cruzaron denuncias. La condena, tras un acuerdo y una sentencia de conformidad, fue de un año de prisión, multa e indemnización a la víctima. El juez sustituyó la pena de cárcel por la asistencia a un programa de delitos de odio.

Según Jose, era la primera vez que tenía un incidente así. Admite que insultó a su conocida porque era transexual, pero se defiende: “No tengo nada contra ellos. Tengo compañeros y amigos homosexuales”. Cuando le dijeron que debería hacer el curso, sintió vergüenza. ¿Por qué vergüenza? “Porque no me gusta meterme con nadie”, pero “si me tocas, me irritas, por así decirlo, voy a usar todo lo que pueda para hacerte daño” y es lo que pasó, confiesa. En el curso, recuerda, aprendió a controlar sus emociones y sus impulsos.

Identificar emociones

“A mí me fue bastante bien”, asegura. Ahora, antes de reaccionar se lo piensa "diez veces". En las sesiones, le pasaron vídeos e imágenes para que identificara las emociones. De las casos particulares de cada uno, ni se habla. “Si un día estoy cansado, agobiado, enfadado, tengo que encontrar los que me pasa para calmarme. Si no sabes lo que te pasa, nunca sabrás calmarte”, reflexiona. Era consciente que si se saltaba una sesión, el juez podía revocar la suspensión y encarcelarlo.

Estos programas contra los delitos de odio se fundamentan en la no discriminación e igualdad de trato. La violencia, según los expertos, se instala en el esquema mental de estos penados. El gran reto es como desarticular ese esquema que, de alguna manera, refuerza esa conducta discriminatoria y violenta hacia otro. En esencia se trabajan tres emociones: el miedo, el odio y el rechazo, conjuntamente con los pensamientos porque, según los entendidos, es donde se instalan los prejuicios.

Olga Loscos, psicóloga de la Fundació AGI, entidad que realiza estos cursos, explica que al condenado se le hace una entrevista para valorar su situación y en la que se repasar sus vivencias, desde la infancia hasta la actualidad. El informe inicial concreta las metas a conseguir. “Interesa ver si hay reconocimiento o no del delito”, precisa. El objetivo principal: “prevenir recaídas”. En las sesiones se tratan las emociones, la motivación al cambio, la empatía o el cómo resolver problemas.

"Ya estáis juzgados"

“Se ponen alrededor mío y les comento: ya estáis juzgados. No se os volverá a juzgar. Yo soy psicóloga y lo que haremos es trabajar para no tener que volver. Les digo: tenéis varias opciones: marchar y asumir las consecuencias, estas aquí pasando el tiempo o participar”, afirma Loscos. De entrada, están enfadados y “luego se van soltando”, recalca.

“Hablamos de las emociones. Conectamos con la rabia y el enfado y lo que hay detrás del dolor. Por ejemplo, se puede preguntar: ¿Ha pasado alguna cosa en tu vida que te ha hecho feliz?”, relata la psicóloga. Se intenta que se den cuenta de los matices de las emociones y se incide en “la flexibilización de los pensamientos para que no se comporten de forma violenta. Son personas con mucha impulsividad y falta de control”, evoca. En definitiva, se pretende que comprendan que pueden reaccionar de otra manera. Los ejemplos de la vida diaria ayudan. “Se les pone ejemplos para que expliquen que harían en una situación determinada y se les hace ver que hay varias opciones de comportamiento", afirma Loscos. En casos de discriminación, se pretende que acepten al diferente.

Teresa Claveguera, responsable de Mesures Penales Alternatives de la Generalitat, confirma que el fin es que la persona “haga un proceso de sensibilización y de responsabilidad respecto al hecho delictivo; decirle que puede cambiar y, sobre todo, evitar la reincidencia”.

El fiscal contra los delitos de odio de Barcelona Miguel Ángel Aguilar argumenta que "estos programas son más eficaces que la prisión a efectos de reinserción". En su opinión, “hay que trabajar el tema de los prejuicios y estereotipos que han llevado a cometer el delito. Además, la mayor parte de los penados no son extremistas”, asegura. La Fiscalía de Barcelona fue la pionera en solicitar esta medida.

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