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Restauración

Barcelona, donde ya hay terrazas que cronometran al cliente

Media hora una cerveza, una hora para cenar..., puestos a poner normas, hasta hay locales que vetan a las parejas porque dos comensales les parecen pocos para hacer caja

Plaza del Sortidor, Poble Sec, 60 minutos, tiempo máximo de estancia en la terraza. JORDI OTIX

Reto superado. Corría el rumor de que en alguna terrazas de la ciudad ya se cronometra a los clientes para que no dilaten la tertulia mientras toman una cerveza o cualquier otra consumición, no sea que aquello termine por convertirse en la versión moderna del Café Gijón de Madrid, donde la intelectualidad madrileña pasaba las tardes aunque fuera a veces solo con un café y una jarra de agua. Muchos habrán escuchado la frase en alguna ocasión. Tengo esa mesa reservada para cenar dentro de media hora. Comprensible. Ese no era el reto. Luego está la versión de que a partir de, pongamos por caso, las seis y media de la tarde, las mesas solo son para comer. A esa hora, el pasado miércoles, por ejemplo, una familia ‘guiri’ merendaba o cenaba (difícil definición) unos espaguetis frente al Casino Aliança del Poblenou. Tampoco ese era el reto. ¿De verdad algún establecimiento ha fijado un tiempo máximo de estancia en la terraza? Sí. 40 minutos en una local de tapas, 60 en una pizzería. ¡Ah!, y en otro negocio cercano rechaza cenas en pareja. Y también penalizan a los impuntuales.

La búsqueda, aunque solo sea esto dicho por justificar la tardanza en gritar eureka ante el jefe de la sección, se llevó a cabo por la Rambla del Poblenou (allí, de palabra, le dieron a un amigo 45 minutos para terminarse la cerveza, lo cual hasta parece demasiado según de qué marca se trate), por la calle de Enric Granados (con pocas esperanzas, porque el jefe de la sección de información local de un diario de la competencia vive ahí y no se le pasa ni una de estas curiosidades), por varias plazas de Gràcia (donde la fe comenzaba a flaquear) y la ruta terminó en lo que debería haber sido el primer destino por poco que uno se hubiera parado a reflexionar, la calle de Blai, en Poble Sec, por si no la conocen, un caso único, una vía que, en hora punta, no de tráfico, sino de tapeo, ha sido capaz de ocupar todo el antiguo espacio destinado a coches con mesas y sillas.

Blai, un caso inaudito, donde las ocasionales caravanas de coches han sido sustituidas por una caravana cotidiana de mesas. JORDI OTIX

Dijo en un ocasión, provocador como siembre, Michel Houellebecq: “Francia es un hotel, nada más”. Así que resulta tentador a esta alturas decir que Barcelona es una terraza, nada más, y abrir aquí, después del anterior punto y aparte, una reflexión sobre la mercantilización del espacio público, pero el reto es el reto. Otro día.

Es casi en la esquina con de la calle de Margarit donde un bar de nombre astrológico informa en negro sobre blanco, o sea, con letra impresa y pegado en el cristal que la estancia en las mesas no puede superar los 40 minutos. Puestos a ser bien pensados, cabe suponer que es una herencia de esas primeras semanas del desconfinamiento en que un lugar en la terraza, entonces por pavor aún a los interiores cerrados, era un placer tan codiciado que se aconsejaba a los afortunados pensar en quienes hacían cola. La codicia parece que ahora es otra.

Blai, calle dedicada al arquitecto que a finales del siglo XVI recibió el encargo de ponerle una fachada al Palau de la Generalitat, es, lo dicho antes, una caravana casi sin fin de terrazas, de modo que se podría suponer que aquel cartel de los 40 minutos es una excepción que no confirma ninguna regla. Pero resulta que Jordi Otix, fotógrafo con el mismo encargo, retratar terrazas que cronometren a sus clientes, hizo su propia búsqueda y amplio el radio. Terminó de este modo en la plaza del Sortidor, no lejos de Blai, y allí descubrió el no va más, una terraza en la que esa condición está pegada con un adhesivo en el centro de la mesa.

Cartel en la mesa de una terraza en la calle de Blai, en el Poble Sec, discreto, pero contundente.

El caso es que pocos metros más allá del primer establecimiento, el de los 40 minutos, hay otro negocio que obsequia con una bola extra en esta excursión por la ciudad. Lo hace con otros dos carteles dignos de mención. “A partir de las 19:00 la terraza mantenemos solo para cenas, mínimo 3 personas”. Sintaxis al margen, lo interesante es el contenido. Las parejas, incluso las atortoladas, no son bienvenidas. Cabe suponer que el responsable de la imposición de esa norma lo hace por hacer caja, no por adecuarse a estos tiempos de relaciones tan líquidas. Si por esto último fuera, habría que recordarle las sabias lecciones de Charlie Sheen, todo un catedrático en cuestiones de sexo, que una ocasión concluyó que el ‘menage à trois’ está erróneamente mitificado, que a la hora de la verdad es un triángulo que nunca es equilátero y uno de los lados siempre se siente quejosamente más pequeño que los otros dos.

Dos mandamientos más en un bar en la calle de Blai, en el Poble Sec, en Barcelona. JORDI OTIX

Justo al lado del ese cartel, ese mismo local de tapas, donde el litro de sangría sale por 10,95 euros, hay otro mandamiento de obligada obediencia por parte de la parroquia. “Para poder asignarles la mesa deberán estar todos los ocupantes de la misma”. Pasan lista y, es solo una suposición, consiguen de paso que en algún caso lo que iba a ser una amigable francachela de cómo mínimo (recuérdese) tres comensales comience con mal rollo por la tardanza de uno de los convocados.

Continuará…, sea esto dicho con el que convencimiento de que más pronto que tarde nuevos rumores serán verdad.

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